Puerto Hurraco 9. Basura #2
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9. Basura #2

Si la entrevista fue acogida con desinterés pudo ser por dos motivos.

El primero, el propio contenido de la entrevista, al que luego me referiré en profundidad, pero que ya adelanto que no aportó ningún detalle desconocido ni sorprendente respecto a la matanza —todo estaba ya más que claro; los medios llevaban ya dos años hablando de Puerto Hurraco—.

El segundo, que esa misma noche, la del viernes 13 de noviembre de 1992, se produjo otro suceso que acaparó casi totalmente la atención del mundillo del periodismo de sucesos, y del público español en general: la desaparición de tres niñas de entre catorce y quince años, Míriam, Toñi y Desirée, mientras se dirigían haciendo autoestop desde el municipio en el que residían, Alcácer, hasta una discoteca de una localidad cercana.

La desaparición de las niñas de Alcácer —o Alcàsser— ocurrió, efectivamente, el mismo día en que se emitió la entrevista en prisión a los hermanos Izquierdo.

La entrevista, por supuesto, quedó opacada, arrinconada ante lo que ya se intuía que podía ser un hecho criminal de tanto o mayor calado que la propia carnicería de Puerto Hurraco.

Sin ir más lejos, en las siguientes semanas, en el diario extremeño Hoy se publicaron cerca de una docena de noticias y artículos relacionados con la desaparición de las niñas, algunos a página completa.

Y por descontado, lo mismo sucedió en la prensa nacional y en los informativos de radio y televisión.

El caso de las niñas de Alcácer fue apropiándose de todos los espacios de la actualidad de sucesos, lo que resultaba lógico y justificado: tres menores de familias de clase media, sin vínculos con los bajos fondos ni con el narcotráfico, ni con nada semejante, habían desaparecido sin dejar rastro al dirigirse a una discoteca donde se celebraba una fiesta de su instituto; habían desaparecido además a última hora de la tarde, no de madrugada —la discoteca cerraba a las diez—, o sea, a una hora a la que todavía había comercios abiertos y movimiento en las calles, por lo que se antojaba aún más inexplicable que no se lograra averiguar qué había pasado con ellas.

Con el paso del tiempo, el suceso fue ganando aún más terreno en los medios mientras se iban multiplicando los avistamientos de las niñas en distintos puntos de España y las especulaciones sobre qué había podido sucederles: se hablaba de trata de blancas, y hasta había videntes ofreciendo hipótesis disparatadas sobre su situación y su paradero.

El programa de Televisión Española ¿Quién sabe dónde?

comenzó a tratar la desaparición allá por el mes de diciembre, sin que ningún espectador llamara posteriormente para ofrecer ninguna pista buena.

Y también a finales de ese mes —en Navidad— el mismísimo presidente del Gobierno, Felipe González, recibió en La Moncloa a los padres de las niñas.

No es exagerado afirmar que la desaparición de las niñas de Alcácer se convirtió en un fenómeno nacional mayor que la matanza de Puerto Hurraco.

La matanza tuvo un recorrido largo en la prensa —sobre todo con la búsqueda de las hermanas y su viaje en tren a Badajoz—, pero fue «de más a menos»: me refiero a que, una vez que se conocieron los detalles de la masacre y se identificó a los culpables y sus motivos, el caso dejó de tener un lugar preeminente en las cabeceras de los diarios, aunque de cuando en cuando continuaran publicándose nuevas informaciones.

Con la desaparición de las niñas ocurrió lo contrario: el caso había sido desde el comienzo una de las principales noticias en toda la prensa nacional, pero, lejos de perder relevancia, con el paso de las semanas la bola de nieve iba creciendo cada vez más.

Era algo muy similar, por cierto, a lo que había sucedido en 1924 con la desaparición de las tres niñas de la calle Hilarión Eslava de Madrid —un caso que traté en profundidad en mi anterior libro, El crimen de Malladas —.

También entonces, a raíz de la misteriosa desaparición de tres menores, la prensa de la época fue creando una especie de burbuja mediática donde cabían todo tipo de teorías disparatadas y relatos folletinescos —incluidas, de nuevo, videntes, que son una constante, o más bien una lacra, en la historia criminal española—.

Esa desaparición quedó oficialmente resuelta cuatro años después, en 1928, cuando los huesos de las niñas se hallaron enterrados en un solar cercano al lugar de donde desaparecieron.

