Puerto Hurraco 11. Regreso a la aldea del crimen #7
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11. Regreso a la aldea del crimen #7

Su hermana Ángela murió pocos meses después, el 24 de noviembre de ese año 2005, en el mismo centro psiquiátrico donde aún estaba recluida. Tenía solo sesenta y cuatro años y murió de una parada cardiorrespiratoria.

Aunque no hay modo de establecer a ciencia cierta la correlación entre ambas muertes, es probable que el vínculo entre las hermanas —o la dependencia que Ángela sentía por Luciana— fuera tan fuerte que la menor de ellas no pudo resistir ni siquiera un año sin la otra.

Emilio y Antonio no acudieron al entierro de Ángela, como tampoco habían acudido al de Luciana.

Al parecer, ni siquiera pidieron el permiso correspondiente para hacerlo.

Así, en el entierro de Luciana al menos estuvo presente su hermana Ángela; en el de esta última, no hubo nadie salvo los empleados de la funeraria y un par de periodistas —uno de ellos, por cierto, el fotógrafo Brígido Fernández—.

Sin embargo, como muestra de cariño de Emilio y Antonio, en las lápidas de cada una de ellas se podía leer lo siguiente: «Sus desconsolados hermanos no la olvidan».

Emilio Izquierdo falleció un año después, el 12 de diciembre de 2006, por causas naturales.

Tenía setenta y cuatro años y fue encontrado muerto en su celda por el personal de la prisión de Badajoz.

Llevaba algún tiempo siendo atendido periódicamente en la enfermería del centro por una afección coronaria.

Emilio fue enterrado en el cementerio de Mérida, muy cerca de Luciana y Ángela, y a ese entierro sí que acudió Antonio. Era la primera ocasión desde el juicio, doce años atrás, en que los periodistas pudieron tomar imágenes de uno de los dos hermanos; sería también la última.

Antonio Izquierdo ya no solo aparentaba ser un anciano, como en el juicio, sino que, a sus sesenta y nueve años, lucía totalmente consumido y bastante mayor de lo que era en verdad.

Vestía una chaqueta de traje azul y una camisa a cuadros, y estuvo en todo momento rodeado por una docena de policías, un despliegue que posiblemente buscaba garantizar la seguridad del reo más que evitar su fuga.

Porque, ¿a dónde iba a fugarse Antonio Izquierdo, ese viejo demacrado que había pasado los últimos dieciséis años de su vida en prisión? ¿A quién iba a causarle ya ningún daño?

Aun así, y siguiendo a rajatabla quién sabe qué protocolo, no le retiraron los grilletes, por lo que las últimas imágenes de Antonio son realmente penosas: un anciano débil, esposado y escoltado por policías en un cementerio, frente a las tumbas de sus tres hermanos.

Tanto los policías como los periodistas fueron testigos de las palabras con que Antonio despidió a su hermano, una frase —la última— que entraría a formar parte de la mitología de Puerto Hurraco: «Hermano, te vas al cielo con setenta y cuatro años, pero te vas con la satisfacción de que la muerte de tu madre ha sido vengada».

Personalmente, me cuesta creer que este anciano, a quien ya en el juicio se le pudo apreciar su dicción dificultosa y atropellada, pronunciara una frase así de compleja y lapidaria —nunca mejor dicho—.

Me inclino a pensar que dijo algo parecido, pero no exactamente eso.

Por ejemplo, en El Periódico de Extremadura se recogió la frase del siguiente modo: «Emilio, hemos vengado a nuestra madre», lo que resultaba mucho más verosímil.

Tanto da lo que dijera realmente Antonio.

Sus palabras exactas. Lo que sí que parece cierto es que aprovechó aquel instante, el de la despedida de su hermano, para recordar a su madre y la venganza que habían llevado a cabo.

Por si acaso todavía quedaba alguna duda de que habían mentido en el juicio al afirmar que no habían sido conscientes de lo que hicieron.

***

Tras el estreno de la película El séptimo día , en abril de 2004, los vecinos de Puerto Hurraco habían mostrado su malestar por cómo se les representaba y habían argumentado que el trato que recibían ellos y los familiares de las víctimas no era similar al que recibían las víctimas de terrorismo.

No les faltaba razón: a la altura del año 2004, nadie podía imaginarse ver en cines una película donde se reprodujeran atentados etarras reales, con las víctimas siendo disparadas a quemarropa o despedazadas por una bomba, y mostrándose sus cuerpos ensangrentados tirados en el suelo, tal y como Saura había hecho con las víctimas de Puerto Hurraco.

Se había cruzado la enésima línea roja, pero, como decía antes, ¿a quién le importaban lo más mínimo los sentimientos de unos pocos vecinos de una aldea remota de Badajoz?

