Puerto Hurraco 9. Basura #3
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9. Basura #3

Los autores de ese relato, periodistas y escritores de renombre casi todos ellos, se recrearon en los aspectos más morbosos de la masacre, mostrando las lágrimas y los gritos de dolor de los familiares, incluso en sus espacios más íntimos, como el interior de sus viviendas, e identificaron a sus autores, los hermanos Izquierdo, como dos representantes de la España negra, una etiqueta que, por extensión, colgaron a todos los habitantes de Puerto Hurraco, de Extremadura o hasta de cualquier otra zona rural.

Por descontado, no se respetó ni la presunción de inocencia en el caso de Luciana y Ángela —que efectivamente serían declaradas inocentes—, ni mucho menos se tuvo compasión de ellas por tratarse de dos enfermas mentales.

Y también, por supuesto, se obviaron o minimizaron cuestiones incómodas o que pudieran entrar en conflicto con aquello que se buscaba transmitir: por ejemplo, que la madre de los Izquierdo había sido cruelmente asesinada en un incendio, o que en 1988 la familia rival de los Izquierdo, los Cabanillas, también había disparado y herido a un vecino de Puerto Hurraco.

En el tratamiento periodístico de la matanza de Puerto Hurraco primó el amarillismo, no tanto como sucedería más tarde con el crimen de las niñas de Alcácer, pero la semilla de la indignidad ya estaba plantada y germinando en aquel año 1990.

Se trató de dos hechos horrorosos, los cuales fueron transmitidos al público de una manera igualmente horrorosa, carente de cualquier noción de ética periodística.

O en ocasiones hasta de la más básica noción de humanidad.

***

La entrevista en prisión a los hermanos Izquierdo se emitió —como comentaba unas páginas atrás— la tarde del viernes 13 de noviembre de 1992, en el telediario de Antena 3 presentado por Olga Viza. Fue la misma tarde en que se produjo la desaparición de las niñas de Alcácer.

Este fue posiblemente el principal motivo por el que la entrevista no tuvo mayor recorrido ni en la prensa ni entre el público en general: ante la súbita desaparición de las tres niñas, ¿qué importancia podía tener que los hermanos Izquierdo realizaran frente a una cámara de televisión unas declaraciones que no aportaban nada nuevo?

La matanza de Puerto Hurraco, para entendernos, era agua pasada.

Y los asesinos eran dos aldeanos con pocas luces y con posibles trastornos mentales, es decir, ni siquiera parecían personajes interesantes, más allá de la caricatura.

Sin embargo, si algo puso de manifiesto la entrevista fue precisamente lo contrario: los Izquierdo no eran ninguna caricatura.

Podían tener pocas luces, pero las que tenían les bastaban para seguir a rajatabla una estrategia de defensa muy precisa, que podía haber sido propuesta por su abogado o haber sido impuesta por ellos mismos: la estrategia era intentar que el menor de los hermanos, Antonio, fuera exonerado del crimen, y que el mayor, Emilio, al reconocer que cometió el crimen en un brote de locura, cargara con toda la culpa.

El problema era que, por la gran cantidad de testigos y pruebas que incriminaban a Antonio, esa estrategia pasaba por mentir con descaro.

Y mentir con descaro delante de una cámara de televisión —al igual que lo harían más adelante en el juicio— implicaba un aplomo que chocaba con la visión estereotipada que se había transmitido de los hermanos hasta entonces.

Me refiero a que estos dos hombres no podían ser dos brutos sin voluntad, prácticamente controlados por sus hermanas, y a la vez ser dos sujetos capaces de plantarse ante una cámara —o ante un tribunal— y soltar una retahíla de falsedades para intentar salvarse —o para salvar al menos a uno de ellos—.

De nuevo, el relato sobre la matanza y sus autores construido por los medios demostraba ser inexacto.

Los Izquierdo no eran dos genios, claro que no —y aún estaba por ver si sufrían o no algún trastorno mental—, pero si algo quedaba claro con la entrevista era que no eran tan idiotas como se los había pintado.

Y lo que también quedaba claro era que el arrepentimiento que decían sentir, si acaso tenía algo de sincero, pesaba menos que su voluntad de salvarse usando todos los resortes legales posibles, y eso pese a que en la entrevista Emilio llegó a declarar que «estaría dispuesto a dar su vida si pudiera devolver las que arrebató».

Esos resortes legales los habrían conocido a través de su abogado, Javier Luna Guerrero, por supuesto, pero al cabo eran ellos dos, los hermanos, quienes debían ponerlos en práctica.

Emilio debía confesarse autor del crimen y presentarse como un enfermo mental —crónico o transitorio—, y Antonio debía confesar…

¿qué exactamente? ¿Que él también era un enfermo mental y que había estado esa noche en Puerto Hurraco acompañando a su hermano, que había viajado con él en la furgoneta y había cargado también su escopeta, pero que luego no la había disparado y había asistido a la matanza como un testigo más?

