LA NOCHE DEL MEZZANINE
Hay rutinas que se visten de paraíso. Cecilia y yo habíamos construido la nuestra con una precisión casi artesanal: los fines de semana salíamos, comíamos en algún sitio donde el vino fuera bueno y el ruido justo, y luego el karaoke, o algún espectáculo, y luego la cama.
Siempre la cama. Y Cecilia en la cama era una geografía que yo conocía de memoria: cada curva, cada temperatura, cada gemido en su lugar preciso, como una canción que uno ha escuchado mil veces y todavía le gusta, pero ya no lo sorprende.
Pero el deseo tiene esa crueldad particular de no conformarse.
Es un animal hambriento que devora la costumbre y luego mira hacia afuera, hacia lo desconocido, con esa mirada vidriosa que no pide permiso.
Hay una frase que los hombres dicen en voz baja, con la culpa mezclada con la risa: no hay mejor viagra que un culo nuevo.
Lo dicen como si fuera un chiste. Pero los chistes, cuando duelen de verdad, es porque contienen algo que no nos atrevemos a decir de otra forma.
Esa noche en particular —una de tantas noches de viernes que olían a colonia cara y a expectativa— decidí imitar a Sandro.
Al argentino. Al de la voz que parecía hecha de terciopelo y nostalgia, esa voz que las mujeres de cierta edad escuchan con los ojos entrecerrados y algo apretado en el pecho.
Canté Yo te amo. Y lo canté bien. Lo canté con esa entrega que uno solo se permite cuando el alcohol ha bajado las defensas lo suficiente y la música hace el resto.
El karaoke tenía dos niveles. Abajo, la gente común, las mesas ruidosas, los grupos de amigos que gritan más de lo que cantan.
Arriba, en el mezzanine, una baranda de madera oscura separaba a quienes preferían observar desde cierta altura, como si la distancia les diera algo que abajo no encontraban.
Y allí, justo en esa baranda, había un grupo de mujeres.
No eran jóvenes, pero tampoco tenían esa edad que ya no mira.
Rondaban los treinta y cinco, quizás algo más, con esa madurez que en las mujeres se asienta como buen vino: más compleja, más peligrosa, más interesante.
Todas vestían trajes sastre. Elegantes. Atentas.
Como si hubieran salido de una reunión de directorio y hubieran decidido, en un impulso colectivo, terminar la noche de otra manera.
El concurso funcionaba por eliminación: tres o cuatro canciones antes de la final, clasificando por aplausos.
Y ese grupo de mujeres aplaudió desde el principio con una intensidad que no era cortesía sino algo más deliberado.
Lo noté desde el escenario, desde esa distancia que permite ver sin ser visto del todo, desde esa posición extraña en que uno está expuesto a todos y sin embargo solo mira a una.
Porque hubo una. Entre todas, hubo una.
Estaba en primera fila, pegada a la baranda, con los codos apoyados sobre la madera y una sonrisa que no estaba dirigida al público general sino específicamente a mí.
Una sonrisa que sabía lo que hacía. Que medía su propio efecto con la precisión de quien ha practicado ese arte durante años y ya no necesita ensayarlo.
La primera vez que separó las rodillas fue casi imperceptible.
Un gesto mínimo, calculado, que desde el escenario tenía una claridad devastadora.
Me turbé. Me turbé de verdad, con esa turbación que no es solo física sino también mental, la que te hace perder el hilo de la canción por una fracción de segundo antes de recuperarlo.
Ella lo notó. Por supuesto que lo notó. Se rió con esa risa baja, íntima, que no llegó a sus amigas pero sí a mí, y me guiñó un ojo con la complicidad de quien acaba de demostrar un punto.
Las veces siguientes yo la busqué con más descaro.
Con el descaro medido de quien sabe que tiene que disimular pero ya no quiere tanto.
Sus piernas se separaban apenas, una invitación que era también una pregunta, y sus ojos respondían a los míos con esa electricidad silenciosa que existe entre dos personas que todavía no se han tocado pero ya han decidido que lo harán.
No conté con Cecilia.
Cecilia tenía ese sexto sentido que algunas mujeres desarrollan después de años de convivencia, esa capacidad casi sobrenatural de leer el aire alrededor de su hombre y saber exactamente qué está viendo, qué está pensando, a quién está mirando sin mirar.
En algún momento, antes de la final, se levantó de nuestra mesa con esa naturalidad estudiada de quien va al baño o a pedir algo en la barra.
Y se colocó detrás de mí, en el escenario, viendo lo que yo veía desde arriba.
No supe cuánto tiempo estuvo allí. Cuando me di cuenta, ya había vuelto a su mesa. Pero su expresión había cambiado. No era enojo. Era otra cosa más interesante y más difícil de descifrar: era conocimiento.
Gané el concurso.
La sala aplaudió de pie, y durante unos minutos el mundo se redujo a ese ruido y a los abrazos de desconocidos que de pronto te tratan como a un amigo de toda la vida porque ganaste una jarra de lo que estabas tomando.
Hay algo en los concursos de karaoke que despierta en la gente una generosidad repentina, una ternura colectiva que dura exactamente lo que dura el aplauso.
