Capítulo VI
Teresa llegó con el olor de Lima todavía pegado a su ropa, con la maleta que olía a hoteles genéricos y a reuniones que habrían podido ser emails. Llegó con ganas contenidas. Tantas, que ni cenar pudimos.
Me tomó de la mano en la entrada. Me miró con esos ojos que conocía cada una de mis mentiras y que, aun así, me seguían mirando.
—Te extrañé —dijo.
Y me llevó al dormitorio.
Hicimos el amor. No una vez. Muchas. Teresa era un torbellino de necesidad acumulada, de ausencias compensadas, de carne que reclamaba lo suyo.
Y yo respondí. Respondí con la desesperación del hombre que sabe que está pagando una deuda, respondí con la ferocidad de quien necesita borrar unas huellas para dejar otras.
Pero lamento confesar —aunque este relato no sería honesto sin la confesión— que en muchos momentos, mientras Teresa se movía sobre mí, mientras gemía mi nombre con la familiaridad de quince años de matrimonio, yo cerraba los ojos.
Y veía pelo rojo. Dos pares de ojos verdes. Una bata de seda negra. Un sofá que crujía.
—¿En qué piensas? —preguntó Teresa, una vez, en la penumbra, con su cabeza sobre mi pecho.
—En nada —mentí.
—Yo pienso en ti —dijo ella—. En lo mucho que me cuesta estar lejos. En lo fácil que sería no viajar más.
La abracé. Fuerte. Con la fuerza de quien se aferra a un salvavidas.
—Tienes que viajar —dije—. Es tu trabajo.
—Lo sé —suspiró ella—. Pero a veces pienso... ¿y si un día no quiero volver?
La frase flotó en la oscuridad como una premonición. O como un deseo.
A la semana siguiente fui al restaurante. Con Teresa. Las chicas nos atendieron con la profesionalidad de siempre. Mishelle recomendó el postre. Leyla rió un chiste de Teresa. Todo fue civilizado, luminoso, aburrido.
Pero al irnos, al cruzar la puerta, sentí una mirada en la espalda. No sé de cuál de las dos era. Quizás de ambas. Una mirada que decía: seguimos aquí, señor Carlitos. Para servirlo.
Y yo, agarrando la mano de mi esposa, caminando hacia un futuro que olía a fidelidad reparada y a deseos enterrados, no pude evitar sonreír.
Porque en el fondo —en ese fondo oscuro donde todos guardamos nuestras verdaderas pertenencias— sabía que la puerta seguiría estando, de vez en cuando, entreabierta. No porque ellas la dejaran así. Sino porque yo, inconscientemente, siempre la empujaría un poco al pasar.
Y esa, quizás, es la única infidelidad de la que nunca nos curamos: la que mantenemos abiertamente, con la puerta entreabierta, esperando a que el viento decida si entra o si sale.