8. Inocentes #6
En la práctica, por tanto, no hubo ningún cambio respecto a la situación de las hermanas Izquierdo una vez que fueron declaradas inocentes.
Continuaron internas en el mismo centro psiquiátrico, y de ahí que no tuvieran ninguna oportunidad de defenderse de todos los insultos y las acusaciones que se habían vertido sobre ellas durante el anterior año y medio, o de todo lo que se seguiría vertiendo sobre ellas posteriormente.
No estaban en disposición de acudir a los tribunales, a pesar de que una buena parte de lo que se había publicado contra ellas eran calumnias e injurias denunciables ante la Justicia.
Cabría detenerse aquí a hacer otra reflexión.
Las hermanas Izquierdo eran dos mujeres desagradables —por lo que transmitían y lo que representaban—, y que fueran declaradas inocentes por la Audiencia Provincial de Badajoz en ningún caso iba a borrar la sospecha generalizada sobre su papel de instigadoras en la matanza de Puerto Hurraco.
Ahora bien, la Justicia había hablado, y no solo se trataba, por tanto, de dos mujeres inocentes, sino para colmo de dos enfermas mentales recluidas en un centro psiquiátrico, quienes, por este motivo, no tenían modo alguno de responder a nada de lo que se dijera sobre ellas.
Sus hermanos Emilio y Antonio eran unos asesinos, eso era evidente, pero ¿y si las hermanas Izquierdo, en lugar de dos ancianas feas, enlutadas y desequilibradas, hubieran sido dos señoras atractivas, elegantes y cuerdas?
¿Acaso alguien duda de que se las habría tratado de forma distinta?
¿Acaso se habrían dicho sobre ellas todas las cosas que se dijeron si, por ejemplo, hubieran contado con recursos para querellarse contra quienes las calumniaran o injuriaran?
Lo que se decía de ellas no suponía nada comparado con el dolor de quienes habían perdido a un familiar cercano, por supuesto que no.
Pero no se trataba de comparar lo uno con lo otro: desde que la Justicia decretó que eran inocentes de cualquier cargo, no cabía castigarlas a ellas por lo sucedido, así de simple.
¿Quién entendería o justificaría que se castigara a alguien por un delito cometido por su hermano?
En este caso, sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió.
Las hermanas fueron exculpadas por los jueces, pero condenadas socialmente.
Y a todo el mundo le pareció lo correcto.
Eran dos mujeres desagradables, sus hermanos habían asesinado a unas niñas, ¿qué más daba lo que se dijera de ellas?
¿Qué más daba que su madre hubiera sido también asesinada?
¿Qué más daba que fueran enfermas mentales?
¿Qué más daba que hubieran sido declaradas inocentes?
El público pedía carnaza, pedía morbo; el relato ya estaba escrito, y ellas iban a pasar el resto de sus días encerradas. ¿A quién le importaba lo más mínimo?
Ni siquiera se puede justificar la actuación de los medios respecto a Luciana y Ángela argumentando que la falta de profesionalidad o sensibilidad era la tónica general de aquella época, ya que en tiempos más recientes se siguió insistiendo en la misma idea: que las hermanas eran malvadas y fueron las instigadoras del crimen.
Por citar tan solo un ejemplo relevante, en el programa de Antena 3 El rastro del crimen se trató la matanza en un episodio emitido en diciembre de 2008, y allí se afirmaba que las hermanas «día tras día habían aleccionado a Emilio y Antonio» a cometer el crimen y que «el sentimiento de culpa se había instalado en ellas como una losa».
La periodista Montse Fajardo, en el documental Puerto Hurraco 202 emitido en La 2 de TVE en febrero de 2026 —que, como ya he dicho, me sorprendió cuando este libro estaba ya terminado y en fase de corrección editorial—, afirmaba que las hermanas habían recibido un tratamiento misógino.
Que eran los hermanos, los varones, los que habían cometido el crimen, y que sin embargo ellas, las mujeres, pese a no haber estado presentes en Puerto Hurraco aquella noche, y pese a haber sido declaradas inocentes, eran quienes habían recibido un peor trato por parte de la prensa y la sociedad.
Hasta donde yo sé, esta es la primera ocasión en que alguien reconoce públicamente que pudo haberse cometido un abuso con las hermanas Izquierdo —y no deja de ser significativo que ocurra en 2026, a los pocos meses de la publicación de este mismo libro; es como si por fin se hubiera derribado el muro que impedía ver y reflexionar con claridad sobre el asunto—.
Montse Fajardo lo achaca a la misoginia de la sociedad; yo, sin negarlo, creo más bien que lo que hizo la prensa fue distribuir los papeles de la manera más cómoda para el lector: Antonio y Emilio eran dos brutos casi sin voluntad, y Luciana y Ángela, dos brujas retorcidas y los cerebros de la matanza.
Sencillamente, no había lugar para matices ni complejidades.
No hay duda de que los hermanos Izquierdo representaban lo peor de la España negra.
Pero España negra también fueron todos aquellos que, con sus artículos, sus libros o sus intervenciones en radio y televisión, e ignorando cualquier mínima noción de decoro, honestidad, compasión o hasta de sentido común, contribuyeron a crear un relato simplista y sensacionalista sobre la matanza de Puerto Hurraco.
Las hermanas Izquierdo podían ser o no dos mujeres malvadas, dos mujeres retorcidas, dos mujeres odiosas, pero independientemente de la opinión que se quisiera tener de ellas, la Justicia dictaminó que eran dos enfermas mentales. Y que eran inocentes.