Puerto Hurraco 11. Regreso a la aldea del crimen #2
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11. Regreso a la aldea del crimen #2

Como iba diciendo, estuve en Puerto Hurraco la tarde del martes 26 de agosto de 2025, en el treinta y cinco aniversario de la matanza.

Llegué allí no sé exactamente a qué hora, puede que a las seis y media o las siete.

En esa segunda ocasión —como era normal, siendo verano—, no estaba lloviendo, y pude pasear por sus calles tranquilamente, sin temor a empaparme y pillar una pulmonía.

Esas calles estaban más concurridas que cuando visité la aldea en el mes de febrero: no había muchos peatones —incluso al atardecer, el calor apretaba—, pero sí bastante trasiego de coches.

Lo que no encontré, y me llamó la atención, fueron periodistas ni curiosos.

Si alguno de los primeros o de los segundos se dejó caer por allí con motivo de la efeméride, debió de hacerlo a otra hora del día.

Yo, sin embargo, buscaba precisamente esa hora, el atardecer, el inicio de la noche.

No por ningún motivo concreto: visitar la aldea a esa hora no iba servirme para nada, en realidad.

No iba a grabar ningún vídeo, ni a tomar una sola imagen.

Pero a veces simplemente uno desea observar y sentir, nada más que eso.

Imaginar esas mismas calles en un atardecer de agosto como aquel de hacía treinta y cinco años.

Imaginar el bullicio y la música, y luego, de pronto, las detonaciones, los gritos y el silencio.

Pero no aguanté mucho tiempo. Aunque tenía intención de esperar hasta la misma hora en que comenzó el tiroteo —las diez y media—, me fui mucho antes.

Al igual que la otra vez, tampoco esa tarde nadie se dirigió a mí, nadie me increpó.

Aun así, enseguida me noté incómodo. Por más que pretendiera adornarlo, por más que pretendiera engañarme, sabía que había algo indecoroso en lo que estaba haciendo.

Daba igual que no estuviera grabando con el móvil o que no intentara hablar con nadie.

En el fondo, yo estaba en Puerto Hurraco por ser el aniversario del crimen.

¿Qué había ido a hacer allí? Nada, nada en absoluto.

En esas fechas, tenía mi libro ya documentado y a medio escribir.

No me había movido la necesidad, sino aquello que yo tanto criticaba en ese mismo libro que estaba escribiendo: el morbo.

De Puerto Hurraco fui entonces a Monterrubio de la Serena; apenas cinco minutos de viaje.

La última vez que estuve en la comarca, por no haber investigado aún el crimen, no conocía la dirección donde habían vivido los Izquierdo.

Pero sí la tenía entonces, así que me dirigí directo allí, al número 26 de la calle Constitución.

No se trataba de una de las principales calles de Monterrubio, sino de una cualquiera del centro, empedrada y de un solo sentido.

Al final de esta todavía se encontraba el bar Cuatro Esquinas, donde según alguna fuente acudían a menudo los Izquierdo.

Estuve tentado de entrar, pero no lo hice porque ya bastante mal me estaba sintiendo por visitar ese pueblo solo para echar un vistazo a la vivienda de los asesinos.

Estaba convencido —sugestionado por la vergüenza— de que el camarero, el propietario o algún cliente sabría adivinar qué había ido a hacer yo a Monterrubio y me lo echaría en cara.

Aparqué en la misma calle y crucé a paso rápido frente al inmueble un par de veces, una en cada dirección.

Esta vez sí que eché algunas fotografías, pero lo hice solo porque descubrí algo que me pareció que me merecía la pena fotografiar.

Tampoco es que fuera a olvidárseme —y en todo caso podría recordarlo buscando la casa en Google Maps—, pero igualmente decidí que esa imagen sí quería llevármela conmigo.

La vivienda de los Izquierdo, en la que estos al parecer habían vivido sin luz durante mucho tiempo, y de la que los hermanos Emilio y Antonio habían salido la tarde del 26 de agosto de 1990 para no regresar nunca —sus hermanas Luciana y Ángela lo habían hecho el día anterior, el sábado 25—, estaba abandonada y en estado ruinoso, lo mismo que su otra vivienda familiar en Puerto Hurraco, la que había ardido en 1984 con su madre dentro.

Esto no me llamó la atención: ya suponía que ningún pariente de los Izquierdo —por ejemplo, alguna de sus sobrinas, las hijas de su hermana Emilia— habría podido tramitar la herencia para hacerse con la casa; recordemos que a los hermanos se les impuso el pago de una indemnización millonaria, y era de esperar que cualquier movimiento en ese sentido sería examinado con lupa.

Claro que, ¿qué pariente, o qué persona en su sano juicio, querría comprar esa casa?

Todo lo más, podría interesarle a alguien para echarla abajo y levantar una nueva.

Aunque lo más sencillo, me parecía a mí, habría sido que el propio Ayuntamiento de Monterrubio hubiera tramitado su compra para efectivamente derruirla y tal vez aprovechar el solar dándole algún uso público.