Y entonces las vi.
Las mujeres del mezzanine bajaban en grupo, con esa elegancia compacta de quienes saben moverse en público sin perder la compostura.
Se acercaron al escenario. Me felicitaron con palabras que no recuerdo porque lo que recuerdo es otra cosa: el momento en que ella —la de la baranda, la de las rodillas, la de la sonrisa que sabía demasiado— se separó ligeramente del grupo y se acercó a mí con los brazos abiertos.
El abrazo fue más largo de lo necesario.
Su cuerpo se pegó al mío con una firmeza que no tenía nada de casual, y sus labios rozaron la comisura de mi boca en ese territorio ambiguo que está entre el beso social y otra cosa completamente diferente.
Sentí sus manos en mi camisa. Sentí algo pequeño y sólido deslizarse al bolsillo del pecho.
Cuando se alejaron, Cecilia ya estaba de pie.
La vi cruzar la sala con esa determinación tranquila que pone cuando ha tomado una decisión.
Alcanzó al grupo en la puerta. Habló con ella.
No sé cuánto tiempo. No sé qué se dijeron.
Pero cuando Cecilia volvió a la mesa, su sonrisa tenía algo nuevo, algo que yo no había visto antes, o quizás sí lo había visto y nunca supe cómo nombrarlo.
En el bolsillo de mi camisa había un papel doblado en cuatro. No lo abrí esa noche. Guardé el secreto de ese papel como se guardan ciertas cosas: sabiéndolas y no queriéndolas examinar todavía.
Festejamos un rato más. Bebimos lo justo. Y cuando la noche empezó a doblarse hacia el lado de la madrugada, Cecilia tomó las llaves.
—Estás feliz —me dijo al volante, con una sonrisa que tenía algo de sorna y algo más que yo no sabía todavía cómo clasificar.
—¿Y no va a ser?
—Pues yo te tengo un premio especial —dijo, y su voz tenía esa textura particular que adquiere cuando guarda algo—. Una sorpresa. ¿A que no adivinas?
Eran casi las tres de la mañana. Descartaba comida, descartaba algo que hubiera preparado en casa con antelación. Intenté adivinar con la lógica torpe de quien ya tiene el alcohol encima y la adrenalina del concurso todavía circulando.
—¿Es para hoy? —pregunté.
—Sí. Hoy.
—¿Me compraste algo?
—No.
Entonces lo dije. Lo dije con esa mezcla de esperanza y humor con que los hombres pedimos lo que sabemos que probablemente nos van a negar:
—Por fin me darás el chiquito.
La respuesta fue inmediata, categórica, sin fisuras:
—No. Nunca.
—Me doy —dije, rindiéndome con la resignación cómica del que sabe que ha perdido desde antes de empezar.
Cecilia sonrió de perfil, con los ojos en la carretera, y murmuró algo que no terminé de escuchar bien:
—Nunca lo adivinarías.
El estacionamiento del edificio estaba desierto a esa hora. Apagó el motor y antes de que yo abriera la puerta, me detuvo con una instrucción que no admitía negociación:
—Vaya subiendo.
—Te espero.
—No. Sube. Y no se te ocurra volver.
Hay algo en el tono de Cecilia cuando decide algo que hace que uno obedezca sin preguntar. No es autoridad exactamente. Es algo más sutil: es la certeza de que sabe lo que hace y de que lo que viene después justifica la espera.
Subí sin mirar atrás.
En el apartamento me quité los zapatos con esa pereza feliz del que llega después de una buena noche.
La ropa después. El boxer lo último. Me tendí en la cama con el televisor encendido en algo que no estaba viendo, con ese estado particular de la mente que no es sueño pero tampoco vigilia plena, ese territorio tibio donde uno espera sin saber exactamente qué espera.
La puerta se abrió.
No encendió la luz. Una mano —la de Cecilia, reconocí sus dedos en la oscuridad— se deslizó hasta el interruptor y lo dejó donde estaba.
—Cierra los ojos —ordenó.
Los cerré. Escuché pasos. Dos pares de pasos, me pareció, aunque en ese momento no quise analizar lo que escuchaba. Me dije que era el apartamento, que los sonidos mienten de noche.
Sentí que se acercaba. Quise entreabrir los párpados, apenas, para atrapar algo de lo que estaba pasando, pero unas manos llegaron desde atrás con una suavidad que era también una orden, y algo de tela suave y oscura cubrió mis ojos.
Una venda. Atada con una firmeza que no era brusca pero sí definitiva.
Luego me destaparon. Luego me quitaron el boxer con una eficiencia que me hizo sonreír en la oscuridad. Y luego ocurrió algo que cambió la temperatura del cuarto en un segundo.
Una boca.
Pero no la boca que yo conocía.
Conozco la boca de Cecilia como conozco su nombre, como conozco el sonido de sus pasos y el perfume que usa los viernes.
Esta boca era diferente. No peor ni mejor —esas comparaciones son mezquinas y además inexactas—, sino simplemente diferente.
Con otro ritmo, otra presión, otra manera de recorrer el territorio como si lo estuviera descubriendo y disfrutando ese descubrimiento con una lentitud que era casi una declaración de intenciones.