10. El juicio #2
Como consecuencia de la cantidad de gente reunida dentro y fuera de la sala y de los protocolos de seguridad correspondientes, el juicio empezó con media hora de retraso.
Presidía el tribunal el veterano juez Ramiro Baliña Mediavilla y le acompañaban los magistrados Enrique Martín Montero de Espinosa y Jesús Plata García.
La Fiscalía estaba representada por Antonio Sánchez Galante.
Los acusadores particulares eran los abogados Vicente Gimeno Ferreras —representando a Antonio Cabanillas Rivera— y José Manuel Recalde Díaz —representando a Elisa Sánchez Carrillo, viuda de la víctima Andrés Ojeda Gallardo, hija de la víctima Isabel Carrillo Dávila y madre del niño herido Guillermo Ojeda Sánchez—.
El defensor de los hermanos Izquierdo, ya lo sabemos, era el joven abogado Javier Luna Guerrero.
Tras la exposición de las conclusiones provisionales por parte de la Fiscalía, de los acusadores particulares y de la defensa —tanto Fiscalía como acusación pedían centenares de años de cárcel para los acusados; la defensa pedía la absolución en base a la inimputabilidad de los acusados por su condición mental—, llegó el turno de palabra de los Izquierdo.
Se esperaba que fueran a ratificarse en la —disparatada— versión de los hechos que ya anticiparon en la entrevista para Antena 3 en noviembre de 1992, y así lo hicieron. Lo que seguramente no esperaba nadie era el tono bronco y desafiante con que iban a hacerlo.
***
El primero en tomar la palabra fue Emilio Izquierdo, el mayor de los hermanos, que se levantó del banquillo de los acusados que compartía con Antonio —un banco, por cierto, sin respaldo ni acolchados; tras ellos, separándolos del público, había otro ocupado por policías uniformados— y, con las muñecas esposadas y las palmas unidas —como si efectivamente fuese un sacerdote predicando el Evangelio—, fue respondiendo con vehemencia a las preguntas de las partes. Su declaración duró casi dos horas.
Emilio habló —cómo no— del incendio provocado en el que murió asesinada su madre.
Dijo que todo el pueblo de Puerto Hurraco había estado «tapando» la muerte de su madre, que esta había ardido como una «gavilla seca» y que no dejaba de soñar con ella ni de día ni de noche.
Sin embargo, trató de poner distancia entre el asesinato de su madre y la matanza que él había cometido, ya que lo que intentaba transmitir era que él había actuado irracionalmente —en un rapto de locura— y no buscando venganza por un hecho ocurrido seis años antes.
Las muertes que provocó, dijo, no hubieran servido para resucitar a su madre, y por tanto vengarse, según él, hubiera resultado inútil.
Al mencionar a la madre asesinada a Emilio se le pudo percibir un matiz de emoción —¿de humanidad?
—. Fue el único momento en que flaqueó. Durante el resto de su declaración, se mostró muy seguro de sí mismo.
Mucho más de lo que lo había hecho en la entrevista en televisión casi un año antes.
En el juicio, no titubeó al afirmar que él era el autor de la matanza —como sí lo había hecho en la entrevista—, aunque insistía en que la había cometido en un episodio de enajenación mental: «Yo tenía la mente en blanco y no sabía ni lo que hacía»; «tenía la mente en blanco y no sé ni por dónde entré ni por dónde salí».
En respuesta a una pregunta del fiscal, Emilio emitió una frase que habría de pasar a la posteridad; una frase recordada y reproducida en la práctica totalidad de los reportajes sobre la matanza, cuya fuerza residía no solo en la seguridad con que la pronunció, o en que la repitiera varias veces, sino también en su incoherencia sintáctica, que tan bien evidenciaba la propia naturaleza del personaje: «Yo no he pensado, nunca, nunca, por nunca, de matar. Nunca, por nunca, he pensado de matar».
Emilio respondió con evasivas a las preguntas directas sobre la matanza, aquellas que hubieran podido poner de manifiesto que esta no fue un acto espontáneo, fruto de un arranque de locura, sino algo planeado: por ejemplo, por qué habían irrumpido en la aldea por el callejón tras haber aparcado en las afueras, procurando así no ser vistos, o por qué su hermano y él se habían vestido de cazadores y armado hasta los dientes.
Sobre esto último, indicó sencillamente que su intención era «cazar tórtolas», aunque no supo explicar por qué, si su intención original era cazar tórtolas, se pertrecharon de cartuchos para la caza de animales mucho mayores.
