PULPA sensual - Libro 4 LA PROPUESTA #2
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LA PROPUESTA #2

Porque yo sí había cambiado. Yo miraba a Karen inclinarse sobre el mostrador para explicarle algo a un cliente y mi cerebro construía escenarios que antes solo eran humo.

Yo veía a Veronika reírse de algo que le decía un compañero y pensaba en que ella también sería parte de esto, de lo que fuera que esto era.

Las observaba a las dos moverse por la sala con esa naturalidad de quienes no saben —o fingen no saber— que un hombre lleva semanas desarmándose en silencio cada vez que las mira.

Me estaba convirtiendo en alguien que no reconocía. Alguien que calculaba. Que imaginaba. Que temía y deseaba al mismo tiempo con una intensidad que no cabía bien dentro del uniforme de trabajo.

—Kari. Lo pensé mucho. Acepto. Dime cuándo y cómo.

Ella, me agradeció emocionada y me dio unas ordenes giradas por un médico, me dijo que fuera a un determinado laboratorio donde debería dejar unas muestras de semen y de sangre.

—Si quieres, te acompañamos —ofreció.

—No. No hace falta —dije.

—Ya todo está pagado —agregó Veronika—, presentas la boleta que está engrapada a la orden.

Una tarde, algunos días después, le dije:

—Kari. Llegaron los resultados. Te los pase a tu Whatsapp.

Ella sonrió, enigmática pero feliz. Me mandó un beso volado antes de salir, pero sin decir nada, dejándome turulato y con ganas de gritar exigiendo una respuesta.

Respondió en minutos. Me mandó un mensaje por WhatsApp: «Sabía que sería así. Ven mañana en la tarde. Veronika tiene turno en la sala. Estaremos solos.»

Estaremos solos.

Escribo esto ahora, con esa frase todavía resonando.

Mañana es mi día libre. El de Karen también.

Veronika trabaja el turno de tarde en la sala, atendiendo a los mismos noctámbulos de siempre, sirviendo bebidas y pasando bocaditos, viendo cómo la gente deposita sus esperanzas en máquinas que casi nunca devuelven lo que se les da.

Yo iré a casa de Karen.

Y algo comenzará, o algo terminará, o quizá las dos cosas al mismo tiempo, porque hay momentos en que el principio y el final se parecen demasiado como para distinguirlos.

Lo único que sé es que, a esta hora, con la ciudad durmiendo afuera y las tragamonedas de la sala apagadas hasta mañana, el mayor riesgo que jamás aposté no fue ninguno de los que vi en ese lugar.

Fue este.

Y todavía no sé si voy a ganar.

EL ENCUENTRO

Llegué a las cuatro de la tarde, que en la vida de los que trabajamos en salas es casi el mediodía.

La ciudad tenía esa luz oblicua de tarde invernal que lo hace todo parecer una fotografía antigua, y yo caminé hasta su puerta con el paso de alguien que no está seguro de si va hacia algo o huye de otra cosa.

Toqué el timbre. Una vez. Breve. Como si algo de mi mí esperara que no hubiera nadie.

Pero ella abrió casi de inmediato.

Karen. Sin el uniforme de trabajo, sin el delantal, sin el contexto profesional que durante meses había sido el único marco en que me permitía verla.

Llevaba un vestido sencillo, blanco y con flores pálidas, que le caía por los hombros con una naturalidad que parecía calculada y al mismo tiempo absolutamente espontánea.

El cabello rubio con sus vetas moradas, suelto, le rozaba las clavículas.

Las piernas sin la funda de nylon que siempre las cubrían y los pies descalzos sobre el suelo de madera del pasillo.

Nunca la había visto así. Con los pies descalzos, blanquísimos, apetecibles.

No sé por qué eso fue lo que me desarmó, completamente, más que todo lo demás.

—Pasa —dijo, como si fuera la cosa más simple del mundo.

El apartamento olía a limpio y a algo más, algo cálido e indefinible que solo pude asociar con ella, con su presencia fuera del trabajo, con lo que Karen era cuando no tenía que ser la encargada de turno.

Me senté en el sofá. Ella trajo dos copas de vino y se instaló frente a mí, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, con esa postura que tenía de ocupar el espacio sin disculparse por ello.

La luz de la tarde entraba por la ventana y le daba en el perfil, y yo pensé que existían pocas injusticias tan grandes como la de haber pasado meses trabajando junto a esta mujer sin poder mirarla así.

El vestido de flores, a contraluz, dejaba adivinar la silueta que yo había aprendido a no mirar demasiado tiempo en el trabajo, y que ahora, libre de toda restricción, se revelaba con una generosidad que me costó sostener sin desviar los ojos,

sobre todo de los clarosocuros que se veían bajo su falda.

—Estás nervioso —dijo. No era una pregunta.

—Estoy intentando no estarlo.

—No intentes. —Tomó un sorbo de vino—. No es una operación a corazón abierto. Es solo... nosotros.

Nosotros. La palabra cayó en el silencio del apartamento con un peso que no tenía en ningún otro contexto.

Nosotros éramos compañeros de cierre. Nosotros éramos los que apagaban las luces juntos y sobrevivían los turnos largos.

Nosotros éramos café a la medianoche y chistes en voz baja para que no escucharan los clientes.

