11. Regreso a la aldea del crimen #4
Ese traslado tuvo lugar en el mes de agosto, coincidiendo con el cuarto aniversario de la matanza.
Fue el primero en el que no consta que se celebrara ninguna misa o acto conmemorativo.
Fue como si, una vez superado el juicio, se hubiera decidido que tocaba pasar página —en la medida de lo posible— para sanar.
Para sorpresa de todos, quien volvió a protagonizar titulares de prensa en toda España algún tiempo después, en 1995, no fue ninguno de los hermanos o hermanas Izquierdo, sino el rival de estos, Antonio Cabanillas Rivera, el padre de las dos niñas asesinadas.
Diego Godoy Vances, el corresponsal del diario Hoy en Castuera, firmaba una noticia el 6 de junio de ese año, titulada del siguiente modo: «Antonio Cabanillas, detenido en Puerto Hurraco tras un tiroteo en el que un hombre resultó gravemente herido».
Según contaba el corresponsal, Antonio Cabanillas era sospechoso de haber tiroteado en la cara a un cazador furtivo que la noche anterior, de madrugada, estaba cazando junto a un compañero en las proximidades de la aldea, sin que por entonces se tuviera idea de qué había motivado el incidente.
El herido había sido trasladado a un hospital de Madrid y se debatía entre la vida y la muerte.
De ser cierta la noticia, aquella sería la segunda vez que uno de los miembros del matrimonio Cabanillas protagonizaba un suceso parecido: recordemos que en 1988 había sido la esposa de Antonio, Carmen Rivera Cabanillas, quien había disparado y herido levemente a un anciano con problemas mentales que al parecer estaba acosándola sexualmente.
Y la noticia era cierta, sí. Solo que, tras ser interrogado como sospechoso —de nuevo en el Juzgado de Castuera, a cuyas puertas había sido detenido en posesión de varios cuchillos cinco años atrás—, a Antonio Cabanillas se le puso en libertad sin cargos: declaró que se había tratado de un accidente.
Según contó, el herido y su compañero —unos tales Anselmo Algada Guerra y Ramón Zambrano Caldente, siendo este último al parecer pariente del propio Antonio—, habían acordado con él apostarse junto a una de las parcelas de su propiedad cercanas a Puerto Hurraco para cazar a varios jabalíes que estaban colándose cada noche al interior.
También Antonio había participado en la montería furtiva, con tan mala suerte que, al percibir un movimiento en la oscuridad, había abierto fuego y acertado a otro de los cazadores.
Sin embargo, según se indicaba en la prensa, el comportamiento de Antonio Cabanillas había sido cuando menos extraño tras el accidente.
La escopeta con la que había disparado no era suya —él no había renovado su licencia de armas tras el asesinato a tiros de sus hijas—, y tras herir al otro cazador, había corrido a enterrarla en algún lugar del campo.
Al día siguiente, la había desenterrado en presencia de su abogado —Vicente Gimeno Ferrera, el mismo del juicio por la matanza— y de varios agentes de la Guardia Civil.
Es de suponer que, al no contar con licencia en regla, Antonio había temido que aquel suceso pudiera salirse de madre por ser él quien era, y de ahí que enterrara la escopeta.
Claro que, habiendo al menos un testigo de lo ocurrido —su pariente, el tercer cazador—, poco sentido tenía que se deshiciera del arma, porque lógicamente ese testigo no iba a declararse autor del disparo.
Y no parecía verosímil que el tiro lo hubiera efectuado otro cazador furtivo distinto y desconocido que, casualmente, también estuviera acechando jabalíes esa noche en aquella parcela.
Es posible que Antonio Cabanillas actuara sin pensar, sin más, y escondiera la escopeta fruto del nerviosismo.
Aunque también es posible que, en los minutos posteriores al disparo, y temiendo haber acabado con la vida de aquel hombre, decidiera con plena consciencia deshacerse del arma a sabiendas de que, en cualquier investigación por homicidio —siquiera por homicidio involuntario—, el arma constituía una prueba fundamental.
Si finalmente el impacto hubiera resultado mortal, lo más probable es que Antonio Cabanillas se hubiera enfrentado a un duro proceso judicial que podría haber terminado con él en la cárcel.
En ese caso, la ausencia del arma homicida podía haber sido determinante.
Sea como fuera, el herido no murió, y Antonio Cabanillas al parecer no fue procesado por ningún delito, ni siquiera por caza furtiva.
Su abogado debió de aportar argumentos muy buenos, quién sabrá cuáles, porque se antoja cuando menos chocante que un hombre que caza furtivamente y sin licencia de armas pueda pegarle a otro un tiro en la cara, aunque sea por accidente, causarle heridas de gravedad, y que no se le impute ningún cargo.
Aunque tal vez el mejor argumento era la propia identidad del tirador.
¿Qué juez iba a ser tan poco misericorde como para procesar —o mucho menos encarcelar— al padre de las dos niñas asesinadas, solo por un desafortunado accidente sin consecuencias fatales?