Era evidente que esta versión no se sostenía por ninguna parte, de ahí que haya que suponer que fueron ellos mismos quienes impusieron al abogado la obligación de transmitirla.

No creo que ningún abogado competente pudiera elaborar una estrategia de defensa tan endeble.

Cosa distinta era el otro argumento —la otra pata— en que se cimentaba la defensa: el de la enfermedad mental de Emilio.

Ese argumento sí podía prosperar. Pero claro, para que prosperara había que incluir a Antonio también como enfermo mental, y eso generaba una contradicción.

Me refiero a que, para el tribunal —como para todo el mundo—, no habría dudas de que los Izquierdo eran culpables de la matanza, y lo máximo a lo que podía aspirar cualquier abogado era a que sus defendidos fueran declarados inimputables por su condición mental.

Pero esto no podría conseguirse si los hermanos insistían en que solo uno de ellos era el culpable.

Si mentían abiertamente o retorcían la realidad para intentar salvarse, ¿cómo iba nadie a considerarlos enfermos mentales?

Si ambos hermanos hubieran reconocido ser los culpables y se hubieran mostrado arrepentidos, a su abogado le hubiera resultado mucho más sencillo presentarlos como enfermos mentales: a fin de cuentas, sus hermanas estaban internadas en un centro psiquiátrico, precisamente en el mismo en el que había estaba ingresado —y donde había muerto— el tercer hermano, Jerónimo.

Por tanto, existían antecedentes más que sobrados de trastornos mentales en la familia.

Y considerando la propia naturaleza del crimen que habían cometido, ¿quién hubiera podido negarles su condición de enfermos, si no se hubieran empeñado en sostener con mentiras una versión absurda de lo sucedido?

Sin embargo, los Izquierdo que concedieron la entrevista en prisión no aparentaban ser enfermos mentales. Aparentaban ser dos sujetos quizá no muy inteligentes, pero sí lo bastante lúcidos como para intentar colar una patraña al público:

P REGUNTA : ¿Qué espera usted del juicio que algún día deberá celebrarse por el asesinato de nueve personas?

A NTONIO : Yo espero que me den la libertad en el juicio.

P REGUNTA : ¿Por qué?

A NTONIO : Porque como yo no he hecho nada...

P REGUNTA : ¿Quién lo hizo, entonces?

A NTONIO : Mi hermano.

P REGUNTA : ¿Fue usted, Emilio?

E MILIO : Por lo visto... Según... Fui yo, sí, señor.

[...]

P REGUNTA : ¿Qué explicación puede haber para que ustedes un buen día aparezcan en Puerto Hurraco con unas escopetas disparando a todo el que se movía?

E MILIO : Mire usted, yo no lo sé.

P REGUNTA : ¿Usted ve normal coger una escopeta y liarse a tiros con...?

E MILIO : Mire usted, no lo veo normal... Pero ya le he dicho que eso puede pasar en un momento de locura que no sepa uno lo que hace.

A NTONIO : Como lo de mi madre también nos afectó mucho a lo mejor se ha ido uno de la cabeza pensando en eso o algo…

Más que por las respuestas que dieron, insinceras y seguramente ensayadas, la entrevista tenía valor por ser la primera vez en que los hermanos Izquierdo aparecían ante la gente aseados, arreglados, y en un entorno tranquilo.

Hasta entonces, tan solo se les había podido ver entrando o saliendo precipitadamente de los juzgados, ataviados con la misma ropa con la que cometieron el crimen, o con alguna camiseta o camisa informal.

En esta entrevista, en cambio, los dos iban bien afeitados y vestían traje —gris claro Antonio; negro con chaleco Emilio— y camisa abotonada hasta el cuello, sin corbata, lo que les daba un aire casi sacerdotal.

En el momento de la entrevista, Emilio había cumplido o estaba a punto de cumplir sesenta años; Antonio, cincuenta y seis.

Este último, sin embargo, parecía bastante mayor que su hermano.

En realidad, los dos no parecían sino dos ancianos.

Nadie hubiera dicho que aún les faltaban algunos años para alcanzar la edad de jubilación.

Que, a pesar de sus rostros arrugados, de sus orejas grandes y caídas, de la boca desdentada de Antonio o del entrecejo agreste de Emilio, eran dos hombres que podrían estar ejerciendo de padres y no de abuelos, en el caso de haber tenido hijos.

Pero ni Emilio ni Antonio transmitían nada de la ternura propia de los abuelos —tal vez porque, como digo, ni siquiera eran ancianos—.

De hecho, no lograban transmitir ninguna emoción.

Antonio afirmaba con rotundidad que él no había hecho nada y que el culpable era su hermano Emilio mientras se volvía a mirar a este con su único ojo bueno —recordemos que era bizco y que según algunos así lo apodaban sus vecinos—; a continuación, Emilio reconocía ser el autor del crimen, aunque con algún titubeo: «Por lo visto… Según… Fui yo, sí señor».