PULPA sensual - Libro 4 Capítulo VIII
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Capítulo VIII

Pasé tres días en casa, comportándome como un ciudadano modelo. Llamé a Teresa todas las noches a Lima. Le conté que todo iba bien, que el trabajo estaba tranquilo, que la echaba de menos. Y ella, con esa voz suave que es capaz de detectar mentiras a mil kilómetros de distancia, me dijo:

—Carlos, tú suenas raro.

—¿Raro? —repetí, mirando el techo de nuestro dormitorio, donde una grieta que habíamos prometido arreglar hacía dos años seguía creciendo con la paciencia de los matrimonios—. Es que no duermo bien sin ti.

—Mentiroso —dijo ella, pero con ternura, con esa ternura que duele más que cualquier acusación—. Cuídate, ¿sí?

—Siempre —mentí.

La cuarta noche, sin que nadie me diera permiso ni yo me lo pidiera, me encontré frente al restaurante. Estaba cerrando. Las luces del letrero se apagaron justo cuando llegué, como si el universo conspirara para dejarme en la oscuridad.

Toqué la puerta. Una, dos veces. Tres.

Leyla abrió. Llevaba una sudadera grande, descalza, el pelo suelto sobre los hombros. Se veía más joven, más vulnerable, más peligrosa.

—Señor Carlos —dijo, y no sonrió, pero tampoco cerró la puerta—. Ya cerramos.

—Lo sé —admití—. Pero necesito hablar.

—No hay nada que hablar.

—Hay todo que hablar —insistí, y mi voz salió con un tono que no reconocí, algo entre la desesperación y la dignidad de quien no tiene nada que perder—. Por favor, Leyla. Cinco minutos. Te lo suplico como... como amigo.

Ella me miró. Sus ojos verdes —más claros que los de Mishelle, siempre más tristes— recorrieron mi rostro como si estuvieran leyendo un telegrama que no querían recibir.

—Cinco minutos —dijo finalmente—. Y me ayuda a bajar las sillas.

Entré. El local, vacío, era un teatro sin público, un escenario de madera y mantelitos donde los fantasmas de las risas pasadas parecían asomarse desde las esquinas. Empecé a voltear las sillas, colocarlas sobre las mesas con el ritual de quien ha hecho esto en otra vida.

Leyla recogía los ceniceros. No habló durante un rato. El silencio entre nosotros era denso, era un personaje más, era ese invitado incómodo que no se va aunque ya pasó la medianoche.

—¿Quién era? —pregunté finalmente, sin vueltas, porque las vueltas son para los cobardes y yo ya no me sentía con derecho a la cobardía.

—¿Quién era quién? —respondió ella, aunque sabía perfectamente a qué me refería.

—El del Mercedes. El de la cachemira. El que se lleva a Mishelle como si...

—Como si qué —me cortó, y su voz tenía un filo que no esperaba—. ¿Como si fuera suya? ¿Como si ella no fuera de nadie más?

Dejé una silla en el aire. La dejé caer sobre la mesa con un ruido que sonó a portazo.

—No es eso —dije, débilmente.

—¿Entonces qué es, Carlos? —Leyla dejó el cenicero.

Se volvió hacia mí. Y en su rostro vi algo que me asustó más que cualquier enfado: vi compasión—.

¿Qué crees que estaba pasando aquí? ¿Que éramos su harem personal?

¿Que mi hermana y yo éramos el entretenimiento mientras la señora Teresa hacía sus viajes de negocios?

—Nunca pensé eso —mentí, o quizás no mentí del todo.

—Mishelle se asustó —dijo Leyla, y su voz bajó, se volvió íntima, se volvió peligrosa—.

Se asustó porque empezó a contar los días.

A esperar que usted llegara. A ponerse ese vestido rojo que tanto le gusta a usted, no porque le quedara bien, sino porque sabía que a usted le quitaba el sentido. Y eso, Carlos... eso viola el pacto.

—¿El pacto?

—Nosotras juramos —dijo Leyla, y sus ojos se llenaron de una lágrima que no se atrevió a caer—.

Juramos que no nos enamoraríamos. Que no seríamos como nuestra madre, que dejó todo por un hombre que luego la dejó con cuatro hijas y una deuda en el Banco de la Nación.

Juramos que el amor es una enfermedad de la que nosotras estamos vacunadas.

Se acercó a mí. Tan cerca que pude oler su champú, algo de manzanilla y de melancolía.

—Pero mi hermana —continuó—, mi hermana estúpida y hermosa, empezó a sentir síntomas.

Y yo también. Y no podemos permitirlo. No con un hombre casado.

No con alguien que, al final del día, vuelve a su casa, a su cama, a su esposa que huele a vainilla y que lo llama por teléfono para decirle que lo extraña.

La miré. Quise tocarla. Quise agarrarla de los hombros y decirle que yo también estaba asustado, que yo también contaba los días, que la vainilla de Teresa a veces me olía a soledad. Pero las palabras se atascaron en mi garganta como un bocado que no puedes tragar.

—El del Mercedes —dijo Leyla, como si leyera mi pensamiento—, es el prometido de Mishelle. Un arquitecto. La conoció en un congreso de gastronomía. Es buen tipo. Le ofrece estabilidad. Un futuro. Cosas que usted, señor Carlos, no puede ofrecerle sin destruir primero el suyo propio.

El golpe fue directo al esternón. No sangré, pero sentí que algo se rompía por dentro, algo que llevaba años sin usarse y que ahora, al romperse, dolió más de lo que debería.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tú también tienes un arquitecto?

Ella rio. Una risa breve, amarga, hermosa.

—Yo no creo en los arquitectos —dijo—. Yo creo en los fantasmas. Y usted, señor Carlos, está en riesgo de convertirse en uno de ellos.

Fue entonces cuando sonó un ruido en el segundo piso. Una puerta. Pasos. Mishelle bajó las escaleras.

Llevaba una bata de seda negra. La misma de aquella noche. Pero ahora, bajo la luz fría del local cerrado, parecía una armadura. Se detuvo al verme. Su mano se aferró al pasamanos con una fuerza que hizo blanquear sus nudillos.

—¿Qué hace él aquí? —preguntó, y la pregunta no era para mí; era para Leyla, como si yo fuera un mueble que se había movido de lugar.

—Ayudaba a recoger —dijo Leyla, encogiéndose de hombros.

Mishelle me miró. Sus ojos verdes —esos ojos que habían visto mi desnudez, que habían visto mi vergüenza, que habían visto mis manos temblar sobre su piel— recorrieron mi rostro con la frialdad de un médico forense.

—Ya terminamos —dijo ella—. Puede irse.

—Mishelle...

—Señor Carlos —me cortó, y la palabra señor volvió a ser una frontera, un muro, una franja de tierra minada—.

Leyla tiene razón. Usted está en riesgo de convertirse en fantasma.

Y nosotras... nosotras ya tenemos suficientes fantasmas.

Váyase a su casa. Váyase con su esposa. Y deje que el hielo haga su trabajo.

Se dio la vuelta. Subió las escaleras. Y la puerta de su departamento se cerró con un clic suave que resonó en mi pecho como un disparo a bocajarro.

Leyla me acompañó a la puerta. En el umbral, me tocó el brazo. Un contacto breve, casi imperceptible, pero que me quemó más que cualquier noche de pasión.

—No se vuelva un fantasma, Carlos —susurró ella—. Los fantasmas no pueden ser abrazados. Y usted... usted necesita ser abrazado más de lo que cree.

Cerró la puerta. Me quedé en la calle. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que llorar era una opción razonable.