PULPA sensual - Libro 4 LA PROPUESTA
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LA PROPUESTA

Hay lugares que tienen su propio idioma.

La sala de tragamonedas donde trabajamos Karen y yo lo tiene.

Es un idioma hecho de luces parpadeantes, de música sintética que se repite sin fin, de monedas que nunca terminan de caer y de gente que llega con esperanza y se va con los bolsillos vacíos.

Un lugar que respira por las noches y duerme de día, como un animal invertido.

Nosotros éramos parte de ese animal.

Los turnos de cierre terminaban pasada la medianoche, cuando el último cliente dejaba su asiento frente a la máquina que lo había hipnotizado durante horas y salía al mundo real con esa expresión de quien recién despierta de un sueño largo a veces con tristeza y otras con enojo,

al reencontrarse con la realidad.

Karen y yo lo veíamos irse. Apagábamos las luces en orden, primero las de los pasillos laterales, luego las del centro, y la sala entera se transformaba en una cosa diferente: quieta, oscura, intimidante.

Esa noche había sido particularmente larga.

Dos señoras de unos sesenta años se habían quedado hasta el final, como náufragas aferradas a una boya, apostando en la misma máquina durante cinco horas seguidas.

Karen les sirvió cafés y pastelillos con esa sonrisa profesional que le quedaba tan naturalmente como respirar, y cuando finalmente se fueron, ella suspiró, recogió tazas y platos, y me miró con esa expresión que solo compartíamos nosotros dos: la de sobrevivientes.

—Cerramos —dijo.

Asentí y comenzamos el ritual.

Cuadrar la caja. Apagar los terminales uno por uno.

Ese sonido particular que hacen las máquinas al apagarse, como un suspiro colectivo.

Antes de marcharse, el personal de sala limpió meticulosamente cada una de las maquinas, y el personal de limpieza fue el último en salir, tras limpiar los baños y barrer los pasillos alfombrados que acumulaban el polvo invisible de tantas expectativas frustradas.

Nos quedamos los dos solos. Todo era silencio cómplice, con la economía de movimientos de dos personas que llevan meses haciendo lo mismo y ya no necesitan coordinarse con palabras.

Fue Karen quien rompió ese silencio.

No de golpe. Lo fue abriendo con cuidado, como quien levanta la tapa de algo que puede explotar o puede simplemente estar vacío.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, sin dejar de doblar el trapo con el que había limpiado el mostrador.

—Siempre —respondí, porque con ella era siempre así de simple.

No respondió de inmediato. Siguió doblando el trapo con el que había limpiuado su escritorio tras ordenar y guardar todo. Lo colocó sobre el estante. Lo volvió a acomodar. Karen nunca hacía eso. Karen no necesitaba gestos para ganar tiempo, porque Karen siempre sabía exactamente qué iba a decir.

Eso me puso en alerta.

—Veronika y yo llevamos un tiempo hablando de algo —empezó. Veronika era su pareja, también trabajaba en la sala, y ambas eran muy hermosas, pero eran pareja, y una pareja que se quería y respetaba mucho.

Lo que iba a decirme evidentemente era algo serio. Hizo una pausa donde cabía un universo entero.

—Tenemos un anhelo, sabes, un deseo guardado durante mucho tiempo, pero ya es hora de hacerlo, pues el tiempo no perdona. Queremos tener un hijo.

La sala vacía, con sus máquinas dormidas y sus luces apagadas, pareció contraerse un centímetro. Yo termine de guardar los documentos, las llaves y el efectivo, intenté seguir haciéndolo con normalidad, pero mis dedos parecían de gelatina.

Karen y yo nos conocíamos desde el día en que llegué a pedir trabajo aquí, cuando ella era la encargada de turno y me explicó con una paciencia que no merecía que en esta sala había reglas y que, si no las respetaba, ella personalmente me enseñaría a respetarlas.

Dicho esto, con una sonrisa que quitaba el filo a la amenaza, pero no su peso.

Desde ese día la admiré. Y desde ese día, también, comenzó esa otra cosa que no tenía nombre decente.

Porque Karen no era simplemente la encargada.

Era el tipo de mujer que ilumina un cuarto sin proponérselo.

Cabello rubio con unos leves trazos morados que ella misma se hacía y que contrastaba con los colores artificiales de la sala como algo vivo entre cosas de plástico.

Ojos claros que en la penumbra del cierre parecían guardar luz propia.

Una manera de moverse que era eficiente y al mismo tiempo difícil de ignorar.

Tenía un cuerpo de infarto: no era muy alta, pero quizás por esa falta de estatura sus formas se veían aún más rotundas, y llamaba la atención de todos, en especial de la clientela masculina.

A mi me había vuelto loco, desde el principio, pero me resigne cuando el tiempo me demostró su nulo interés en los hombres. Yo la ignoraba. O lo intentaba. Con la misma disciplina con que se ignora una llama cuando uno ya se ha quemado antes.

—Me alegra —dije finalmente, y era verdad a medias—. ¿Cuándo lo decidieron?

—Hace unos meses. Estuvimos viendo opciones.

—Otra pausa. Esta más corta, más decidida—.

Fuimos al médico, a muchos. Nos hicimos exámenes y al final, llegamos a una conclusión, que, aunque no nos termine de gustar, lo mejor y más viable, es buscar un donante conocido.