Las víctimas de la matanza de Puerto Hurraco no eran víctimas de un atentado terrorista, eso parecía claro. Y, sin embargo, sus familiares intentaron que así fueran consideradas, mediante todos los procedimientos legales posibles.

El litigio no comenzó entonces, tras el estreno de la película, sino bastante antes, allá por el año 2001, cuando varios familiares de los asesinados y los heridos de Puerto Hurraco solicitaron al Ministerio del Interior una indemnización de acuerdo con la Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo, aprobada en 1999.

El Ministerio rechazó la solicitud, arguyendo que los hermanos Izquierdo no estaban integrados en ninguna banda ni grupo armado y que su crimen ya había sido juzgado y se habían establecido las indemnizaciones pertinentes, independientemente de que estas no hubieran podido ser abonadas en su totalidad con el patrimonio de los asesinos.

Ante el rechazo del Ministerio del Interior, los familiares acudieron a los tribunales y llevaron su reclamación a la Audiencia Nacional, que también negó que lo ocurrido en Puerto Hurraco pudiera considerarse terrorismo.

Recurrieron la decisión al Tribunal Supremo, pero este volvió a fallar en su contra.

Los familiares habían aducido que existía un precedente en el que, aun sin estar clara la autoría o naturaleza del suceso, sí se había considerado a las víctimas como víctimas de terrorismo: el incendio del hotel Corona de Aragón, ocurrido en Zaragoza en 1979, donde habían perdido la vida ochenta y tres personas y resultado heridas más de cien.

El Tribunal Supremo argumentó, sin embargo, que en el caso del incendio del Corona de Aragón, si bien había dudas sobre cómo se había iniciado, se consideraba que podía haber sido consecuencia de una acción terrorista, a pesar de que no se hubiera identificado a los autores.

En Puerto Hurraco, en cambio, aunque se había dado una «grave alteración de la paz y seguridad ciudadanas» —condición para que un acto fuera declarado como «terrorismo»—, en ningún modo el crimen había tenido una finalidad política: el objetivo de los Izquierdo no había sido acabar con el régimen democrático español o subvertirlo en modo alguno.

No habían matado a sus víctimas buscando alterar o derogar leyes, ni derrocar gobiernos o instituciones, sino que únicamente habían matado para vengarse de toda aquella aldea por lo que ellos consideraban una afrenta: el asesinato de su madre.

Parece obvio que, de haberse declarado a las víctimas de Puerto Hurraco como víctimas de terrorismo, los familiares de estas tal vez hubieran visto mejorada su situación —no solo en lo económico, sino en otros aspectos legales—, pero también hubiera supuesto que los dos asesinos, Emilio y Antonio Izquierdo, pasaran a ser considerados terroristas, lo que hubiera sido tanto como dotar a su acción de una especie de sentido o propósito ulterior de los que en realidad carecía.

Los familiares se habrían beneficiado de que sus allegados hubieran sido heridos o asesinados por terroristas, pero lo cierto era que los Izquierdo no eran ni merecían ser considerados terroristas.

Un terrorista comete acciones violentas creyendo que está contribuyendo a una causa mayor que así lo requiere; justifica el uso de la violencia —ante el mundo y ante sí mismo— porque cree que es el camino correcto o necesario para lograr un fin que considera positivo —como la independencia de una región respecto a un Estado, o la implantación forzosa de unos preceptos religiosos—.

Pero los Izquierdo no tenían un fundamento ni político ni religioso para su acción: no eran revolucionarios, no perseguían cambiar ningún orden.

No había ninguna justificación posible para sus asesinatos más allá del afán de venganza.

Querían provocar dolor, ya que ellos se sentían a su vez doloridos por el asesinato de su madre. Nada más que eso.

El fallo del Tribunal Supremo desestimando que las víctimas de la matanza lo fueran a su vez de terrorismo se produjo en junio de 2006, unos meses antes de la muerte de Emilio Izquierdo, que ocurrió en noviembre.

Tras estos dos hechos, ninguna información nueva volvería a publicarse en los medios sobre la matanza de Puerto Hurraco hasta abril de 2010, fecha en la que Antonio Izquierdo se quitó la vida ahorcándose en su celda de la prisión de Badajoz.

Hay quienes creen —porque así se ha contado en ocasiones— que Antonio Izquierdo se ahorcó al no poder soportar por más tiempo vivir sin su hermano y sus hermanas, pero nada más lejos.

Su suicidio no estuvo motivado por su soledad, y desde luego tampoco fue ninguna muestra final de arrepentimiento por su acción.

Antonio se quitó la vida cuando perdió la esperanza de volver a salir alguna vez a la calle, así de simple.