11. Regreso a la aldea del crimen
REGRESO A LA ALDEA DEL CRIMEN
Quien conozca Las Hurdes, sabe que se trata de una comarca de valles estrechos, sinuosos y verdes —salvo aquellos asolados por el fuego cada verano—, salpicada de aldeas diminutas en las que aún se conservan restos de la arquitectura tradicional de pizarra negra, y con una historia y un folklore únicos.
Se trata quizá de la comarca más aislada y más misteriosa de España, un lugar que se creía habitado por salvajes sin civilizar, por brujas, duendes y demonios, y que a comienzos del siglo XX atrajo la atención de intelectuales, artistas y políticos —desde el rey Alfonso XIII a Miguel de Unamuno o Luis Buñuel— por la situación de abandono y de pobreza a la que se la tenía sometida por parte de las administraciones públicas.
La Serena es mucho más extensa que Las Hurdes y posee una historia, una orografía y una arquitectura muy distintas.
Las sierras de poca altura están separadas por grandes llanuras y terrenos de pasto y dehesa; hay edificaciones y restos arqueológicos de origen romano y musulmán que evocan un pasado militar y fronterizo; y poblaciones en cuyos centros históricos abundan las viviendas de fachadas blancas, encaladas.
Se trata, por tanto, de dos comarcas lejanas pero unidas por un concepto de «negrura» muy parecido, el cual, naturalmente, podía hacerse extensivo a Extremadura en su conjunto. O como mínimo a la Extremadura rural, la de los pueblos, el campo y sus habitantes.
Yo nací en el año 1988 en Plasencia, aunque jamás viví en otro sitio que no fuera mi pueblo, Moraleja, al noroeste de Cáceres.
Ya conté en otro capítulo, al comienzo de este libro, que también en mi pueblo, en la finca de Malladas, ocurrió un crimen terrible allá por 1915, más oscuro incluso que el de Puerto Hurraco —cinco víctimas asesinadas a hachazos, entre ellas dos niñas y una mujer embarazada—, y que en su día colocó a Moraleja en el centro del debate público en España, no solo por el crimen en sí, sino por el proceso —o farsa— judicial que siguió y que terminó con la condena de cinco inocentes.
Mi pueblo, decía, podía haberse convertido también en otro emblema de la España negra, lo mismo que Puerto Hurraco, pero no sucedió así, ya que el crimen de Malladas fue silenciado y cayó en el olvido casi absoluto hasta que, sin ser del todo consciente de lo que hacía, me atreví a investigar y a escribir sobre ello con la intención de rehabilitar la memoria de las víctimas y de los inocentes condenados.
Yo, obviamente, no viví de cerca ese crimen, ni conocí a ninguno de quienes protagonizaron el posterior proceso judicial; como tampoco viví de cerca el de Puerto Hurraco.
Yo tenía solo dos años cuando ocurrió: ni siquiera sabría decir cuándo fue la primera vez que oí hablar del tema, pero diría que fue siendo ya adulto, o como muy pronto siendo adolescente.
En cualquier caso, sé que en mi casa, cuando yo era niño, jamás se habló de Puerto Hurraco, al menos en mi presencia.
Cuando se juzgó a los Izquierdo, yo iba a cumplir seis años, y tampoco de eso tengo ningún recuerdo: no guardo en la memoria ninguna imagen de ningún informativo de televisión ni de ningún periódico.
Si acaso mi madre o mi abuelo estuvieron al tanto de lo que sucedía en ese juicio —y debían de estarlo: mi abuelo regentaba el restaurante y hotel más conocido del pueblo en aquellos años, y es de suponer que se comentaría en las tertulias de los vecinos que acudían cada día a echar la partida de cartas—, tuvo que ser casi a escondidas, con cuidado de que yo no me enterara.
Puedo pensar que en muchos otros hogares extremeños en aquel entonces —tal vez en la mayoría— se hizo lo mismo que en el mío: que se protegió a los niños ocultando o tratando solo veladamente lo ocurrido en Puerto Hurraco.
Y puedo pensar eso porque, como es lógico, si yo jamás oí hablar de Puerto Hurraco en mi niñez, significa que tampoco ningún otro niño de mi entorno lo mencionó.
Los niños, aun los que parecen menos despiertos, se quedan con todo lo que ven y escuchan, aunque no alcancen a entenderlo, y así, yo por ejemplo sí que recuerdo, siendo muy pequeño, comentar con mis amigos los asesinatos o secuestros de ETA, y hablar de tantos otros temas adultos y escabrosos —que suelen ser los que más atraen a esa edad—.
Sin embargo, jamás hablamos una sola palabra de Puerto Hurraco.
No me atrevería a afirmar tanto como que fuera un tema tabú, pero sí que en la Extremadura de los años 1990 de Puerto Hurraco no se hablaba demasiado.
Por supuesto, debió de hablarse mucho en el momento en que sucedió la matanza, y en los días en que se produjo el juicio, y sí que se escribió mucho en la prensa regional.
