Capítulo IV
A la noche siguiente llevé una pizza y un vino que costó más de lo que debería. No era soborno; era ofrenda. Era el tributo que los hombres pagamos cuando descubrimos que hay puertas que, una vez abiertas, no se pueden cerrar con llave, solo con gratitud.
Leyla abrió la puerta. Sonrió como si nada hubiera pasado, lo cual fue más humillante que si me hubiera escupido. Pero cuando pasé a su lado, su mano rozó mi cadera, y supe que nada había sido, en realidad, todo.
Mishelle bajó del segundo piso. Llevaba una bata de seda negra que no era pijama; era declaración de intenciones. Comimos la pizza entre risas. El vino hizo su trabajo, ese trabajo maravilloso de volver osados a los cobardes y poéticos a los contables.
Fue Leyla quien se despidió primero. Dijo que tenía sueño, que era tarde, que el local no se atendía solo. Mentiras transparentes. Se fue con un beso en mi mejilla que duró un segundo más de lo debido, y luego desapareció escaleras arriba.
Me quedé a solas con Mishelle.
Ella no dijo nada durante un rato. Solo me miró con esa mirada que ya conocía —la del mediodía, la del delantal, la de la mujer que sabe que todos los hombres de la sala babean por ella— pero ahora sin la protección del mostrador, sin la excusa del servicio.
—¿Y te gustó mi hermanita? —preguntó de pronto, con un desparpajo que me quitó el aliento.
—¿Cómo? —tartamudeé, ridículo.
—Leyla. Es linda, ¿no? Bella. Pero no te enamores de ella.
—¿Por qué no?
—Porque nosotras hemos decidido no enamorarnos nunca —dijo, y la frase sonó a ley, a dogma, a tratado firmado en sangre entre hermanas.
Quise preguntar el porqué. Quise indagar en esa herida que las había llevado a semejante pacto. Pero Mishelle se acercó. Se sentó en mis rodillas —con todo el peso de su cuerpo escultural, con toda la gravedad de su cuerpo escultural— y me besó.
No fue un beso en la comisura. Fue un beso de guerra. Un beso que decía: Leyla te tuvo primero, pero yo soy la que te hará recordar esto.
Volvimos al saloncito. El mismo sofá, la misma penumbra, pero ahora todo era diferente.
Desnudé a Mishelle con una lentitud que no era técnica; era reverencia.
Cada centímetro de piel que descubría parecía un territorio conquistado y, al mismo tiempo, un territorio que me conquistaba.
Sus piernas —esas piernas que habían desencadenado infartos imaginarios en toda la clientela masculina— se abrieron para mí con una generosidad que me hizo sentir, por primera vez en años, no como un cliente, sino como un peregrino.
La lamí. Cada milímetro. El cuello, los senos, el vientre, el interior de los muslos. Ella se retorcía con una dignidad quebrada, con la compostura de quien ha decidido, por una noche, dejar de ser dueña de sí misma.
La penetré. Ella era distinta a Leyla: más lenta, más profunda, más consciente de cada movimiento.
Cada embestida mía era respondida con un arqueo de espalda, con una contracción interna que me volvía loco.
Sus manos se clavaron en mi espalda. Sus uñas dejaron marcas que yo sabía que llevaría como medallas durante días.
Pero cuando el orgasmo llegó —cuando exploté dentro de ella con la fuerza de quien ha estado conteniendo un diluvio— ella se apartó. Se levantó. Se puso la bata de seda negra con la misma serenidad con que otros se ponen corbata.
—Ya es tarde —dijo.
Y me tuve que ir. A casa. Con más ganas de las que había traído, con el cuerpo saciado y el espíritu famélico.