PULPA sensual - Libro 4 Capítulo IX
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Capítulo IX

No fui a casa. Eso habría sido demasiado sensato, demasiado digno, demasiado ajeno a lo que yo sentía en ese momento.

Fui a un bar de mala muerte, uno cualquiera que encontré en el camino, me senté en la barra, y bebí pisco con la metodología de un científico que intenta diluir un problema en alcohol hasta que deje de existir.

No funcionó. El problema flotaba en cada copa, sonreía desde el fondo del hielo, me guiñaba un ojo cada vez que cerraba los párpados.

A las dos de la mañana, el bartender —un señor con cicatrices de acné y de vida— me dijo:

—Jefe, aquí cerramos a las tres, pero usted parece que cerró hace rato.

—¿Cómo sabe? —pregunté, con la lengua pastosa.

—Porque los que vienen a olvidar, beben rápido. Los que vienen a recordar, beben lento. Usted no bebe. Usted solo mira el vaso.

Pagué. Salí. Y en vez de tomar un taxi, caminé. Caminé sin rumbo, con la geometría borrosa de la blanca ciudad envolviéndome, hasta que mis pies —traidores, cómplices, imbéciles con suela de cuero— me llevaron de vuelta a la puerta del restaurante.

Estaba oscuro. Pero había una luz en el segundo piso. Una ventana entreabierta. Y música. Una balada antigua, algo de Armando Manzanero, flotando en la noche como una confesión que alguien se atrevió a hacer en voz alta.

Toqué la puerta. Suave. Luego más fuerte. Luego con el puño.

La ventana del segundo piso se abrió. Mishelle asomó la cabeza. Su pelo rojo, suelto ahora, caía sobre sus hombros como una cascada de pecados.

—¿Está loco? —susurró, furiosa—. Son las tres de la mañana.

—Sí —dije, simplemente—. Estoy loco. Baja.

—No.

—Entonces subo yo.

—La puerta está cerrada con llave.

—Las puertas entreabiertas son mi especialidad —dije, y no supe si me refería a las puertas físicas o a otras.

Ella desapareció. Un minuto después, dos, cinco. Pensé que me dejaría afuera. Pensé que sería lo correcto. Pero entonces la puerta se abrió. Solo una rendija. La cadena de seguridad puesta.

—¿Qué quiere, Carlos? —preguntó ella, y su voz ya no era hielo; era algo peor: era hielo a punto de derretirse, era agua que no sabe si quiere ser río o seguir siendo témpano.

—Quiero que me mires —dije—. Quiero que me mires como me mirabas antes. No como me miraste hoy. No como me mirarías a un cliente. Quiero que me mires como me miraste en el sofá del saloncito. Como me miraste cuando me besaste en la comisura de los labios. Como me miraste cuando...

—Basta —dijo, pero la puerta se abrió un poco más.

—No es suficiente —insistí—. Nunca fue suficiente, Mishelle. Ni para ti, ni para mí, ni para Leyla. Y lo sabes.

Ella me miró. Y en sus ojos vi la guerra: el deseo contra el miedo, la piel contra el pacto, la mujer contra la hermana.

—Leyla se fue —dijo finalmente—. Fue a casa de una amiga. Estoy sola.

—¿Me dejarás entrar?

—Si entra —dijo ella, y su voz tembló apenas, lo suficiente para que yo supiera que el hielo estaba agrietado—, no será como antes. No será un juego. No será mientras la esposa viaja. Si entra, Carlos, será porque usted quiere estar aquí. No porque no tenga a dónde ir.

—Quiero estar aquí —dije, y por primera vez en toda esta historia, la frase no sonó a mentira.

Quitó la cadena.

El departamento del segundo piso era pequeño, íntimo, una mezcla de desorden femenino y de libros apilados en torres inestables.

Había una foto en la pared: las dos hermanas, niñas aún, con un hombre de bigote que debía ser el padre.

Otra foto, más reciente, de Mishelle con el arquitecto del Mercedes.

Sonreían en una playa. Él le ponía una mano en la cintura con una naturalidad que me dolió en los dientes.

Mishelle me vio mirar la foto.

—Es buen hombre —dijo, como disculpándose.

—Lo sé —respondí—. Leyla me lo dijo.

—Leyla dice muchas cosas.

—Leyla dice la verdad. O al menos, una versión de ella.

Mishelle se sentó en el sofá. No era el mismo sofá del saloncito de abajo; era otro, más viejo, con una funda desgastada donde se veían las huellas de innumerables noches de hermanas viendo televisión, llorando por películas, planeando un futuro que no incluía a hombres como yo.

Me senté a su lado. No la toqué. El espacio entre nosotros era de apenas treinta centímetros, pero podría haber sido el Océano Pacífico.

—¿Por qué volviste? —preguntó ella, mirando al frente, no a mí.

—Porque no puedo dejar de volver —dije—.

Y no es una excusa. Es una constatación patológica.

Soy adicto a esta puerta entreabierta. Soy adicto a ti.

A Leyla. A la idea de que existe un lugar en el mundo donde no soy solo el esposo de Teresa, el empleado del banco, el señor Carlos que paga puntual.

Aquí... aquí soy alguien que despierta deseo.

Y eso, Mishelle, es una droga de la que no se cura con cinco minutos de terapia.

Ella se volvió hacia mí. Sus ojos estaban húmedos, no de llanto, sino de esa humedad que precede a las tormentas.