Ese año 1995 terminó con la publicación de otro de los libros de los que he venido hablando desde el comienzo de este: el volumen Malos tiempos de Juan Madrid, donde este recogía una narración ficticia sobre la matanza de Puerto Hurraco.
Ese texto, como dije, había sido publicado parcialmente en prensa muy poco después del crimen, allá por septiembre de 1990, e incluía todos los tópicos habidos y por haber en torno al suceso. Así como un buen número de errores.
Con este de Juan Madrid, y el citado de José Antonio Perozo, eran ya tres los libros publicados que contaban lo acontecido en Puerto Hurraco: Margarita Landi había publicado el suyo, Crímenes inolvidables , en 1991.
Ya comenté que, entre otras cosas, en ese libro Margarita Landi relacionaba la matanza con el estado de la luna aquella noche de agosto.
Tres libros, por tanto. Tres narraciones superficiales, plagadas de inexactitudes y hasta de elementos sobrenaturales, escritas por autores de presunto prestigio de los cuales al menos dos —Juan Madrid y Margarita Landi— continuarían siendo invitados asiduamente —y casi hasta el día de hoy— a acudir a tertulias y entrevistas en prensa para exponer su visión sobre este crimen.
Poco más puedo añadir a estas alturas que no haya dicho ya en las trescientas páginas anteriores.
Si el relato sobre Puerto Hurraco llegó distorsionado al público fue porque algunos se encargaron de distorsionarlo, convirtiendo una tragedia compleja y terrible en un folletín sensacionalista.
Se encargaron de sacarle rédito al horror y lo convirtieron en un espectáculo.
***
Antonio Sánchez Balsera, el anciano que supuestamente acosaba a Carmen Rivera Cabanillas y al que esta hirió de un disparo allá por 1988, murió como consecuencia de una ola de calor mientras estaba internado en el centro psiquiátrico Adolfo Díaz Ambrona de Mérida, en mayo de 1996.
Él había sido, como mínimo, el tercer vecino de Puerto Hurraco recluido en ese centro.
Y el tercero en haber mantenido un enfrentamiento con la familia Cabanillas, puesto que allí estaban todavía recluidas las hermanas Izquierdo.
Estas, como ya se ha dicho, habían sido declaradas inocentes de haber inducido a sus hermanos al crimen, pero aun así se había ordenado su internamiento.
De eso habían pasado ya más de cuatro años, y si bien su situación debía revisarse periódicamente y existía la posibilidad de que algún día fueran puestas en libertad, en la práctica nadie contaba con que esa liberación fuera a producirse.
A ojos de la sociedad, las hermanas seguían siendo culpables, y que estuvieran encerradas, siquiera en un psiquiátrico, parecía el castigo que como mínimo debía aplicárseles.
Decía antes que en el cuarto aniversario de la matanza, en agosto de 1994, no se celebró ninguna misa ni acto conmemorativo, al menos no de manera pública o con presencia de medios de comunicación.
Tampoco se celebraría ningún acto en agosto de 1995 ni en agosto de 1996.
En realidad, jamás volvería a celebrarse ninguno.
Salvo para los heridos y para los familiares de los fallecidos, la matanza de Puerto Hurraco era ya agua pasada.
Unas páginas atrás contaba cómo ni siquiera en Extremadura se hablaba demasiado de ello.
Que a las generaciones de extremeños que nacieron o se criaron durante esa década de 1990 —ya fuera por el afán protector de los padres, o por la incomodidad que provocaba que un crimen así hubiera ocurrido en la región— no se les habló apenas de Puerto Hurraco y, por ende, crecieron sin saber que lo estaban haciendo en lo que muchos consideraban una España negra.
En la «tierra sin pan» de Buñuel; en la tierra del Pascual Duarte de Cela; en la tierra de los santos inocentes de Delibes; en la tierra del Jarrapellejos de Felipe Trigo.
Los jóvenes extremeños ignoraban que el numen de los campos extremeños era sanguinario y fiero, y que abundaban en ellos hombres capaces de insanos vicios y crímenes bestiales.
Y, en su ignorancia, seguían adelante con sus vidas como si nada, ingenuos y felices.
Para muchos de esos jóvenes extremeños —y jóvenes españoles en general— probablemente su primer acercamiento a la matanza de Puerto Hurraco tuvo lugar hacia el verano de 2003, cuando se supo que el cineasta aragonés Carlos Saura preparaba una película sobre el tema.
Saura, con varias décadas de carrera a sus espaldas, era uno de los directores de cine más aclamados en Europa, con docenas de premios nacionales e internacionales en su palmarés.
A priori , si alguien como él se inspiraba en la matanza de Puerto Hurraco para una película, el resultado no podía ser una película mediocre y sensacionalista; cualquiera esperaría una obra de arte profunda, que trascendiera los tópicos. Pero no fue así.