Puerto Hurraco 11. Regreso a la aldea del crimen #3
89%

11. Regreso a la aldea del crimen #3

Estando allí, en Castuera, supongo que no me hubiera costado demasiado dar con alguien que —al igual que Diego Godoy Vances— hubiera pasado aquella noche por Puerto Hurraco.

Tal vez el que fuera alcalde de Castuera en esas fechas —Juan María Vázquez García—; tal vez algún policía local o guardia civil retirado que hubiera participado en el rastreo de la aldea la mañana en que se detuvo a los Izquierdo; o tal vez incluso algún médico o enfermero de los que en su día atendieron a los heridos.

Debía de haber al menos una docena o dos de castueranos —ancianos ya, casi todos— que hubieran sido testigos de un modo u otro de lo acontecido la noche de la matanza, y seguro que más de uno habría accedido a hablar conmigo.

Sin embargo, yo para entonces hacía mucho que había llegado a la conclusión de que para escribir mi libro no necesitaba más que unos pocos testimonios muy concretos, y que aun sin estos podía arreglármelas sin mayor problema.

A fin de cuentas, y como creo que ha quedado claro en las páginas anteriores, la matanza de Puerto Hurraco fue uno de los sucesos más profusamente —que no profundamente— tratados en la historia de la prensa española, y todas y cada una de las personas que fueron testigos directos —así como todas aquellas que participaron luego en el posterior proceso judicial— habían tenido la oportunidad de ser entrevistadas numerosas veces.

Quien no hubiera hablado en los últimos treinta y cinco años era simplemente porque había decidido no hacerlo, y yo estaba dispuesto a respetar ese silencio.

Me costó llegar a esa determinación, puesto que yo, como hubiera hecho cualquiera, al principio de mi investigación traté de comunicarme con algunos de los testigos directos, es decir, con parientes de los fallecidos en Puerto Hurraco, para entrevistarme con ellos.

Llegué incluso a escribir a alguno, aunque no obtuve respuesta.

Pero con el paso del tiempo, según avanzaba en la documentación y reflexionaba sobre el caso, me di cuenta de que buscar esos testimonios no solo era innecesario, sino egoísta.

Como digo, quienes hubieran querido hablar habían tenido treinta y cinco años para hacerlo, y muchos lo habían hecho: ahí estaban las entrevistas, al alcance de cualquiera.

También estaban los testimonios ofrecidos durante el proceso judicial.

¿Qué más podía necesitar? ¿Qué podía aportar a mi libro que el familiar de un fallecido me detallara a mí cómo vio morir a su ser querido para que yo lo pusiera por escrito?

¿Acaso no pretendía denunciar eso precisamente, el uso indecente del morbo en los relatos sobre Puerto Hurraco?

Como digo, me costó darme cuenta de ello, pero finalmente lo vi claro: lo último que debía hacer era contactar con familiares de las víctimas.

Bastante culpable me sentía ya con la posibilidad de que la publicación de mi libro fuera a reavivar su dolor como para además buscarlos e intentar que hablaran conmigo, rememorando de nuevo esa noche de horror.

Tenía material de sobra para recrear la matanza; no iba a ir más allá de lo que ya estaba publicado y republicado una y mil veces, en prensa, en libros, en programas de televisión, en pódcast…

Tenía todo lo que necesitaba. Ningún testimonio iba ofrecerme nada verdaderamente nuevo y relevante.

Durante los meses de escritura del libro, cada vez que comentaba a alguien en lo que estaba metido, la primera reacción solía ser un bufido y una respuesta del tipo: «Hostia, Puerto Hurraco…

». A continuación, casi siempre me preguntaban si ya había encontrado a alguien dispuesto a hablar conmigo.

Y aunque al comienzo siempre decía que estaba en ello, que tenía algunos contactos y que iba a intentarlo, pronto me di cuenta de que ahí precisamente estaba el error.

Y que ahí estaba en realidad el núcleo o la razón de ser de mi libro.

Para escribir sobre la matanza de Puerto Hurraco no debía buscar testimonios nuevos, sino al contrario, debía leer y analizar con sentido crítico los que ya había, filtrándolos, ordenándolos, creando con ellos una narrativa.

Debía leer toda o gran parte de la información publicada y presentarla de forma coherente.

Y también valorarla o juzgarla, porque mucho de lo publicado, como se ha ido viendo, fueron contenidos viles, simplistas e interesados.

La función del periodista es encontrar lo que nadie ha encontrado antes; buscar y llevar al lector información novedosa y sobre todo exclusiva —como tanto les gusta decir—.

El periodista es un explorador, y como tal no se detiene en el terreno que ya han explorado otros, siempre intenta llegar a lugares nuevos.

Un periódico que siempre recurra a información ofrecida antes por otros periódicos está destinado a la ruina.