—Y yo —dijo ella, con una voz que se quebraba como cristal fino—, ¿qué soy yo, Carlos? ¿Soy tu droga? ¿Soy tu aventura? ¿Soy la pelirroja del restaurante que te hace sentir vivo mientras tu esposa está en Lima cerrando negocios?

—Eres... —dudé. Las palabras me parecían insuficientes, ridículas, como intentar describir el sabor del agua—. Eres la prueba de que no estoy muerto. De que todavía puedo sentir algo más allá de la gratitud y la costumbre.

—La gratitud —repitió ella, y una lágrima finalmente cayó, dibujando un río solitario por su mejilla—. La gratitud es lo que sientes por quien te salva. La costumbre es lo que sientes por quien te acompaña. ¿Y el deseo, Carlos? ¿El deseo qué es?

—El deseo —dije, y me atreví a acariciarle la mejilla, secando esa lágrima con el pulgar—, es la certeza de que hay algo más. Algo que no tiene nombre. Algo que no cabe en los contratos ni en los aniversarios de boda.

Ella cerró los ojos. Se inclinó hacia mi mano.

Y durante un segundo, un segundo que duró siglos, Mishelle no fue la dueña del restaurante, no era la prometida del arquitecto, no era la hermana que había jurado un pacto.

Era solo una mujer, con el corazón roto en dos idiomas, que necesitaba ser tocada.

—No quiero ser tu diversión —susurró ella.

—No lo eres —respondí.

—No quiero ser tu fantasma.

—Ya eres mi fantasma —dije—. Desde el primer día. Desde que me serviste el primer plato y yo supe que nada volvería a ser igual.

Ella abrió los ojos. Y me besó.

No fue un beso de despedida, ni de bienvenida.

Fue un beso de guerra civil, de dos ejércitos que luchan por el mismo territorio.

Su boca se abrió bajo la mía con una urgencia que me quitó el aliento.

Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con una fuerza que rayaba en la violencia.

La abracé. La estreché contra mí. Sentí su cuerpo, ese cuerpo escultural que había provocado infartos colectivos, contra el mío, y supe que el hielo no se había derretido; se había evaporado.

—Carlos —jadeó ella, cuando sus labios se separaron de los míos por un instante—. Si hacemos esto... si hacemos esto, no podré fingir después. No podré ser amable. No podré ser tu amable mesera del mediodía.

—Entonces no finjas —dije, y la besé de nuevo.

Ella me empujó. No lejos; hacia el sofá.

Caí sentado. Ella se montó sobre mí, con esa misma postura que había usado su hermana, pero con una lentitud diferente, una deliberación que me volvía loco.

Se quitó la bata de seda negra. Debajo, solo llevaba una camiseta vieja y una ropa interior que no era de encaje, sino de algodón simple, desgastada, íntima en su imperfección.

—No soy una diosa —dijo ella, como advirtiéndome—. No soy el maniquí que ustedes miran cuando creen que no me doy cuenta. Soy esto. Soy esto que ves ahora.

—Eres más —dije, y levanté la camiseta por encima de su cabeza.

Sus senos, desnudos ante mí, no eran perfectos. Eran reales. Tenían una pequeña cicatriz cerca del pecho izquierdo, una marca de nacimiento en el costado, la asimetría hermosa de la carne humana. Los besé. Cada uno. La cicatriz, la marca, el pezón erecto que gemía bajo mi lengua.

Ella arqueó la espalda. Sus manos se afanaron en mi camisa, arrancando botones con una torpeza que me pareció el acto más erótico que había presenciado en mi vida.

—Te deseo —dijo ella, y la frase sonó a confesión, a renuncia, a derrota aceptada con alegría—. Te deseo aunque no deba. Aunque sea estúpido. Aunque mañana me odie.

—Yo ya me odio —dije, riendo contra su piel—. Y sin embargo, aquí estoy.

La recosté sobre el sofá. Le quité la ropa interior con una lentitud que era tortura para ambos.

Ella estaba húmeda, abierta, brillante. La penetré con una suavidad que contrastaba con la furia de nuestros besos anteriores.

Quería que sintiera cada centímetro, cada latido, cada pulso de mi sangre que le decía soy tuyo, soy tuyo, soy tuyo.

Ella envolvió mis caderas con sus piernas. Esas piernas fabulosas, esas piernas de infarto, ahora temblaban contra mi espalda. Nos movimos con una cadencia que no era de urgencia, sino de resignación. Como quien sabe que esto no puede durar, pero decide que, mientras dure, será perfecto.

—Mírame —susurró ella—. No cierres los ojos. Mírame.

La miré. Y en sus ojos vi todo lo que ella no decía: el miedo a ser abandonada, la culpa por traicionar a Leyla, la certeza de que el arquitecto del Mercedes nunca la miraría así, con esta mezcla de adoración y ruina.

—Eres hermosa —dije, y no era una frase de cama; era un veredicto.

—Eres un mentiroso —respondió ella, sonriendo con lágrimas en los ojos.

—Soy un mentiroso que ahora dice la verdad.

El orgasmo la tomó primero. La sentí contraerse a mi alrededor, sus uñas clavándose en mis hombros, su cabeza echada hacia atrás con un grito que ahogó contra el cojín del sofá para no despertar a los vecinos.

Yo llegué segundos después, con una intensidad que me dejó ciego, sordo, insensible al mundo exterior.

Caí sobre ella. Sudados. Enredados. Rotos.

Fue entonces cuando ella habló, con su aliento contra mi cuello, con la voz de quien acaba de perder una batalla pero ganar una guerra privada:

—Mi hermana también te quiere —dijo—. Y eso... eso es el problema.