Puerto Hurraco 8. Inocentes #3
58%

8. Inocentes #3

Decidió ponerse en contacto con los responsables de Televisión Española para que le dieran la oportunidad, en cualquier informativo, de expresar sus disculpas hacia los hermanos Izquierdo, porque «ellos son víctimas como los muertos».

«Pensaba que si hacía público ese sentimiento que tenía de perdón hacia los agresores, los heridos se podían salvar».

Según se explicaba en la entrevista, Ángel Carrillo Dávila consiguió incluso que el entonces viceobispo de San Sebastián, José Antonio Pagola, intercediera por él y escribiera un artículo en El Diario Vasco defendiendo el derecho de Ángel a lanzar su mensaje de perdón a los asesinos en Televisión Española. Pero ni con esas logró su propósito.

La entrevista termina, por supuesto, informando de la publicación de sus libros:

Ángel ha lanzado una primera edición de mil ejemplares financiada por él mismo con un préstamo solicitado al banco.

«Una página de este libro recoge la sensación que me produjo el conocimiento del “accidente” ocurrido en Puerto Hurraco, y mi deseo de perdonar a los Izquierdo —dice Ángel Carrillo con emoción—.

He prometido que, si alguna editorial se encarga de financiar más ediciones de mi libro, voy a donar el cincuenta por ciento de las ganancias a los más necesitados».

El otro cincuenta por ciento de las ganancias, se entiende, se quedaría en sus bolsillos.

Sin embargo, ninguna editorial accedió a publicarlos.

Tal vez porque eran malos. O tal vez porque incluso las editoriales, lo mismo que Televisión Española, mostraron más escrúpulos que el propio escritor.

Porque empeñarse en aparecer en los medios a toda costa para perdonar a los asesinos de tu hermana y lucrarse promocionando unos libros hablando de la matanza, sin que los libros tuvieran relación con ella, debía de parecerles indigno hasta a los editores más aventurados de aquellos años.

Ángel Carrillo Dávila podía haber publicado su obra y haberla promocionado sin mencionar la matanza ni el asesinato de su hermana; del mismo modo, podía haber escrito un libro dedicado exclusivamente a la matanza, contando su experiencia y sus sensaciones, recordando a su hermana o a otras víctimas.

Ambas opciones hubieran resultado decentes.

Lo que no parecía tan correcto ni tan decente era tener unos libros escritos ya de antemano y aprovecharse de la tragedia para promocionarlos.

Y para colmo, lloriquear públicamente porque los medios de comunicación no le prestaran la atención que creía merecer.

Justo tras la masacre, recién asesinada su hermana y con otros parientes aún hospitalizados, este sujeto aspiraba a salir en televisión lanzando su mensaje de reconciliación.

Por lo que parecía, su perdón a los asesinos no era para él una cuestión íntima, relativa a su conciencia o su paz interior: lo que sentía era la necesidad de ponerse frente a las cámaras y los micrófonos para expresarlo.

Y como no lo logró, volvió a la carga al año siguiente reclamando atención por la autopublicación de sus libros de poemas y pensamientos, que ni siquiera trataban de las muertes.

Cada persona sobrelleva el duelo por la pérdida de un familiar como puede, pero el dolor no te otorga la razón ni te hace mejor persona.

Hay que respetar a quien ha sufrido una pérdida, pero no por ello debemos arrinconar nuestro juicio ni el sentido común a la hora de valorar ciertos comportamientos.

El propio Ángel Carrillo Dávila escribió una carta publicada en el diario Hoy el 30 de junio de 1991 en la que, tras formular de nuevo una queja por el tratamiento morboso de Televisión Española a la matanza de Puerto Hurraco —una queja con la que cualquiera podría estar de acuerdo—, añadía lo siguiente:

Ahora vuelvo a solicitar su colaboración [la de TVE]. No hay forma de comunicarse con alguna persona que pueda autorizarme a presentar un libro que he escrito. En ambas ocasiones —y a lo mejor estoy equivocado— la noticia no tiene morbo ni produce interés.

Solo alguien con un afán de protagonismo desmedido —o una percepción de la realidad alterada— podría considerarse merecedor de un espacio en televisión solo por haber escrito y haberse autoeditado un libro de poemas, sin exhibir otra credencial que ser pariente de una víctima de la matanza de Puerto Hurraco.

Ciertamente, los medios de comunicación se sirvieron del morbo para vender periódicos u obtener audiencia, pero este hombre desde luego no estaba en posición de recriminarles nada, toda vez que lo qué él hacía o pretendía hacer era de una bajeza moral similar o incluso peor.

***

En el apartado anterior he hablado de teatro y de poesía, pero en el verano de 1991 la manifestación cultural más relevante en torno al crimen fue una canción.

