8. Inocentes #2
De hecho, esto mismo fue lo que dificultó que los Izquierdo pudieran encontrar de primeras un abogado: la presión mediática y social.
Pocos abogados querrían ejercer la defensa de unos asesinos en un asunto sobre el que la gente ya tenía una opinión más que formada.
Hacerlo era tanto como situarse en el foco —o en la picota— de la opinión pública.
Se trataba de ejercer de abogado del diablo de una manera casi literal.
Durante las primeras semanas, la defensa de los cuatro hermanos había recaído por el turno de oficio en un abogado de Castuera, Miguel Núñez Moto.
Tras el auto de procesamiento, sin embargo, los acusados debían elegir a sus respectivos abogados defensores para el proceso; al no hacerlo, el Colegio de Abogados de Badajoz designó, en marzo de 1990, a dos letrados —uno para los hermanos, otro para las hermanas— para que lo hicieran de oficio.
Uno de ellos era el anterior, Miguel Núñez Moto; el otro, un abogado también de Castuera, Francisco Aragón Caballeros.
Los dos alegaron que el juicio por la matanza iba a celebrarse fuera del partido judicial de Castuera, donde ambos tenían sus despachos, y que por tanto no tenían la obligación de aceptar el encargo.
El Colegio de Abogados de Badajoz dio por buena la justificación de los castueranos para no participar en la causa y designó entonces a dos letrados de Badajoz como defensores de los Izquierdo: Javier Callejas Mora y Rafael Fernández de Soria —el primero para los hermanos y el segundo para las hermanas—.
Estos aceptaron e iniciaron su trabajo aun a sabiendas de lo delicado de su labor: «Los hermanos Izquierdo tienen una defensa difícil –declaraba Javier Callejas en el diario Hoy , el 4 de abril de 1991—, y como ciudadano pienso que no son personas normales al hacer lo que hicieron, pero buscaré en el sumario cualquier dato que me permita ejercer su defensa lo más eficazmente posible».
Sin embargo, el abogado no permanecería en la causa más que unos pocos días.
A finales de ese mismo mes de abril de 1991, se produjo el primer movimiento sorprendente por parte de los Izquierdo desde su entrada en prisión.
Los hermanos —que hasta entonces, aparentemente, no habían mostrado la menor preocupación por su defensa— designaron como abogado a un tal Javier Luna Guerrero, que no era extremeño, sino de Madrid, y que, a sus veintisiete años, contaba con apenas dos de carrera profesional.
No está claro cómo ni por qué los hermanos Izquierdo escogieron a ese abogado.
Según afirmó el propio Javier Luna Guerrero —en el diario Hoy , el 18 de abril de 1991—, este había entrado en contacto con ellos a través de otros presos de la cárcel de Badajoz, sin especificar si fue él mismo o si fueron los hermanos los que dieron el primer paso.
Afirmaba también que «los Izquierdo no querían abogados de Badajoz porque dicen que se portaron muy mal cuando su madre murió en el incendio de su casa».
La designación del nuevo abogado no tuvo cabida en los periódicos nacionales.
Según parecía, el proceso judicial por la matanza no resultaba de interés para el público general.
Aun así, se trataba de un giro fundamental en la deriva del proceso: los hermanos Izquierdo finalmente iban a estar asesorados.
La primera consecuencia de esto fue el retraso en los tiempos estimados por el juez Rojas para la instrucción.
El joven Javier Luna Guerrero, a quien cabía suponerle un cierto afán de medrar en la abogacía gracias a la plataforma que le otorgaba aquel trabajo, no conocía el caso más que de haber leído sobre él en la prensa y como es natural requirió de un plazo amplio de tiempo para empaparse de las más de mil páginas del sumario y para conocer mejor a sus defendidos.
Únicamente a los hermanos, ya que, pese a que había expresado su intención de defender también a las hermanas, estas —aisladas en el centro psiquiátrico de Mérida— no se manifestaron al respecto, por lo que su defensa continuó ejerciéndola el abogado del turno de oficio Rafael Fernández de Soria.
***
El verano de 1991 trajo algunas novedades. Lo primero es que, hacia finales de junio, el juez Casiano Rojas concluyó por fin con el sumario y un mes después, a principios de agosto, lo remitió a la Audiencia Provincial de Badajoz, donde tendría lugar el juicio.
En ese mes de junio, entre el 12 y el 16, se instaló en Puerto Hurraco una compañía de teatro itinerante financiada por la Junta de Extremadura en la que se ofrecían talleres de interpretación para niños y otras actividades, una iniciativa parecida en cierta manera a las Misiones Pedagógicas de la República en la década de 1930.
Su nombre era: «Campaña de promoción del teatro y la música en la Extremadura rural».
La compañía había pasado ya por docenas de pueblos de las dos provincias extremeñas, y en ese mes de junio, coincidiendo con la finalización del sumario del crimen, se detuvo en Puerto Hurraco.
