Puerto Hurraco 10. El juicio
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10. El juicio

EL JUICIO

Decía unas páginas atrás que, en aquellos momentos, la sociedad española estaba saturada de todo lo que tuviera que ver con Puerto Hurraco y los Izquierdo, pero el juicio era algo distinto.

Un juicio, por su liturgia propia, y por la imprevisibilidad de lo que pueda surgir a lo largo de su desarrollo, siempre es un acontecimiento de interés para el público.

En ese sentido, el juicio podría entenderse como el último acto de una obra trágica —o tragicómica, por lo grotesco de algunos de sus protagonistas— que había comenzado a desarrollarse ante las cámaras de televisión tres años y medio antes.

No era, por tanto, un juicio equiparable a ningún otro: a nadie se le escapaba que era el final de un suceso en verdad histórico.

Al igual que en el crimen de Alcácer, en el tratamiento periodístico de la matanza de Puerto Hurraco se habían alcanzado —o rebasado— tantos límites deontológicos, éticos o humanos que se podía hablar de un antes y un después en la sociedad y la prensa españolas.

El crimen, como género literario, tenía más de un siglo de vida en todas sus manifestaciones —novelas policiacas, secciones de sucesos, coplas criminales—, pero en España, con Puerto Hurraco, había pasado a convertirse en algo nuevo: en un género televisivo. Y ya nada volvería a ser igual.

***

En la portada del diario Hoy del sábado 15 de enero de 1994, dos días antes del inicio del juicio, aparecía una instantánea tomada por Brígido Fernández, el mismo fotoperiodista que capturó las imágenes de la detención de Antonio Izquierdo, la cual mostraba a una anciana de espaldas, enlutada y cubierta con un velo mientras caminaba de noche por una solitaria calle Carrera de Puerto Hurraco.

La figura no parecía otra cosa que un espectro.

La parca dirigiéndose de regreso al averno que había más adelante, en la penumbra al fondo de la calle.

Justo un año antes, en enero de 1993, una de las fotografías de Brígido de la noche de la matanza había sido seleccionada como una de las mejores de la última década en España por la revista Panorama —editada por el Grupo Zeta y que ese mismo año dejaría de publicarse—.

Antes, en 1990, Brígido había sido a su vez finalista de los Premios Ortega y Gasset en la categoría de Periodismo Gráfico.

Pero, además de reconocimiento, su trabajo en aquella noche trágica le había proporcionado una buena suma de dinero: unos siete millones de pesetas —según declararía él mismo en una entrevista concedida al diario El Mundo en agosto de 2015—.

No era para menos: sus fotografías habían sido reproducidas en periódicos de medio mundo y eran las que habían marcado el comienzo de la iconografía o mitología de Puerto Hurraco.

Los vecinos de la aldea, ni que decir tiene, vivieron aquellas semanas en torno al juicio con tanta intranquilidad como resignación.

De nuevo, su población volvía a situarse en el foco de la opinión pública, y de nuevo desfilaron por sus calles docenas de periodistas que —como el propio Brígido — iban a la caza de imágenes o testimonios con los que completar sus informaciones.

El que fuera alcalde pedáneo de Puerto Hurraco la noche de la matanza, Braulio Nogales, expresaría el sentir de sus vecinos en esos días en unas declaraciones recogidas en el diario Hoy el 15 de enero: «¿A qué vienen tantas cámaras de televisión, a qué tanto flash de los fotógrafos, a qué tanta pregunta en busca de emociones fuertes? ».

Otra fotografía impactante —o al menos curiosa— fue la elegida por el diario La Vanguardia el domingo 16 de enero para informar del inicio del juicio al día siguiente.

Se trataba de una estampa típicamente costumbrista: la matanza y el despiece de un cerdo sobre una mesa, en una de las calles de la aldea.

La imagen nada tendría de particular de haber sido tomada en cualquier otra parte, pero no había sido tomada en otra parte, sino allí mismo, en Puerto Hurraco, y por este motivo adquiría un sentido especial, profundo, incluso macabro.

Sobre todo al leer el titular que acompañaba la noticia: «La memoria aún sangra».

Para los vecinos, sin embargo, la noticia ya no estaba en su aldea.

De hecho, solo tres de ellos estaban llamados a declarar en el juicio —la mayoría de los testigos de la matanza, aun siendo oriundos de Puerto Hurraco, residían en el País Vasco—.

La noticia estaba en la capital de la provincia, Badajoz, a ciento cincuenta kilómetros de allí.

La Delegación del Gobierno en Extremadura se encargaría de garantizar la seguridad durante la celebración del juicio.

Movilizó un buen número de agentes de la Policía Nacional tanto de uniforme como de paisano, y estableció dos controles policiales, uno a las puertas de la Audiencia —ubicada en la avenida de Cristóbal Colón de Badajoz— y otro en el interior del edificio.