Supongo que por eso, al comentar que estaba escribiendo un libro sobre Puerto Hurraco, y que no iba a ser un libro de ficción, todos daban por sentado que comenzaría por buscar nuevos testimonios, nueva información, porque es lo que haría un periodista.

Pero yo no soy periodista. Y aunque no estuviera escribiendo un libro de ficción —una novela—, no tenía por qué adoptar esa posición, la del periodista.

No tenía por qué hacer entrevistas a familiares de las víctimas si no creía conveniente hacerlo.

No tenía por qué ir buscando testigos de puerta en puerta por Puerto Hurraco, ni por Monterrubio de la Serena, ni por Castuera.

Yo ya sabía lo que había ocurrido esa noche; lo sabía casi todo el mundo.

Mi función, por tanto, no podía ser solo la de contar otra vez lo ocurrido, ni siquiera contarlo con mayor detalle.

Nada de eso. Mi función debía ser la de contar lo ocurrido, pero a la vez contar también cómo se había contado lo ocurrido.

Explicar no solo cómo se había producido la matanza y cómo había sido juzgada, sino también cómo los periodistas y escritores de la época la habían trasladado a la sociedad.

Si no lo hacía así, no tenía ningún que escribiera sobre Puerto Hurraco.

Me marché de la terraza de Castuera cerca de las diez y veinte.

Hubiera podido montar en el coche y regresar otra vez a Puerto Hurraco para estar allí a la hora exacta en que se inició la matanza treinta y cinco años antes.

Pero me pudo la sensatez y la coherencia, y decidí marcharme directo al hotel donde me alojaría esa noche, en Don Benito.

Por lo menos hasta después de la publicación del libro, no pensaba volver a poner un pie en Puerto Hurraco. Y posiblemente, después tampoco.

***

Como ya comenté unas páginas atrás, en los primeros meses de 1994, justo a rebufo del juicio por la matanza, el escritor gallego —pero de origen extremeño— José Antonio Perozo publicó su novela Puerto Hurraco: La furia del carnero , protagonizada por un profesor y parapsicólogo —y una especie de alter ego del propio escritor— que acudía a la aldea y trataba de descifrar las claves del suceso mediante la numerología:

Yo mismo me he ido sorprendiendo cuando exponía la interrelación del número ocho y la masacre del día 26 de agosto.

Suelo ser cuidadoso y ordenado con los detalles de esta religión del misterio de los números y las estrellas.

Esas teorías pitagóricas que para mi fortuna un maestro republicano, y dicen que masón, me sembró tímidamente en el espíritu.

Ya dije que, más allá del contenido de la novela, perfectamente legítimo dentro de la libertad creadora de cualquier autor —por tratarse de una ficción—, lo que a mí personalmente me molestaba es que se hubiera aprovechado la coyuntura del juicio para publicarla.

Los Izquierdo acababan de ser juzgados y condenados, los familiares de las víctimas acababan de revivir su experiencia, ¿acaso era el momento de publicar una novela como esa, mezclando hechos reales e inventados?

¿A quién podía interesar un libro que tratara la matanza de Puerto Hurraco desde un planteamiento esotérico, pocas semanas después de producirse el juicio?

¿Acaso hoy sería aceptable que un escritor, nada más juzgarse un crimen horrendo que involucrase el asesinato de menores, publicara un libro sobre ese crimen relacionándolo con el ocultismo, el espiritismo o cualquier otra patochada semejante?

Imaginemos, por ejemplo, que en el año 2011 se hubiera publicado una novela con un médium investigando cómo José Bretón mató a sus hijos —la comparación no es exagerada, en absoluto: recordemos que en Puerto Hurraco tirotearon a dos niñas—, ¿acaso una novela así no recibiría el rechazo de las familias de las víctimas, de la prensa y de la sociedad española en su conjunto?

En fin. La novela de Perozo no consta que fuera mal recibida; sencillamente pasó desapercibida para casi todos.

Al fin y al cabo, se publicó en una editorial muy pequeña, Ronsel.

Sin embargo, sí que llegó a ser presentada en algunas localidades de Extremadura en los meses de verano, sin que se armara ningún revuelo.

Los vecinos de Puerto Hurraco y La Serena, a esas alturas, debían de estar más que habituados a que se publicaran auténticas barrabasadas en torno al crimen, y aquella novela, en el fondo, por su componente esotérico, podía resultar de mal gusto, pero en ningún caso podía ser tomada en serio.

También en ese verano de 1994 se efectuó el traslado de los hermanos Izquierdo desde la cárcel de Córdoba a la de Almería, sin que mediara motivo aparente más allá de las necesidades internas de Instituciones Penitenciarias.

Emilio y Antonio, pese a lo que había aducido su abogado en el juicio, se encontraban al parecer en buen estado de salud y sobrellevaban la condena con resignación, sin causar problemas a sus carceleros y sin que los otros presos se los causaran a ellos.