Pero no era un asunto que estuviera presente de manera habitual, es a lo que me refiero.
No hubo un antes y un después de la matanza de Puerto Hurraco en la cotidianidad de los extremeños.
Fue un hecho terrible, pero a la postre un hecho aislado, puntual, que en nada afectaba a las vidas de quienes vivíamos en la región.
Lo que intento decir es que yo nunca tuve conciencia de estar viviendo en una España negra, a pesar de haberme criado en un pueblo de Extremadura durante los años inmediatamente posteriores a lo que en estas páginas cuento.
No vivía en Las Hurdes ni en La Serena, pero sí en una comarca también rural, distante de cualquier núcleo urbano, como es la Sierra de Gata.
En 1990, esa España negra solo existía en las mentes de ciertas personas, la mayoría intelectuales urbanitas que pensaban que la cultura —la alta y la baja— todavía era inaccesible en los pueblos, que se habían quedado anclados en la iconografía de la España rural de dos o tres décadas atrás, la de la boina, el botijo y las alpargatas.
Por supuesto que en los pueblos había gente bruta, cateta, pero no más que en las ciudades.
En esos años noventa, la televisión había llegado ya a todos los rincones de España; los niños íbamos a la escuela y luego nos sentábamos en el sofá a ver Los Simpson , Doraemon o Bola de dragón ; encendíamos la consola para jugar al Donkey Kong , al Tomb Raider o al Pro Evolution Soccer ; salíamos al campo con las bicicletas, cazábamos pájaros con liga, o nos bañábamos en el río, y eso nos distinguía de los niños de ciudad, pero también íbamos a videoclubes, a salones recreativos o a cibercafés; coleccionábamos cromos de fútbol y tazos; vestíamos de Nike, Reebok o Adidas; y conocíamos los chistes de Chiquito o Cruz y Raya.
Nuestra formación e intereses, en resumen, eran idénticos a los de cualquier niño de algún barrio de Madrid, de Barcelona o de Bilbao.
Ya habían pasado más de cuarenta años desde que se publicara El camino de Delibes; nuestra infancia nada tenía que ver con la de Daniel el Mochuelo o Roque el Moñigo.
En los noventa, por más que se vendiera ese relato a partir de la matanza de Puerto Hurraco —fueron docenas, quizá centenares, las veces que se usó el término en la prensa en relación con ese crimen—, Extremadura no era más España negra que cualquier otro rincón del país.
Esa España rural, ignorante y bruta, opuesta a la España abierta y moderna de las ciudades, ya había desaparecido.
Claro está que en el campo continuaba habiendo individuos ignorantes y brutos —como los Izquierdo—, como todavía los sigue habiendo hoy, en el campo y en todas partes.
La Serena, desde luego, no se merecía cargar con el estigma de la España negra.
Ni tampoco Puerto Hurraco. Menos aun cuando, en 1990, esa España no era ya más que un recuerdo de otra época lejana.
Pero le había tocado en suerte, lo mismo que a Las Hurdes le había tocado en suerte ser conocida casi exclusivamente por su miseria.
Unos capítulos atrás hablaba de Extremoduro y su canción «Extremaydura».
La canción, que ya había sido cantada en televisión con anterioridad al crimen de Puerto Hurraco —en enero de 1990, en el programa Plastic de TVE—, comenzaba con unos versos de aire folklórico; una especie de copla de contenido irónico que servía de introducción a la parte rock de la canción y que contrastaba con esta.
Creo que es en ese preciso momento —allí donde termina la copla y comienza el rock— donde mejor se puede apreciar que la España negra ya no existía, ni siquiera en Extremadura.
Robe tomó eso mismo, los elementos de la España negra, los tópicos rurales, la tradición, el casticismo, la brutalidad descarnada, y los retorció y llevó al extremo y al absurdo, desarmándolos por efecto de la transgresión y del ingenio. O sea, del arte.
Lo que quiero decir es que ¿cómo se podía hablar de España negra si de lo profundo de ese territorio surgía un músico como Robe, que se atrevía a plantarse sin camiseta ante millones de espectadores, mostrando su torso escuálido, y a darle la vuelta al concepto para burlarse de él?
¿Cómo se podía seguir creyendo que había una España negra —inculta y cerrada— cuando un tipo que tocaba su guitarra eléctrica mientras introducía la cabeza en una soga cantaba algo como lo siguiente? :
Desde que tú no me quieres,
yo quiero a los animales,
y al animal que más quiero,
es al buitre carroñero.
Desde que tú no me quieres,
yo todos los días me muero,
y alimento, con mi carne,
en Monfragüe, buitres negros.
No, la tan cacareada España negra no era compatible con un sujeto como Robe Iniesta.
Si un joven artista extremeño podía hacer eso, romper y a la vez abrazar sus raíces de ese modo, era porque en 1990 esa España negra no era más que una fantasía.
No era otra cosa que eso mismo, materia para el arte.
Para la literatura. Tal vez jamás fue otra cosa.
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