Ahora nosotros significábamos algo que no tenía manual.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Llevo tiempo estando segura. Tu también siempre lo quisiste, pero no tuviste valor. Y ahora, el que demoró en decidirse, eres tú.

Algo en esa frase me reordenó por dentro. Porque era verdad y yo lo sabía: Karen nunca había dudado. Había sido yo el que se debatía, el que no dormía, el que miraba el techo contando las razones a favor y las razones en contra hasta que los números perdían sentido.

Ella, en cambio, me miraba con esa serenidad de quien ya tomó su decisión mucho antes de que la conversación empezara.

Se levantó del sillón. Caminó hasta donde yo estaba.

Y se sentó a mi lado, tan cerca que su perfume —ese que yo había aprendido a reconocer entre el humo y el ruido de la sala— se volvió la única información que importaba.

Su muslo rozó el mío apenas, sin prisa, como si ese contacto mínimo fuera simplemente el principio de una frase que aún no había terminado.

—¿Hace cuánto —preguntó en voz baja, sin mirarnos sino hacia el frente, hacia la ventana donde la tarde se iba poniendo oscura— que esto estaba entre los dos?

No era una pregunta sobre la propuesta. Era una pregunta sobre la otra cosa. La que no tenía nombre decente.

—Desde el primer día —respondí, porque ya no había razón para el protocolo.

Ella asintió, muy despacio. Como confirmando algo que ya sabía.

—Yo también —dijo.

Y entonces se giró hacia mí. Y yo entendí, en esa fracción de segundo antes de que todo cambiara, que hay momentos en que la vida entera se concentra en un punto único, un instante sin antes ni después,

y que ese instante puede durar lo que dura una mirada o puede durar el resto de tu existencia dependiendo de lo que hagas con él.

La besé.

O ella me besó. No estoy seguro de quién se movió primero y no importa, porque el resultado fue el mismo: sus labios contra los míos con una suavidad que desmintió toda la tensión acumulada durante meses, y luego con algo más, algo que venía de más adentro,

de ese lugar donde guardamos lo que no nos permitimos decir en voz alta.

Sus manos encontraron mi cara. Las mías encontraron su cintura, esa cintura que yo había aprendido a no mirar demasiado tiempo durante los turnos porque mirarla demasiado tiempo era un lujo peligroso.

Ahora la tenía entre mis manos y era exactamente lo que imaginé y absolutamente nada de lo que imaginé, porque la realidad siempre supera a la fantasía en los detalles que la fantasía no sabe inventar: la temperatura exacta de su piel, la forma en que su respiración cambió apenas,

el peso de su cuerpo inclinándose hacia mí como si llevara meses esperando ese permiso, sus senos presionándome contra mi pecho con suavidad, su aliento endulzando mi nariz.

Cuando nos separamos, solo fue para respirar. Y para mirarnos. Y en su mirada no había victoria ni conquista ni el cálculo frío de quien ejecuta un plan. Había algo más vulnerable que todo eso. Algo que me dijo que para ella tampoco había sido solo una propuesta racional.

—Ven —dijo, con una voz que ya no era la de la encargada de turno.

El dormitorio tenía la misma luz oblicua de la tarde entrando por las persianas, dibujando líneas doradas sobre la cama tendida con esa negligencia deliberada de quien sabe que la tarde tenía un propósito.

Sobre la mesita de noche, una vela encendida que ella debió haber prendido antes de que yo llegara.

Ese detalle —esa vela que esperaba— fue más erótico que cualquier otra cosa que hubiera podido decirme.

Me había esperado. Con una vela encendida.

Se quitó el vestido con la misma naturalidad con que hacía todo, sin aspavientos, sin dramatismo, con esa seguridad de quien ha llegado a un acuerdo consigo misma mucho antes de que el otro llegara.

Estaba como Dios la había traído al mundo.

La luz de la vela la recortó entera contra la penumbra del cuarto, y yo me quedé sin palabras, porque las palabras son insuficientes para algunas cosas, y Karen de pie frente a mí con esa luz bailando sobre su piel era una de esas cosas para las que el lenguaje simplemente no alcanza.

Sus curvas, que en la sala de juego yo había aprendido a ignorar con esfuerzo de monje, ahora eran simplemente suyas, simplemente reales, sin uniforme ni protocolo que las domesticara.

No era perfecta según los cánones que fabrican las revistas.

Era mejor que eso. Era real. Era Karen. La misma que me había enseñado las reglas de la sala con una sonrisa que prometía consecuencias.

La misma que servía café a la medianoche con esa gracia suya.

La misma que había guardado esta propuesta durante meses hasta estar lista para hacerla.

Me acerqué. Le tomé la mano, porque antes de cualquier otra cosa necesitaba ese gesto mínimo, ese contacto primario que dijera que yo estaba ahí, que yo también era real, que esto no era una de las fantasías que construía en los turnos lentos sino algo que ocurría de verdad, en la tarde real,

con la ciudad real afuera.

—Estás temblando —dijo ella, con una sonrisa que era ternura y algo más.

—Hace tiempo que quiero esto —respondí.

—Lo sé —dijo—. Y de alguna manera yo también, pero preferí esperar, y esperé.