¡Sabe Dios quien podría tocarnos! además de que es carísimo y no somos ricas.

Y, ya en ello, ambas llegamos a la misma conclusión sobre quién queremos que sea el padre biológico.

Ahí estaba. Ahí estaba el borde del precipicio. Yo lo sentí antes de que ella terminara la frase. Lo sentí en la forma en que el aire de la sala cambió, o quizá solo cambió el aire dentro de mí.

—¿Yo? —pregunté. No porque no lo supiera. Sino porque necesitaba escucharla decirlo.

—Tú —respondió Karen, y por primera vez esa noche me miró directamente, con esos ojos que en la penumbra guardaban demasiada luz—.

No tendrías que hacerte responsable de nada si no quieres.

Nosotras nos encargamos de todo. Pero si en algún momento decides que quieres estar presente, no hay problema, lo aceptaremos.

Si quieres que el niño sepa que eres su padre biológico, se lo decimos, o si quieres que te conozca solamente como un tío cariñoso, eso también lo aceptamos así. Tú decides.

Me levanté y me apoyé en el sillón como si de repente las piernas necesitaran testigos.

Nunca en mis fantasías con Karen —y en las que había tenido también con Veronika— había imaginado que mis sueños pudieran hacerse realidad.

Las había deseado a las dos, con la intensidad silenciosa de quien sabe que eso era imposible, aunque sintiera que era un desperdicio de deseos.

Este escenario era más extraño, más real, más imposible que cualquier cosa que mi imaginación hubiera fabricado en los turnos lentos de madrugada.

—¿Cómo lo harían? —pregunté. Y luego, porque la pregunta verdadera no podía quedarse dentro—: ¿Inseminación artificial o como demonios se llame eso, o de forma natural?

Karen no parpadeó.

—Natural. Las dos queremos que sea natural. Primero lo intentaré yo. Lo buscaremos por un tiempo, y si no hay resultado, entonces le tocará el turno a Veronika. Hasta que funcione. Y eso será todo. Ojala seas tan «poderoso», como dices ser.

—No lo dudes —queriendo demostrar seguridad, aunque en el fondo, me empezaban a asaltar las dudas.

—Pero antes, queremos pedirte unos análisis, tu sabes. Por precaución. Nosotras pagaríamos todo, por supuesto.

—No hay problema.

El silencio de la sala, después de eso, fue distinto. Era el silencio de una habitación que ha escuchado algo irreversible y no sabe cómo volver a ser lo que era antes.

Terminamos de cerrar casi sin hablar. Apagué el último tablero, activé las alarmas y Karen firmó el parte de cierre y puso las claves.

Recogió su bolso del casillero con esos movimientos suyos que siempre parecían coreografiados sin esfuerzo.

Salimos juntos a la calle, al frío húmedo de esa hora donde la ciudad pertenece a los noctámbulos y los trabajadores de turno.

Le ofrecí llevarla. Como siempre.

En el auto, con la ciudad desfilando afuera y el calefactor haciendo ese ruido suave que llenaba los silencios, ella volvió a hablar.

—Sé que es mucho para procesar.

—¿Desde cuándo querían hijos? —pregunté, porque necesitaba asirme a algo concreto, a alguna contradicción que me diera tierra firme—. Alguna vez te escuché jurar que no querías hijos.

—Antes era otra persona —respondió, con esa calma que me resultaba imposible de imitar—. Las cosas cambian. Uno cambia.

Quizás por eso también había decidido, al fin, probar a un hombre. ¡Qué suerte la mía!

—Por cierto. Si crees que debemos pagarte por ello, estamos dispuestas a hacerlo, siempre que sea algo razonable.

—¡No! Ni hablar.

Llegamos a su edificio. Las farolas anaranjadas pintaban la acera con una luz que hacía que todo pareciera más íntimo de lo que era, o quizá exactamente tan íntimo como era.

—No tienes que decidir ahora —dijo Karen, ya con la mano en la manija de la puerta—. Tómate el tiempo que necesites. Cuando lo hayas pensado, me avisas.

Se bajó. Caminó los pocos pasos hasta mi ventana y se despidió como siempre, con un beso en la mejilla.

Pero esta vez su mano descansó un segundo sobre mi hombro antes de sobresaltarse.

Veronika estaba en el balcón observándonos, la había estado esperando.

Me saludó con un gesto de la mano, y pude distinguir por el trasluz, que estaba desnuda bajo la bata de seda, aunque por la distancia hubiera sido difícil asegurarlo.

Confirmé que también tenía un cuerpo hermoso.

Era morena, más alta y más delgada que Karen.

Fue apenas un segundo, pero fue suficiente para sentir un tirón en la entrepierna. Karen se dio cuenta y sonrió.

—Te prometo que no la vas a pasar mal, y todos felices… —dijo riendo, mientras se alejaba.

No dormí esa noche. Ni las siguientes.

En el trabajo, todo siguió igual. Karen daba las instrucciones del turno con la misma autoridad de siempre.

Veronika, que trabajaba algunos turnos con nosotros, me saludaba con la misma calidez de siempre, me preguntaba si quería café con esa sonrisa suya que era casi tan difícil de ignorar como la de Karen.

Ninguna de las dos cambiaba nada. Ninguna de las dos me presionaba.

Eso era, paradójicamente, lo más insoportable.