PULPA sensual - Libro 4 Capítulo II
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Capítulo II

Teresa me miró como quien mira a un perro que ha decidido irse a vivir con los vecinos.

—Ve tú si quieres —dijo, ajustando una maleta que olía a perfume de oficina y a culpa por no acompañarme—, pero regresas temprano.

—Temprano —repetí, y la palabra sonó a promesa de niño en confesionario.

Me puse un outfit —odio esa palabra, pero no hay otra para describir la combinación deliberada de informalidad elegante que escogí: camisa negra, jeans oscuros, el reloj que Teresa me regaló en nuestro quinto aniversario, y una colonia que, en retrospectiva,

fue un acto de agresión pasiva contra mi propio matrimonio.

Teresa levantó una ceja cuando me despedí con la mano.

Una ceja. Eso fue todo. A veces pienso que el matrimonio se sostiene menos por las palabras que por las cejas que no se levantan.

El local, aquella noche, era otro planeta.

Las hermanas habían contratado personal —chicos jóvenes que corrían con bandejas— y ellas, las dueñas, estaban vestidas de fiesta.

Leyla, la menor, llevaba un vestido azul que la hacía parecer una de esas vírgenes de los cuadros flamencos que miran al cielo con tristeza, aunque ella miraba a todos con una alegría tan genuina que resultaba sospechosa.

Y Mishelle... Mishelle llevaba un vestido rojo que no era un vestido, era un acto de fe.

Un acto de fe en la carne, en la gravedad, en la capacidad del hombre para resistir la tentación sin morir en el intento.

Había un grupo musical. Dos guitarras y un bongó. Baladas y boleros. Esa música que obliga a los cuerpos a acercarse no por deseo, sino por mandato histórico.

Bailé con Leyla. Ella reía como quien reparte caramelos en un orfanato, sin malicia pero con la certeza de que todos quieren uno. Bailé con una clienta que olía a * Chanel Nº 5* y a divorcio inminente. Y en un momento, fui al baño.

Fue allí, en ese pasillo estrecho que olía a desinfectante y a secretos, donde vi a Leyla.

No estaba sola. Estaba abrazada a una muchacha de cabello corto y mirada larga, en una intimidad que no admitía testigos.

Me congelé. No por escándalo —Lima es moderna, o al menos lo finge los fines de semana— sino por la certeza repentina de que aquel local era un universo mucho más complejo de lo que mi libido había estado dispuesta a cartografiar.

Me pasé de largo. Hice como que miraba el cuadro de una marina mal pintada que colgaba en la pared, y luego regresé a mi mesa.

Mishelle no estaba. La busqué con la mirada entre las mesas y la encontré en una, rodeada de hombres.

Puros varones. Todos edad indefinida entre cuarenta y sesenta, todos con la misma expresión de perros hambrientos frente a un filete que saben que no pueden pagar.

Ella, en cambio, era otra. Alegre, desinhibida, lejos de la seriedad habitual del mediodía.

Contaba algo —una anécdota, un chiste— y los hombres reían antes de tiempo, con esa risa servil que los hombres usamos cuando queremos que una mujer nos crea interesantes.

No quise unirme al coro de babas. Me senté en mi mesa asignada y bebí mi cerveza con la paciencia de quien sabe que el espectáculo no ha hecho más que empezar.

—¿Se divierte, señor Carlos?

Leyla apareció con su amiga —la misma del pasillo, ahora con una sonrisa que decía sé que me viste y no me importa— y se sentaron.

Les conté chistes. No recuerdo cuáles; solo recuerdo que reían con una alegría que parecía ensayada pero no lo era, y que Mishelle, desde su mesa de admiradores, clavaba en nosotros una mirada que sentía en la espalda como si fuera una mano.

La gente se fue. La medianoche se acercaba con pasos de ladrón.

Me despedí. Leyla me abrazó con la frescura de quien no tiene nada que perder ni nada que ocultar.

—Gracias por venir —dijo, y su aliento olía a vino tinto y a juventud.

Pero fue Mishelle quien me acompañó hasta la puerta. El local ya casi vacío, las luces bajas, el bongó guardado en su funda.

—Hasta pronto, señor Carlitos —dijo.

Y entonces me dio un beso. No en la mejilla.

No en el aire. Un beso en la comisura de los labios, ese territorio de nadie que es, en realidad, territorio de todos.

Quedé paralizado. Para cuando mi mano izquierda —la de la alianza, la del reloj de aniversario— quiso reaccionar, ella ya se alejaba con ese garbo que solo tienen las mujeres que saben exactamente cuánto daño acaban de hacer.

Caminé a casa. Lima estaba fría, o quizás era yo el que ardía. Y pensé, con esa mezcla de pavor y euforia que define a los adultos que aún no han aprendido a comportarse: mañana regreso.