Puerto Hurraco 9. Basura #4
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9. Basura #4

Cualquier espectador —hasta el que menos supiera del crimen— hubiera podido intuir que mentían.

No había el menor atisbo de sentimiento, y casi se podía percibir cómo ambos se contenían y se limitaban a decir lo que les tocaba decir.

Que vendían su mentira sin creérsela ellos mismos.

Que había algo extraño en la forma en que se expresaban, como si les costara interpretar el papel que pretendían interpretar.

Como si no alcanzaran a comprender en profundidad las emociones humanas y tan solo estuvieran intentando imitarlas.

Un rasgo este, por cierto, propio de algunas patologías mentales.

Propio de los psicópatas, en el sentido estrictamente clínico del término.

***

Como decía algunas páginas atrás, allá por el mes de agosto de 1992, el abogado de los hermanos Izquierdo, Javier Luna Guerrero, transmitió a la prensa que sus clientes estaban hartos de esperar a que se produjera el juicio: llevaban entonces dos años en prisión sin que hubieran sido condenados formalmente.

Sin embargo, a inicios del año siguiente, 1993, el propio Javier Luna Guerrero era señalado por la Audiencia Provincial de Badajoz como el causante de la demora en el juicio: al parecer, estaba ilocalizable, y no había modo de que informase de si deseaba practicar nuevas diligencias antes de la apertura de la fase oral del proceso judicial.

El abogado finalmente no fue localizado, si bien la Fiscalía sí que solicitó algunas diligencias de menor importancia —o no tanto, ya que entre ellas estaba valorar la evolución de algunos heridos para fijar la cuantía de su futura indemnización—, las cuales obligaron a que los más de mil folios del sumario fueran devueltos al Juzgado de Castuera, donde oficiaba otro nuevo juez —no ya el que había reemplazado a Casiano Rojas Pozo, sino un tercero— llamado José María Fernández Villalobos.

Este juez devolvió el sumario a la Audiencia Provincial en el mes de mayo, una vez concluidas las diligencias.

En junio, se comunicó a las partes —también, por fin, al abogado defensor— que la instrucción había terminado, y cada cual pudo emitir su calificación al respecto.

Así, en vista de la instrucción, la Fiscalía —representada por Antonio Sánchez Galante— solicitaba finalmente veinticinco años de prisión por cada asesinato, aunque con el atenuante de «trastorno mental»: en total, doscientos noventa y siete años de prisión para cada uno de los hermanos Izquierdo.

La acusación particular —representada por el abogado Vicente Gimeno Ferrera, contratado por Antonio Cabanillas Rivera— incrementaba hasta cinco años la solicitud de pena por cada fallecido, descartando el atenuante de «trastorno mental» y añadiendo, en cambio, los agravantes de «alevosía», «premeditación» y «nocturnidad».

Ya en esta discrepancia en la calificación por parte de la Fiscalía y la acusación particular se entreveía la principal cuestión a solventar en el juicio.

En realidad, tanto daba que a los Izquierdo se les condenara a doscientos o trescientos años —con nueve personas asesinadas, los agravantes de «alevosía, «premeditación» o «nocturnidad» se antojaban insustanciales—: lo único importante era si podía aplicárseles el atenuante de «trastorno mental» y si se podía ir más allá hasta el punto de declararles enfermos mentales y por tanto eximirles de toda responsabilidad.

El cierre definitivo de la instrucción y la petición de penas hizo que, hacia el 30 de julio de ese año 1993, el caso de Puerto Hurraco volviera a saltar a los medios nacionales.

Fue apenas un fogonazo, tras mucho tiempo sin que se produjeran noticias de alcance sobre el proceso.

Sin embargo, solo un mes después, el lunes 30 de agosto —coincidiendo casi con el tercer aniversario de la matanza—, se emitió en Televisión Española un episodio del programa Código Uno dedicado a Puerto Hurraco, el cual volvió a poner el asunto en el ojo de la opinión pública.

Código Uno era una especie de heredero audiovisual de la revista El Caso , un programa con reportajes, tertulias y entrevistas en torno a hechos criminales más o menos mediáticos.

Había comenzado a emitirse hacía unos cinco meses, y la matanza de Puerto Hurraco era uno de los sucesos que inevitablemente habría de aparecer en el programa.

Y más aún cuando solo unas semanas atrás se había terminado la instrucción del caso.

Ni que decir tiene que, ya a esas alturas, agosto de 1993, la sociedad española había contemplado el rostro abyecto del peor periodismo a raíz del crimen de las niñas de Alcácer; la gente observaba con una mirada más crítica contenidos como los del citado programa, simple telebasura sensacionalista camuflada de periodismo.

En el episodio dedicado a Puerto Hurraco, que contó con la presencia de los abogados acusadores y del abogado defensor Javier Luna Guerrero, intervino también la periodista y escritora Margarita Landi, que seguía empeñada en difundir la idea de que el crimen tenía su origen en el despecho de Luciana Izquierdo al ser abandonada por su amante Amadeo Cabanillas treinta años atrás.

Una teoría que, por supuesto, ya había plasmado por escrito en su libro Crímenes inolvidables de 1991, donde, recordemos, además de ensañarse con las hermanas Izquierdo —dos enfermas mentales que luego serían declaradas inocentes—, también relacionaba el crimen con la influencia de la luna.

Lo mismo que la entrevista emitida en Antena 3 casi un año antes, el programa no aportaba nada nuevo.

Fue algo así como una puesta en común de todas las informaciones conocidas por el público hasta ese momento.

Si acaso, se podría considerar como una especie de versión adelantada y resumida del juicio, dado que todas las partes del proceso pudieron exponer sus conclusiones.

Y también, lo mismo que la entrevista, no tuvo mayor recorrido en los medios.

No generó apenas debate posterior, no se habló de ello ni siquiera en los diarios regionales.

Parecía claro que, en espera de que se produjera el juicio de verdad, la sociedad estaba saturada de todo lo que tuviera que ver con Puerto Hurraco y los Izquierdo.

Un apunte relevante: el periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte era entonces uno de los presentadores y directores de Código Uno .

Sin embargo, no aguantó mucho más en el puesto: en noviembre de 1993 —solo unos meses después de que se emitiera el programa dedicado a Puerto Hurraco—, anunció que abandonaba debido a que, según él, el contenido que se emitía era «basura», un gesto este que me parece sincero y honroso.

Pues eso, basura. Poco más se puede añadir.