Lo más probable es que la compañía o la Junta de Extremadura decidieran incluir Puerto Hurraco en la ruta precisamente a raíz de lo sucedido, quizá con la intención de aliviar en parte la tensión en la que todavía vivían sus habitantes, sobre todo los más pequeños.
La actividad principal tuvo lugar el sábado 15 de junio y consistió en que la compañía de teatro —llamada El Recreo— interpretara una versión del cuento La ratita pre su mida con los niños de la aldea, y partiendo de allí viajara esa misma noche hasta otras poblaciones de la comarca —Benquerencia de la Serena, La Nava, Helechal y Puerto Mejoral— en busca de un «novio» para la ratita, escogiéndolo entre varios niños de cada localidad.
Cabe suponer que el ambiente estaría todavía enrarecido y que la representación estaría cargada de emotividad: faltaban dos niñas, Encarna y Antonia Cabanillas Rivera, asesinadas a tiros hacía menos de un año.
Muchos de sus amigos y parientes, sobre todo los menores de edad como ellas, tuvieron que echarlas necesariamente de menos.
Aquel era el primer evento festivo en Puerto Hurraco en el verano posterior a la matanza; aquella era la primera noche en que los vecinos volvían a echarse a la calle para divertirse y festejar tras casi un año de duelo.
Y que ese evento estuviera dirigido sobre todo a los niños era bastante significativo.
No había derecho a que los niños de Puerto Hurraco ni los de otras localidades cercanas no pudieran pasar un buen rato.
Evadirse de lo sucedido. Recobrar la alegría y la normalidad perdidas.
Esa obra teatral no fue, sin embargo, la única propuesta cultural relacionada con Puerto Hurraco en aquel verano de 1991.
También en junio de ese año, un hombre llamado Ángel Carrillo Dávila, de cincuenta y cinco años, presentó un libro de poemas titulado Alborada de luz, amor y misterio y la segunda parte de este, titulada Diálogo con el pensamiento, la inteligencia y los sentimientos .
Ángel Carrillo Dávila, residente en San Sebastián, pero originario de la aldea, era hermano de Isabel Carrillo Dávila, la novena y última víctima asesinada en la matanza.
Los libros de Ángel Carrillo Dávila eran autopublicados y no tuvieron ninguna repercusión, más allá de las presentaciones que hizo en aquel verano en algunos pueblos de La Serena.
No eran libros dedicados a la matanza, sino compendios de poemas, relatos breves y aforismos escritos con anterioridad al suceso, si bien este se mencionaba en una página.
Al ser entrevistado por Diego Godoy Vances, el corresponsal del diario Hoy en Castuera —el 1 de julio de 1991—, Ángel explicaba así cómo había sido la búsqueda de financiación para sus libros:
He llamado a las puertas de TVE y se me han cerrado totalmente. Esos señores solo buscan en Puerto Hurraco lo que hay de morboso y sangriento. La expresión de los altos ideales, por lo visto, no es televisiva.
Ángel podía tener razón en que la televisión solo buscaba en Puerto Hurraco «lo que hay de morboso y sangriento», si bien probablemente no era esta la razón de que no le dieran un espacio en TVE.
Como tantos otros escritores, Ángel no parecía comprender que sus libros no interesaban a nadie, y que la poca atención que recibiría provenía precisamente del morbo de que él mismo fuera natural de Puerto Hurraco y hermano de una de las víctimas.
TVE no le dio un hueco, pero sí lo hicieron en la revista Interviú .
Fue un par de meses después, en una entrevista publicada el 9 de septiembre y firmada por el mismo periodista que se había colado en la casa de los hermanos Izquierdo en Monterrubio de la Serena, Pedro Avilés.
Este tituló la entrevista con un entrecomillado cuando menos provocador: «Perdono a los asesinos; son tan víctimas como los muertos», y la introducía sin hacer ninguna referencia a los libros del entrevistado:
Las lágrimas descienden por sus sonrosadas mejillas.
No es para menos; después de acudir a diferentes medios de comunicación para expresar sus sentimientos [...
] y de que en todos los sitios «me dieran con la puerta en las narices», al fin ha podido cumplir el deseo que, desde hacía un año, no le dejaba descansar: manifestar públicamente su perdón para Antonio y Emilio, los hermanos Izquierdo, que la noche del 26 de agosto ensangrentaron con nueve cadáveres la calle principal de la citada localidad pacense.
Cabe suponer que ni en TVE ni en otros medios dieron cabida a esta persona porque, ya de entrada, intuyeron sus intenciones: promocionar sus libros —recordemos, libros sin relación con la matanza— aprovechándose de la circunstancia de que su hermana fuera asesinada en Puerto Hurraco, propagando un pretendido mensaje de amor y perdón.
El mismo autor reconocía en la entrevista que solo unos días después del crimen: