Capítulo III
Pasaron los días con la velocidad con que pasan las cosas que no quieres que terminen: es decir, demasiado rápido, como si el tiempo fuera un cómplice de la culpa.
Teresa, intrigada por mis historias —que omitían el beso en la comisura, el vestido rojo, y la erección que había requerido de mí un dominio sobre mi propio cuerpo comparable al de los yoguis tibetanos— quiso acompañarme.
Fue un almuerzo de sábado. Las chicas fueron amables, cálidas, profesionales.
Pero sobrias. Mishelle no se agachó a recoger ningún tenedor.
Leyla no hizo ningún chiste sobre el postre.
Y yo fui más serio que obispo en misa de difuntos. Teresa salió encantada.
—Son un encanto —dijo en el taxi de vuelta.
—¿Verdad? —respondí, y mi voz sonó tan limpia que casi me creí yo mismo.
Pero Teresa volvió a viajar. Lima la llamaba de nuevo, y esta vez el viaje sería de dos semanas. Dos semanas es un plazo bíblico: suficiente para crear un mundo, o para destruirlo.
La puerta entreabierta fue un accidente que no fue accidente.
Había salido tarde de una reunión que olía a café rancio y a jefes que creen que la productividad se mide por las horas que robas a la vida de otros.
El restaurante estaba oscuro, pero la puerta...
ah, la puerta estaba entreabierta, como las puertas de los cuentos de hadas, como las puertas de los infiernos particulares.
Toqué. Una empleada que ya iba de salida abrió.
—¡Señorita Mishelle! —gritó hacia el interior—. ¡Está acá el señor Carlos!
—¡Que pase! —respondió una voz desde las sombras.
La empleada se fue. La puerta se cerró. Y yo entré en la penumbra de un local que conocía de memoria pero que, aquella noche, era territorio inexplorado.
Mishelle y Leyla estaban en una mesa del fondo. Una botella de vino medio vacía. Dos copas. Una luz tenue que parecía puesta a propósito para hacerme verlas como en un cuadro.
—Qué sorpresa —dijeron casi al unísimo, con esa sincronía que solo tienen las hermanas y los cómplices.
—Es que salí muy tarde —mentí, o quizás no mentí del todo—. Me iba a casa y vi la puerta...
—¿Quiere comer algo, señor Carlos? —preguntó Leyla, ya levantándose.
Asentí. Ella desapareció hacia la cocina, y me dejó a solas con Mishelle.
—¿Está solo otra vez? —preguntó ella, y la pregunta no era pregunta; era una constatación forense.
—Sí. Teresa viajó.
—¿Y cuándo regresa?
—Dos semanas.
—Wow, pobrecito.
Rió. No una risa burlona, sino esa risa maternal que las mujeres usan cuando descubren que los hombres somos, en el fondo, niños grandes con tarjeta de crédito.
—¿Y por qué pobrecito? —me defendí, débilmente.
—Porque debe estar necesitado de cuidados y cariñito.
—No creas.
Ella me miró. Una mirada que decía no me mientas, que yo vendo ilusiones para vivir.
—Pues ya sabe, señor Carlitos —dijo, y su mano rozó la mía sobre la mesa, un contacto eléctrico que duró menos de un segundo y que me dejó la piel cantando durante una hora—. Cualquier cosa, estamos acá. Para servirlo.
Para servirlo. Las palabras resonaron en mi cabeza con ecos que no eran estrictamente culinarios.
Leyla volvió con un plato que olía a salvación.
Comí. Hablamos. Los tres. La conversación fue chispeante, magnífica, de esas que solo ocurren cuando todos los presentes saben que hay algo en juego pero nadie menciona las reglas.
Mishelle se despidió primero, subiendo al segundo piso —donde, me enteré esa noche, tenían un departamento pequeño donde ambas vivían solas.
Me quedé con Leyla, aunque apenas pude separar la mirada de las piernas y trasero de Mishelle al subir las escaleras.
Leila río y preguntó: —¿Le gusta mi hermana, no?
—Me gustan las dos. Las dos son encantadoras —dije con diplomacia.
—¿Se siente solo? —preguntó ella de pronto, y su voz había cambiado; ya no era la voz alegre de la mesera, sino algo más oscuro, más terrenal.
—A veces —admití—. Aunque esté acompañado.
Ella sonrió, y fue una sonrisa que entendió todo.
—Yo también, pero siempre no solo a veces.
Ya no creo en el amor —dijo, y la frase sonó a confesión de madrugada en un bar que está a punto de cerrar—.
Hombres y mujeres me han desengañado. Siempre me han utilizado...
—hizo una pausa, y sus ojos verdes —más claros que los de Mishelle, más tristes— me miraron con desafío—. Ahora yo voy a utilizarlos.
Reímos. De buena gana, de buena fe, de buena carne.
—Cuando quieras utilizarme —dije, en broma pero no en broma—, siempre estaré dispuesto.
Ella dejó de reír. El silencio duró exactamente lo que tarda un corazón en decidir si sigue latiendo o se rinde.
—¿Y qué esperamos? —dijo.
Y puso una mano sobre mi entrepierna.
La agarré de la nuca. La besé. No un beso de telenovela; un beso de saqueo, de invasión, de dos bocas que han estado esperándose sin saberlo.
Ella se levantó y tirándome de la mano me llevó hacia el saloncito que había junto a la oficina de administración —esa oficina donde yo las había visto entrar incontables veces— y ella, con una destreza que me habló de experiencias no contadas, me soltó el pantalón.
Me empujó sobre un sofá. Y entonces hizo algo que no describiré con la grosería de los manuales, sino con la solemnidad que merece: me hizo el amor con la boca de una manera que no era servicio, era posesión.
Yo la acaricié por todos los lugares que mis manos alcanzaron —su espalda, sus caderas, el interior de sus muslos— y en un momento de delirio, de esa lucidez que solo da la excitación extrema, le quité los pantalones y la ropa interior.
Ella se montó sobre mí. El sofá crujió. El mundo se detuvo.
Lo hicimos con una intensidad que no admitía poesía, solo jadeos.
Ella movía las caderas con una cadencia que parecía conocer las melodías secretas de mi cuerpo mejor que yo mismo.
Sus pechos, pequeños y perfectos, se balanceaban frente a mis ojos.
La agarré de la cintura, la penetré más profundo, y ella arqueó la espalda con un gemido que no pudo contener.
No duramos mucho. El orgasmo llegó como una sentencia, como una liberación, como una traición a todo lo que había sido mi vida hasta ese momento. Ella se dejó caer sobre mi pecho, sudada, jadeante, hermosa en su desorden.
—Es suficiente —dijo, cuando mi cuerpo quiso continuar—. Para ser la primera vez.
Se vistió con una rapidez que me dolió. Yo me acomodé con torpeza, con la vergüenza del hombre que ha recibido un regalo que no sabe si merece.
Al salir, vi a Mishelle.
Salía de la cocina. Llevaba una taza de té. Su expresión no cambió cuando nos vio —a mí despeinado, a Leyla con las mejillas coloradas— pero asintió, casi imperceptiblemente, como quien recibe un informe que ya esperaba.
—Buenas noches, señor Carlos —dijo.
Y subió las escaleras sin mirar atrás.