Por ejemplo, convertirlo en un almacén municipal o algo por el estilo.

Aunque entendía que no hubiera sido posible por alguna cuestión legal.

Sea como fuera, la casa permanecía allí, con sus rejas oxidadas y su fachada color beige ennegrecida por la mugre y repleta de desconchones.

Pero lo que me llamó la atención, como digo, no era el estado de la casa en sí misma, sino lo que había frente a ella: cuatro contenedores de basura.

El Ayuntamiento de Monterrubio, quizá al no poder librarse de la casa, había optado por una vía intermedia: usar el hueco de enfrente para colocar esos contenedores —además uno de cada color: azul, amarillo, verde y marrón—, a sabiendas no solo de que los propietarios no iban a quejarse, sino de que ubicándolos allí se conseguía camuflar de algún modo el lugar.

Se conseguía que la vivienda pasara más o menos desapercibida, que no quedara tan a la vista de los vecinos —que naturalmente no querrían recordar a quienes vivían en ella—, ni tampoco a la vista de los visitantes indeseados —como yo mismo— que pasaran por allí con intención de detenerse a husmear.

Por otro lado, ese gesto —ocultarla con contenedores de basura— era en sí mismo una declaración de principios por parte del Ayuntamiento: una manera discreta pero a la vez rotunda de mostrar desprecio hacia los Izquierdo y su acción.

Desde la casa de los Izquierdo, me dirigí entonces —noche casi cerrada ya— hasta la cooperativa La Milagrosa, ubicada a las afueras y donde, en 1986, Jerónimo Izquierdo había apuñalado a Antonio Cabanillas Rivera.

Ese enclave tenía, en realidad, poco de interesante —poco de morboso—, pero a esas alturas yo ya llevaba muchos meses metido de lleno en la investigación y la escritura del libro.

Los datos me bullían en la cabeza —fechas, nombres, lugares—, y estando en disposición de ello, pues qué menos que pasarme a echar un vistazo por donde fuera.

Aun por el sitio más anodino imaginable, como lo era aquel.

Con ese mismo pensamiento, viajé entonces a Castuera, en cuyo Juzgado se había instruido toda la causa por la matanza.

A las puertas de este había sido donde habían detenido a Antonio Cabanillas Rivera portando unos cuchillos, justo cuando las hermanas Izquierdo estaban dentro prestando declaración.

Allí no me sentí incómodo. Había tanta gente —aquel era un pueblo de bastante mayor tamaño, y la plaza de España, donde se situaba el Juzgado, estaba abarrotada— que nadie podría adivinar cuáles eran mis intenciones.

Además, de cara al público, Castuera no se asociaba tan estrechamente con la matanza.

No era una parada obligada para el turista morboso, para entendernos.

Me senté a tomar una cerveza en una terraza. Mi libro comenzaba allí mismo, en Castuera. El protagonista del primer capítulo —que ya estaba escrito— era un vecino de ese pueblo, Diego Godoy Vances, corresponsal del diario Hoy en La Serena en la fecha de la matanza.

Sentado a la mesa, con la cerveza delante, pensé en Diego, a quien jamás conocería: había fallecido hacía quince años, en 2009, antes incluso de ver publicado su libro Puerto Hurraco, ayer y hoy , que editaría la Diputación de Badajoz al año siguiente.

A Diego sí hubiera querido entrevistarlo.

Aunque en su libro describía pormenorizadamente lo que vivió esa noche, me hubiera gustado escuchárselo contar de viva voz, tal y como se lo había oído contar al periodista Lucio Poves o al fotógrafo Brígido Fernández, quienes también habían estado en Puerto Hurraco la madrugada del 26 al 27 de agosto de 1990, y que amablemente habían aceptado conversar por teléfono conmigo unas semanas atrás.

Periodistas y expertos en crímenes había entrevistado a varios — Francisco Pérez Caballero, Paz Velasco de la Fuente, Enrique Figueredo—, pero, como es lógico, me interesaba más entrevistar a personas que hubiesen participado de algún modo en el caso.

Por ejemplo, los reporteros Vicente Gil —que trabajaba entonces en Antena 3 Radio y que localizó a Luciana y Ángela Izquierdo en Atocha—, o Pedro Avilés —entonces en Interviú , quien se coló en la casa de los Izquierdo en Monterrubio que yo acababa de visitar esa tarde, lo que le costó una condena por allanamiento—.

Ellos dos también me habían atendido de buen grado.

Diego Godoy Vances, por tanto, iba a ser uno de los testimonios importantes que faltarían en mi libro.

Otro de ellos sería el del juez Casiano Rojas Pozo, quien asumió la instrucción de la matanza cuando estaba destinado allí mismo, en el Juzgado de Castuera, frente a donde yo estaba sentado en ese momento.

Rojas sencillamente prefirió no hablar conmigo; según me dijo, hacía más de una década que había decidido no hablar sobre Puerto Hurraco.

Sin embargo, me derivó a su secretario judicial de entonces, José María Rodríguez.

Aunque este tampoco quiso concederme ninguna entrevista.