LEYLA & MIE
Capítulo I
—Señor Carlos, estamos de aniversario.
La frase cayó sobre la mesa con el mismo ímpetu con que caen las sentencias que cambian el curso de una vida, es decir: con una naturalidad insultante, como si el destino no tuviera nada mejor que hacer que disfrazarse de pelirroja escultural repartiendo invitaciones entre los platos del día.
Levanté la vista del lomo saltado —que, dicho sea de paso, era excelente, aunque desde hacía tres semanas el plato principal de aquel local tenía nombre, apellido y medidas de infarto— y encontré los ojos de Mishelle.
Verdes, con ese tono específico que los irlandeses habrían vendido por tierras y los poetas habrían llamado esmeralda, pero que a mí me parecía el color exacto de la tentación cuando decide ponerse delantal y tomar nota de lo que vas a pedir.
—¿Aniversario? —repetí, como si la palabra fuera en sánscrito.
—Mañana en la noche. Una cenita entre nosotras y algunos clientes muy especiales —dijo ella, y la palabra especiales duró una fracción de segundo más de lo estrictamente necesario, lo cual en el universo del coqueteo equivale a una declaración de guerra con todas las armas químicas permitidas.
—Suena... conmovedor.
—Espero que pueda acompañarnos —continuó, y entonces, como quien no quiere la cosa pero la quiere demasiado, añadió—: Si quiere, viene con su esposa.
Ahí estaba. La trampa perfecta. La mención de Teresa no fue casual; fue una demostración de poder.
Mishelle sabía que estaba casado. Lo sabía porque en tres semanas de asistencia religiosa a su templo —digo, a su restaurante— uno deja más pistas de las que cree: la alianza en la mano derecha, el no, gracias, no tomo licor los martes porque los martes cenaba con Teresa,
la ausencia de miradas largas cuando la esposa estaba presente, aunque la esposa nunca estuviera presente.
—¿Con mi esposa? —pregunté, y mi voz sonó tan falsa como billete de tres soles.
—Sí —dijo ella, y una sonrisa que no llegó a los ojos pero bajó directo a algún lugar más peligroso—. Ella nunca vino, ¿no es cierto? Pero sabemos que usted es casado.
Sabemos. En plural. Como si las dos hermanas hubieran deliberado en consejo de guerra sobre mi estado civil, mi frecuencia cardíaca y la evidente torpeza con que yo disimulaba —cada maldita vez— la erección que me provocaba verla pasar con sus mallas ceñidas, o peor aún,
agacharse a recoger un tenedor.
Asentí. Me levanté. Pagué. Y salí a la calle con la dignidad de un hombre que acaba de descubrir que su vida sexual, hasta ese momento confinada al matrimonio y a la pornografía ocasional, acababa de recibir una carta de navegación escrita en tinta invisible y firmada por una diosa pelirroja.
Lima, esa noche, olía a mar y a excesos por venir.