Evidentemente, se temía por la seguridad de los hermanos Izquierdo, pero también por la de sus hermanas, quienes estaban llamadas a declarar en aquella primera jornada y quienes, pese a haber sido absueltas, todavía eran vistas por casi todos como las verdaderas causantes de la matanza.

Horas antes del inicio del juicio, ya había apostadas en las calles aledañas varias furgonetas de los informativos de televisión.

Y según se fue acercando la hora señalada, las diez y cuarto de la mañana, la afluencia de periodistas y curiosos fue aumentando.

La sala de vistas tenía un aforo bastante limitado, apenas cien personas, y, pese a que se permitió a la gente apiñarse en los pasillos laterales —se trataba de una audiencia pública y por tanto cualquiera tenía derecho a asistir—, fueron muchos los que se quedaron fuera y tuvieron que conformarse con seguir el acto desde el vestíbulo.

Con la llegada de los hermanos Izquierdo se produjo el primer momento de conmoción general entre el gentío que había dentro y fuera de la Audiencia.

Llegaron ambos en un mismo furgón policial que los dejó en las puertas del edificio, se apearon y caminaron esposados hasta el interior, rodeados por una docena de agentes, aparentemente tranquilos y sin detenerse a hacer ninguna declaración a los micrófonos de los periodistas.

Los dos vestían el mismo atuendo que hacía un año y medio, en noviembre de 1992, cuando concedieron desde la prisión de Córdoba su entrevista para televisión: Emilio, un traje negro —o de un azul tan oscuro que parecía negro— con chaleco del mismo color y camisa blanca; Antonio, un traje gris muy claro —incluso celeste—, también con camisa blanca y un chaleco o chaqueta interior de color verde oliva.

Este lucía además —no lo había hecho en la entrevista— unas ostentosas gafas de pasta de color rojo que le cubrían gran parte del rostro y disimulaban —o corregían— el estrabismo de su ojo derecho.

A algunos, sin embargo, lo que más les llamó la atención de su indumentaria fueron sus calcetines blancos, que contrastaban con sus zapatos negros y relucientes.

Ese detalle, que combinaran calcetines blancos con traje y calzado oscuro, parecía probar que los Izquierdo eran realmente dos aldeanos sin ninguna idea sobre modas o etiquetas.

El traje, por esto mismo, no les daba un aspecto del todo formal, sino que les caía impostado, casi como un disfraz.

«Los zapatos negros, nuevos, que brillaban, y los calcetines blancos, impolutos, casi fosforescentes, eran la única nota de inocencia de los acusados», se comentaría al día siguiente en una crónica del diario El País .

También ese mismo día, en El País , la periodista Maruja Torres describió así el vestuario de los Izquierdo: «Vestidos con trajes pasados de moda —gris claro Antonio, azul marino Emilio—, con los pantalones algo cortos dejando ver impolutos calcetines blancos y zapatos negros nuevos».

Minutos después de la llegada de los Izquierdo, aparecía otro convoy policial, y cualquier despistado hubiera podido pensar —por el despliegue de seguridad y el interés de la multitud que se agolpaba tras las vallas— que se trataba de otro par de acusados.

En realidad, quienes llegaban entonces eran tan solo dos testigos, dos personas a quienes la Justicia había descargado de cualquier culpa.

Eran Luciana y Ángela Izquierdo, a las que traían directas desde el hospital psiquiátrico de Mérida.

Las hermanas, como en el célebre viaje en tren hasta Badajoz, iban vestidas de manera idéntica, solo que esta vez habían abandonado el luto y vestían ambas una sencilla chaqueta de hilo de color beis con falda oscura.

La menor de las hermanas, Ángela, no había cambiado demasiado —tan solo llevaba el cabello algo más corto—; Luciana, sin embargo, estaba irreconocible: absolutamente nadie hubiera podido identificarla mirando las imágenes de hacía cuatro años.

Ya entonces, en 1990, cuando la grabaron viajando en el tren a Badajoz, no aparentaba ser una mujer de tan solo sesenta y dos años, sino de bastantes más; en 1994, tampoco aparentaba ser una mujer de sesenta y seis —recién alcanzada la edad de jubilación—, que es lo que era, sino una anciana próxima a los ochenta.

Durante la entrevista en el tren nocturno, en el semblante de Luciana uno podía intuir el odio rebosando en su gesto malhumorado, altivo, casi provocador; era, para muchos, la principal instigadora de la matanza, y su rostro de entonces se había convertido en poco menos que un símbolo de maldad, de inquina, de rencor.

Pero nada quedaba de ese rostro en enero de 1994.

La Luciana que acudió al juicio por la matanza no era ni la sombra de la anterior Luciana.

La que acudió al juicio era una anciana frágil, canija, que se movía con dificultad y que —al igual que su hermano Antonio— ocultaba buena parte de su cara con unas grandes gafas redondas.