Se determinó que habían caído en una especie de gruta subterránea producida por los movimientos de tierra para edificaciones que se habían hecho anteriormente en ese solar, es decir, se determinó que a las tres niñas de la calle Hilarión Eslava se las había tragado la tierra, una hipótesis que, por supuesto, no convenció a casi nadie.

Se trataba de un enclave que había sido rastreado a conciencia tras la desaparición y en el que nadie había percibido ningún signo que indicara un derrumbe de tierra o algo semejante.

Claro que, para cuando se descubrieron los cuerpos, España se encontraba todavía sometida a una dictadura filofascista, la de Miguel Primo de Rivera, en la que, de entrada, se debía cuestionar cualquier información proveniente de administraciones y medios controlados por el gobierno.

O sea, que la versión oficial podía ser tan cierta como cualquier otra.

Los cuerpos de las niñas de Alcácer aparecieron la mañana del 27 de enero de 1993, y tal y como había ocurrido en su día con las niñas de Hilarión Eslava, el hallazgo no puso fin a las especulaciones: al contrario, lejos de estallar, la burbuja mediática en torno al caso se hinchó aún más, hasta límites nunca antes vistos en la historia de nuestro país.

La razón de esto es evidente: el fenómeno de las niñas de Alcácer coincidió con el momento en que las televisiones privadas se asentaron definitivamente en España.

A la altura de 1990, cuando ocurrió la matanza de Puerto Hurraco, las cadenas privadas se encontraban aún en pañales: tanto Antena 3 como Telecinco o Canal Plus habían comenzado sus emisiones ese mismo año y no estaban en disposición de competir con el peso de Televisión Española ni de las cadenas públicas autonómicas —y pese a ello, recordemos, Antena 3 había conseguido grabar una entrevista con las hermanas Izquierdo en el interior del tren a Badajoz—.

A finales de 1992, sin embargo, la situación era muy distinta: las cadenas privadas ya tenían entidad y recursos suficientes como para marcar el ritmo de la actualidad.

Y la pugna por la audiencia televisiva finalmente creó una monstruosidad en torno a Alcácer.

No es este el lugar para ahondar en ello, pero la noche del 27 de enero de 1993 no solo se descubrieron los cuerpos de las niñas de Alcácer, sino que, para muchos, esa fecha supuso también el nacimiento de la telebasura con la cobertura que hicieron del hallazgo los medios televisivos, principalmente el programa De tú a tú de Antena 3, con su especial en el municipio donde se entrevistó a familiares de las víctimas.

Y más adelante, ya en 1997, con la teoría de que tras el crimen había una red de personajes poderosos aficionados a las películas snuff , difundida en el programa de Telecinco Esta noche cruzamos el Mississippi .

Como digo, no es este el lugar para ahondar en la cuestión.

El crimen de las niñas de Alcácer, por el estado en que se hallaron los cuerpos —las menores habían sido violadas y torturadas— y por el desarrollo de la investigación posterior —con la fuga al extranjero de uno de los autores, Antonio Anglés—, ofrecía elementos oscuros más que sobrados para, a partir de ellos, elaborar casi cualquier teoría de la conspiración imaginable.

Y así se hizo, hasta el punto de que todavía hoy buena parte de la población sigue convencida de que tras el crimen hubo más culpables que los dos delincuentes de poca monta a los que la Justicia señaló como tales.

La matanza de Puerto Hurraco, por el escaso margen que ofrecía para elucubraciones acerca de sus autores y sus motivos —aunque, como hemos visto, también se fantaseó con lunas de sangre o con amores frustrados entre familias enfrentadas— y por haber ocurrido en 1990, cuando en España las televisiones privadas aún no habían alcanzado el poder que tendrían más tarde, en 1992, se salvó de convertirse en el paradigma de la telebasura en España, como sí sucedería con el crimen de las niñas.

Pero ya en la cobertura de la matanza en la prensa se apreciaban las mismas actitudes nocivas que más tarde derivarían en el tratamiento mediático de la tragedia de Alcácer.

En los anteriores capítulos, he ido detallando cómo tras la matanza de Puerto Hurraco se construyó en los medios un relato de los hechos sensacionalista, simplista y maniqueo, que por otro lado era el relato que el público esperaba: el que deseaba creer y por el que estaba dispuesto a comprar periódicos o sentarse ante el televisor.