Capítulo VII
El taxi me dejó en la puerta con el mismo ímpetu con que un náufrago es arrojado a una isla desierta: sin ceremonias, sin redención, solo el portazo del destino y el polvo de la calle levantándose como testigo.
Había dejado a Teresa en el aeropuerto hacía exactamente cuarenta y siete minutos —sí, conté los minutos, como se cuentan los latidos después de una sobredosis de cafeína o de culpa— y en vez de irme a casa, a esa cama recién deshecha que aún olía a su perfume de vainilla y a despedidas fingidas,
le dije al chofer:
—Aquí, por favor. Frente al local de las pelirrojas.
El chofer, un señor de mirada filosófica que seguramente había llevado a más infieles emocionales que yo a almuerzos de negocios, me miró por el espejo retrovisor con una mezcla de lástima y admiración.
—Seguro, jefe —dijo, y la palabra jefe sonó a condena.
El local estaba abierto. Eso, al menos, no había cambiado.
Las luces de neón del letrero parpadeaban con la misma insistencia de siempre, prometiendo comida casera en letras que a mí siempre me habían parecido un eufemismo para algo más peligroso.
Entré. El timbre de la puerta cantó su campanita habitual, pero aquella tarde la nota me sonó diferente: más aguda, casi burlona.
Leyla estaba detrás del mostrador. No sonrió al verme. Bueno, sí sonrió, pero fue la sonrisa que se le da a un desconocido que pide direcciones, no la sonrisa que se le da a un hombre que ha visto a una mujer montada sobre ti jadeando tu nombre.
—Buenas tardes, señor Carlos —dijo, y la palabra señor resbaló por el mostrador y se estrelló contra mi pecho como un témpano.
—Leyla —intenté que mi voz no sonara a súplica, pero las súplicas, como las flatulencias, son difíciles de disimular—. Qué gusto verte.
—¿El de siempre? —preguntó ella, ya tomando el menú con la eficiencia de quien no necesita saber qué quieres, sino qué te mereces.
—El de siempre —confirmé, aunque ya no estaba seguro de qué era el de siempre. ¿El arroz con mariscos? ¿La esperanza? ¿La ilusión de que entre nosotros había algo más que fluidos y silencios?
Me senté en mi mesa. La número cuatro, junto a la ventana, desde donde se veía la cocina y se escuchaba el trajín. Pero aquella tarde el trajín sonaba lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen de mi vida. Leyla me trajo la cerveza. La botella sudaba. Yo también.
—¿Y Mishelle? —pregunté, con la naturalidad de quien pregunta por el clima.
—Arriba —dijo Leyla, señalando el segundo piso con una inclinación de cabeza que no admitía réplica—. Tiene cosas que hacer.
—Cosas —repetí, y la palabra se quedó flotando entre nosotros como una mosca en una habitación sin ventanas.
Comí. O mejor dicho, moví la comida de un lado a otro del plato con la devoción de un niño que no quiere terminar la sopa.
Leyla pasó varias veces junto a mi mesa.
Cada vez que intenté captar su mirada, ella ya estaba mirando hacia otro lado, hacia la cocina, hacia el reloj, hacia cualquier punto del espacio-tiempo donde yo no existiera.
En un momento, Mishelle bajó. Llevaba un vestido azul oscuro, sencillo, casi funerario. Su pelo rojo, esa llama que había encendido incendios en mi imaginación durante semanas, estaba recogido en un moño severo que le daba un aire de directora de escuela para señoritas problemáticas. Me vio. Sonrió.
—Señor Carlos —dijo, y fue la misma sonrisa que le daría a un buen cliente, a un vecino educado, a alguien a quien se le debe amabilidad pero no memoria.
—Mishelle —me levanté, torpe, golpeando la mesa con la rodilla—. Te veo... bien.
—Gracias —respondió ella, y su voz era cristal, era hielo, era la superficie de un lago congelado sobre el que no te atreves a caminar—. ¿Le atendieron bien?
—Como siempre —dije, y la frase sonó a acusación.
Ella asintió. Se dio la vuelta. Y subió las escaleras con ese garbo que antes me parecía seducción y que ahora me parecía simple crueldad física.
La vi desaparecer en el segundo piso y sentí, por primera vez desde que todo empezó, que no era yo quien tenía el control de la situación.
Que quizás nunca lo tuve. Que quizás el control es solo una mentira que los hombres nos contamos mientras las mujeres nos permiten creerla.
Terminé de no-comer. Pagué. Leyla me trajo el vuelto con una precisión quirúrgica que no admitía propinas emocionales.
—Vuelva pronto —dijo, y la frase, que antes era una invitación, ahora era un protocolo.
Salí a la calle. La ciudad estaba gris, con esa neblina de agosto que envuelve todo como una disculpa por no ser más hermosa. Caminé hasta la esquina. Me detuve. Encendí un cigarro —el primero en años, un vicio que resucité de la tumba por pura necesidad dramática— y fue entonces cuando vi el auto.
Un Mercedes negro, limpio, impertinente, estacionado frente al local.
La puerta del restaurante se abrió. Mishelle salió.
Pero no era la Mishelle del delantal, ni la del vestido azul funerario.
Era otra: llevaba un abrigo de cachemira, unos tacones que hacían cosas obscenas a sus piernas ya de por sí obscenas, y una sonrisa...
Dios, esa sonrisa. No era para mí. Era para el hombre que bajó del coche para abrirle la puerta.
Era alto. Más joven que yo. O quizás no; quizás solo tenía esa juventud que dan el dinero y la certeza de que el mundo te pertenece.
Le abrió la puerta. Ella se dejó tocar la cintura —esa cintura que yo había lamido, que yo había sentido contra mis caderas— con una naturalidad que me cortó el aliento más limpiamente que cualquier navaja.
Subió al coche. Él cerró la puerta. Y antes de subirse del lado del conductor, me miró.
No, no me miró a mí. Miró hacia la esquina donde yo estaba, envuelto en humo de tabaco barato y en la certeza repentina de que había pasado un siglo.
Que la edad del hielo no había terminado; acababa de empezar.
Y que yo, señor Carlos, contable de almas perdidas, era simplemente un mamut que no se había enterado de que la extinción ya era oficial.
El Mercedes se alejó. Yo me quedé en la esquina, con el cigarro consumiéndose entre mis dedos, pensando que el amor —digo, esta cosa que yo llamaba amor, aunque fuera solo lujuria con buena prensa— es como el tabaco: te entra suave, te quema lento, y cuando quieres dejarlo,
ya te ha cambiado los pulmones para siempre.