Las escopetas usadas en la matanza se encontraban en una mesita frente a los acusados, y los dos hermanos las reconocieron como propias: no solo fueron detenidos con ellas, sino que tenían las licencias en regla.
Emilio alegó que también Antonio Cabanillas Rivera tenía una escopeta y que le constaba que planeaba usarla para atentar contra su hermano Antonio o contra él mismo.
Además, comentó que tres décadas atrás Amadeo Cabanillas Rivera —el hermano de Antonio— le había roto el brazo a su hermana Luciana y que a él no le hicieron nada, lo que para él era otra prueba de que los Cabanillas estaban protegidos por la Justicia.
Se le pasó aclarar, eso sí, que Amadeo había sido asesinado a puñaladas por Jerónimo Izquierdo en 1961.
Tampoco confirmó si esa presunta agresión de Amadeo a Luciana había sido en el contexto de una relación amorosa truncada, como tanto se había especulado.
Aun así, pese al historial de agravios entre las familias que Emilio dejó entrever en sus respuestas, este insistió en que no conocía a las hijas de su rival, Antonio Cabanillas, ya que «hacía mucho que no estaba en Puerto Hurraco, y ellas eran muy jóvenes».
Por tanto, negaba haber disparado primero contra ellas a sabiendas de quiénes eran.
De hecho, por su supuesta enajenación, negó incluso haber tenido la conciencia de estar disparando contra seres humanos: «Yo no veía a personas cayendo; veía que se movía algo y tiraba porque se movía algo».
Según Emilio, esa enajenación mental duró hasta el mismo momento de su detención, cuando lo despertó la Guardia Civil y fue reducido violentamente, lo que le provocó una fractura en el brazo.
En realidad, como sabemos, Emilio huyó monte arriba al ser descubierto, y si fue reducido de esa manera fue precisamente por haber intentado huir.
A su hermano Antonio, en un primer momento, ni siquiera le pusieron los grilletes: recordemos la célebre foto de Brígido Fernández en que lo llevaban agarrado de las solapas.
Era complicado, por tanto, que nadie fuera a comprar la idea de que había recibido algún tipo de maltrato por parte de los guardias.
Y menos aún la idea de que Emilio y su hermano, al ser interrogados durante la instrucción, hubieran confesado la planificación del crimen —y haber disparado conscientemente sobre las hijas de Antonio Cabanillas Rivera— solo porque la Guardia Civil les había engañado para hacerlo.
«Juro por Dios que no leí lo que firmaba», llegó a decir Emilio, quien además volvió a deslizar la idea de que la Guardia Civil había estado «mezclada» en el incendio y el asesinato de su madre.
Emilio Izquierdo, en definitiva, se autoinculpó de la matanza —«yo me hago responsable de todo»—, lo que en realidad resultaba poco trascendente habida cuenta de la cantidad de pruebas y testimonios que lo incriminaban.
Lo relevante de su declaración era que, tal y como había hecho en la entrevista concedida en prisión en noviembre de 1992, buscaba conciliar dos ideas casi irreconciliables: la de que él había actuado solo y que por tanto su hermano Antonio era inocente, y la de que había cometido la matanza sin ser consciente de lo que hacía, en un episodio de enajenación mental.
Digo que eran ideas casi irreconciliables porque buscar la absolución de su hermano correspondía a una estrategia legal calculada —aunque absurda—, que no se ajustaba con una confesión veraz de los hechos.
Es decir, Emilio se confesaba autor de la matanza, pero lo hacía con una versión falseada del suceso para tratar de exculpar a su hermano Antonio.
Si realmente había actuado sin ser consciente de lo que hacía, en un brote psicótico o similar, ¿por qué se empeñaba en intentar desmontar la versión que se derivaba de las pruebas y declaraciones de los testigos?
¿Por qué se empeñaba en mentir, en lugar de reconocer todo aquello que estaba más que probado que había ocurrido?
¿Por qué nadie iba a creer que Emilio decía la verdad al afirmar que había cometido el crimen en un rapto de locura, si a la vez estaba mintiendo flagrantemente al afirmar que Antonio era inocente?
Como es lógico, la declaración de Emilio estuvo acompañada de murmullos y de algún que otro exabrupto por parte del público que asistía a la vista.
Aunque en ningún momento se produjo ninguna alteración grave del orden.
Los instantes de mayor tensión los protagonizó el propio Emilio al encararse con los abogados acusadores a raíz de alguna pregunta o apreciación, pero su declaración en general discurrió sin incidentes.