En concreto, una llamada «Tangos a Puerto Hurraco», compuesta e interpretada por un modesto cantautor de Santa Amalia, localidad cercana a Puerto Hurraco, llamado Víctor Vega.

Víctor Vega, de treinta y nueve años y yesista de profesión, era bastante conocido en la provincia, pero con escasa proyección en el resto de España.

Eso cambió, en parte, gracias a este tema.

En realidad, se trataba de un simple romance o copla de ciego, es decir, de una composición poética que narraba los episodios principales de la matanza y del proceso judicial que siguió, tal y como se venía haciendo en España desde hacía siglos con cada crimen de cierta notoriedad.

Ya a la altura de 1990, las coplas sobre crímenes eran una tradición casi perdida.

El sentido de esas coplas —cantadas por ciegos de pueblo en pueblo— había sido siempre entretener e informar sobre hechos truculentos a una población mayoritariamente analfabeta, pero esa función la cumplían ahora la radio y la televisión.

Pese a ello, «Tangos a Puerto Hurraco» fue un éxito rotundo, seguramente por la trascendencia de la matanza.

Me refiero a que no era una canción dedicada a un crimen cualquiera, sino a un acontecimiento que había conmocionado a toda la sociedad extremeña y española.

De nuevo, el morbo era el mejor acicate para llegar al público.

La canción en sí misma, sin embargo, no tenía mayor interés.

Se limitaba a resumir en versos octosílabos —el típico de los romances— las informaciones ya ofrecidas por la prensa y de sobra conocidas por quienes la escuchaban: «Ya comentan y comentan / no dejan de comentar / y a las hermanas Izquierdo / las llaman a declarar.

/ Y es Antonio Cabanillas / que allí se quiere vengar / saca un cuchillo muy grande / y a las dos las quiere matar.

/ Antonio, el Cabanillas / ya se encuentra en la prisión / por defender su familia / y una niña que es menor».

El casete con los «Tangos a Puerto Hurraco» fue comercializado con el título La tragedia de Puerto Hurraco poco después de ese verano de 1991 —en la cubierta, cómo no, la fotografía del arresto de Antonio Izquierdo hecha por el fotógrafo Brígido Fernández—.

La cinta se grabó en la modesta casa discográfica Dodo Records, radicada en el municipio también pacense de Puebla de la Calzada, y se lograron vender todas y cada una de las diez mil copias que se hicieron.

La mayoría, al parecer, fuera de Extremadura.

La carrera de Víctor Vega, eso sí, no logró despegar: el éxito de la cinta y la canción fue tan extraordinario como efímero —lo que se conoce en la industria como un one-hit wonder —.

Víctor Vega continuaría dando conciertos y participando en festivales de cante flamenco en Extremadura durante algunos años, para luego caer en el olvido.

También ese verano, a mediados de agosto, los hermanos Izquierdo fueron trasladados a la prisión de Córdoba como parte de un plan de Instituciones Penitenciarias que, al parecer, buscaba reconvertir la prisión de Badajoz en un centro de reclusión de presos de alta peligrosidad.

Los Izquierdo, se deducía, no eran considerados tal cosa, y de ahí que se los enviara a Córdoba, un cambio que, sin embargo, no alejaba a los hermanos de su hogar, sino que los acercaba: Monterrubio de la Serena se encontraba a unos ciento veinte kilómetros de Córdoba y a casi ciento ochenta de la capital provincial, Badajoz.

Ese traslado coincidió casi en el tiempo con el primer aniversario de la matanza, una efeméride que no pasó desapercibida a nadie.

En la mayoría de los medios mencionaron el aniversario, y algunos como el diario Hoy o la revista Interviú hasta publicaron crónicas con nuevos contenidos, tales como entrevistas o fotografías.

En el cementerio de Puerto Hurraco se celebró a su vez una misa en recuerdo de las víctimas a la que acudieron, de nuevo, varios cientos de personas.

Aunque estuvo oficiada por un párroco corriente, el de Monterrubio de la Serena.

En el diario Hoy —el domingo 25 de agosto de 1991— se apuntaba, por cierto, a cómo en el último año en Puerto Hurraco había crecido el sentimiento de sospecha en torno a la implicación de la tercera hermana Izquierdo, Emilia, quien —recordemos— había quedado en libertad y sin cargos tras ser interrogada por el juez de instrucción:

Liberada de responsabilidad, Emilia Izquierdo se ha apartado de todo. No ha vuelto a aparecer por aquel pueblo y sus propiedades están en venta. Quizá no ignora que se la sigue nombrando, que muchos la señalan como la que sigilosamente movió los hilos.

Más allá de informaciones como la anterior, que en el fondo no aportaban nada novedoso, lo que marcó ese primer aniversario de la matanza fue la carta que Emilio y Antonio escribieron en la cárcel de Córdoba y que enviaron a su abogado, Javier Luna Guerrero, para que este la diera a conocer a la opinión pública.