LA PROPUESTA #3
Y en esas tres palabras estaba todo. La paciencia de quien sabe cuándo. La generosidad de quien espera sin exigir. El cuidado silencioso de alguien que conoce al otro mejor de lo que el otro se conoce a sí mismo.
Lo que sucedió después no lo escribo porque hay cosas que no pertenecen a las palabras.
Pertenecen al cuerpo, a la memoria del cuerpo, a ese idioma que no necesita traducción ni testigos.
Solo diré que la vela se consumió hasta la mitad.
Que afuera la ciudad encendió sus luces de noche.
Que en algún momento ella apoyó la cabeza sobre mi pecho y yo escuché su respiración volverse lenta y regular, y que ese sonido —ese sonido tan ordinario, tan íntimo, tan ajeno a todo lo que habíamos sido hasta ese día— fue quizá lo más poderoso que me llevé de esa tarde.
Nos quedamos dormidos.
Volvimos a entregarnos más tarde, esta vez más conscientes de darnos placer el uno al otro, sin la prisa del primer encuentro.
Yo aplicaba lo mejor que sabía, y aunque ella no me lo dijo, podía sentirlo: era su primer hombre.
Había en sus reacciones algo que no era inexperiencia sino descubrimiento, una curiosidad del cuerpo que se reconoce a sí mismo en territorio nuevo, y eso la volvía aún más difícil de olvidar.
Nos amamos tanto y tantas veces que el cansancio llegó como una marea silenciosa y nos arrastró juntos hacia el sueño.
Fue Veronika la que nos despertó, pasada la medianoche.
La vi algo molesta, con el ceño fruncido, evidentemente celosa de una forma que ella misma quizá no se esperaba sentir. Hay cosas que uno cree que no le afectarán hasta que las ve con sus propios ojos.
Karen, al verla, se levantó de un salto y así, sin más ropa que su propia piel y su desparpajo, se acercó a Veronika, tomó su mano con delicadeza y con ella acarició su propio vientre.
—Quizás ya está dentro nuestro retoño —dijo, con esa serenidad suya que podía desarmar cualquier tensión.
Yo también me levanté en ese instante. Y noté que Veronika me miraba con una curiosidad que intentaba disimular y no lograba del todo: sus ojos viajaron inevitablemente hacia mi cuerpo, deteniéndose un momento en lo que la larga jornada había dejado visible.
Aunque laxo, había cierta elocuencia en ese estado que no pasó desapercibida.
—Ojalá —dijo Veronika finalmente, recuperando la voz—. Yo no quiero eso dentro de mí.
Me vestía rápidamente, pero alcancé a escuchar el cuchicheo que siguió entre ellas: un parlamento breve, urgente, en voz baja.
—Díselo tú.
—No, díselo tú.
—Puedes quedarte —dijo Karen al fin, dirigiéndose a mí—, pero deberás dormir en el sofá.
—No, ¿por qué? —intervino Veronika, con una lógica que la sorprendió hasta a ella misma—. Será muy incómodo para él. Que duerma en la cama, con nosotras. Pero que duerma.
Y esa fue la primera noche que pasamos juntos los tres. Y realmente dormí: estaba tan agotado que ni las circunstancias más inverosímiles de mi vida habrían podido mantenerme despierto.
Me desperté con las primeras luces del alba filtrándose tibias por las persianas.
Karen aún dormía, de costado, dándome la espalda, con el cabello rubio y morado extendido sobre la almohada como algo que un pintor habría querido inmortalizar.
Pero Veronika estaba despierta, con la mirada fija, y no precisamente en el techo.
Me percaté de que había despertado con una... elocuencia involuntaria. La mañana es así de poco diplomática.
—¿Nunca se cansa? —preguntó Veronika, en voz muy baja, mirando mi erecto miembro con una mezcla de asombro genuino y algo que no quería llamar fascinación.
—Por supuesto que sí —respondí, cubriéndome con la sábana.
—¿Puedo tocarlo?
No supe qué responder. Miré a Karen, preocupado, pensando en lo que ella sentiría y diría.
Veronika se levantó con cautela, rodeó la cama, cubrió a Karen con la colcha con un gesto casi maternal, y se sentó a mi costado. Acercó el rostro con esa curiosidad científica de quien observa algo que conoce solo de referencia.
—Nunca había visto uno de verdad —dijo, con una honestidad tan descarnada que resultó más íntima que cualquier insinuación.
Primero acercó su rostro y lo olió. Deslizó la mirada hasta los testículos, y luego, su mano se posó sobre el glande con una delicadeza torpe que me hizo saltar.
—¿Te dolió?
—No. Todo lo contrario.
Entonces lo tomó con más decisión, con la firmeza de quien agarra algo frágil que teme que se escape.
—Está caliente —dijo—. Creo que tiene fiebre —agregó riendo, una risa suave, casi infantil, que contrastaba absurdamente con la situación.
—Es que está esperando un besito tuyo —dijo Karen desde la almohada, con los ojos todavía cerrados y una sonrisa amodorrada que demostraba que llevaba un rato escuchando.
—¿Tú lo besaste? —preguntó Veronika, mirándola.
—No. Pero sé que tú quieres hacerlo.
—¡No! —exclamó Veronika— Háganlo ahora. Quiero verlo.
Karen no se hizo de rogar. Se destapó, abrió su bata y extendió los brazos hacia mí con esa naturalidad suya que hacía que todo pareciera inevitable.
Veronika me empujó suavemente hacia ella con una mano en mi espalda, como dirigiendo una escena que había imaginado diferente pero que no estaba dispuesta a perderse.
Me incorporé lo necesario para ponerme entre las piernas de Karen, que me recibió con los ojos entreabiertos y esa sonrisa suya de saber demasiado.
Veronika no retrocedió: su curiosidad podía más que cualquier pudor, y su rostro estaba tan cerca que podía sentir su respiración contenida mientras observaba con una atención que habría sido incómoda en cualquier otro contexto y que en ese resultaba, extrañamente, excitante.
Penetré a Karen suavemente, y empecé a moverme con cuidado pues Veronika miraba la inserción muy de cerca.
Luego Karen me obligó a echarme boca arriba y me montó, mientras besaba a Veronika y acariciaba su vulva.
Acaba muy rápido, la culpa, en parte, era de Veronika y de esa mirada suya que no sabía bien lo que pedía pero lo pedía igualmente.
Cuando nos separamos, Veronika trajo un paquete de pañitos húmedos y nos limpió a ambos con una delicadeza casi ceremonial, como si ese gesto fuera su propia forma de participar, de pertenecer a algo que aún no sabía cómo nombrar.
Tomamos desayuno juntos. Ellas rezaban para que Karen hubiera quedado embarazada.
Yo rezaba exactamente, por lo contrario.
Porque si Karen no quedaba embarazada, el protocolo establecía que le tocaba el turno a Veronika. Y Veronika, que según ella misma no quería eso dentro de sí, llevaba desde el amanecer mirándome con una curiosidad que se parecía cada vez menos a la negativa y cada vez más a otra cosa.
En la sala de tragamonedas donde trabajamos, hay una verdad que todos conocemos: nadie entra pensando que va a apostar. Siempre es solo una moneda. Solo una vez. Solo para ver.
Yo había visto cómo terminaba eso.
Y aun así, mientras untaba la mantequilla en mi tostada y Veronika me miraba por encima de su taza de café con esos ojos que empezaban a decirme cosas que su boca todavía no se atrevía a formular, pensé que quizás esta vez la máquina iba a darme el premio gordo.
O quizás simplemente estaba a punto de perder todas mis monedas.
Como siempre.