Capítulo V
Al día siguiente llevé un pollo a la brasa. Una ofrenda mayor, un tributo de gratitud, una excusa para verlas de nuevo. Pero la puerta estaba cerrada. Toqué una vez. Dos. Cinco. Golpeé con los nudillos hasta que me dolieron.
Nadie.
Tuve que compartir el pollo con el vigilante del edificio, un señor de nombre Edilberto que me miró como quien mira a un loco, y que comió con tanta gratitud que casi me hizo llorar.
Al día siguiente fui a almorzar. El local estaba lleno, como siempre.
Leyla me atendió con la calidez habitual.
Mishelle cobró con la eficiencia de siempre.
Pero no hubo miradas inteligentes. No hubo complicidad.
No hubo roce de manos al devolver el vuelto.
Fui un cliente más. Un señor Carlos cualquiera.
Al pagar, dije a Leyla:
—Vengo en la noche.
—No —respondió ella, sin mirarme a los ojos—. Tendremos visita.
Y la palabra visita sonó a puerta cerrada, a muro, a final de temporada.
Me morí de celos. Sí, de celos. Celos de una mujer que no era mi esposa, por otras mujeres que no conocía, en un triángulo que yo mismo había inventado. Fui esa noche, a pesar de todo. La puerta estaba entreabierta —¿era una señal? ¿una trampa? ¿un hábito de dueñas descuidadas?— y entré.
Me encontré una reunión familiar. Había llegado el papá de las chicas, un señor de bigote impecable y mirada de quien ha criado a dos hijas pelirrojas y sabe exactamente lo que eso significa. Y dos hermanas más. Igual de bellas. Un arsenal genético que parecía injusto para el resto de la humanidad.
Mishelle se levantó cuando me vio. Se acercó con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Perdone, señor —dijo, en voz alta, para que todos la oyeran—. No estamos atendiendo.
Me acompañó hasta la puerta. Mis pasos eran de condenado. Pero en el umbral, cuando ya la familia no podía vernos, se detuvo.
—Disculpe, señor Carlos —murmuró, y su aliento olía a menta y a promesas incumplidas.
Y entonces me besó. En la boca. Un beso largo, profundo, que contradecía cada palabra suya. Y mientras me besaba, su mano bajó. Me acarició la bragueta con la misma eficiencia con que manejaba el mostrador, con la misma destreza con que manejaba a toda la clientela masculina.
—Mañana nos vemos —susurró.
Se apartó. Cerró la puerta. Y yo me quedé en la calle, con la erección de un adolescente y la culpa de un adulto.
El problema era que al día siguiente llegaba Teresa. Y llegó temprano.