Puerto Hurraco 7. Entierros #4
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7. Entierros #4

Andrés Ojeda Gallardo, Isabel Carrillo Dávila y Antonia Murillo Fernández fueron las únicas víctimas mortales no enterradas en el cementerio de Puerto Hurraco.

Antonia Murillo Fernández —que había fallecido la misma noche de la matanza al ser alcanzada por los disparos mientras viajaba como ocupante del coche conducido por Manuel Benítez Romero— fue inhumada en Zumaya el 29 de agosto.

Antonio Cabanillas Benítez, el joven de solo veintiséis años herido gravemente en la columna vertebral, permanecería hospitalizado en el Infanta Cristina de Badajoz hasta el 14 de septiembre, cuando se le trasladó al hospital Nuestra Señora de Aranzazu de San Sebastián y posteriormente al Hospital Nacional de Tetrapléjicos de Toledo.

Jamás se recuperaría de su lesión medular y no volvería a caminar.

Con Antonio Cabanillas Benítez viajaría hasta San Sebastián su madre, Felicitas Benítez Romero —el padre, Manuel Cabanillas Carrillo, había sido uno de los asesinados por los Izquierdo—. Felicitas también había resultado herida, pero de carácter leve, y solo pasó unos pocos días hospitalizada.

En cuanto a los dos guardias civiles heridos en el interior del coche patrulla, Juan Antonio Fernández Trejo, de treinta y un años, y Manuel Calero Márquez, de cuarenta y nueve, también recibirían el alta al poco tiempo.

Juan Antonio pasó una temporada en la UVI del Infanta Cristina de Badajoz, tras haberle sido extraída una posta del pulmón izquierdo, pero se recuperaría sin secuelas.

Manuel había sido alcanzado en la rodilla izquierda, pero su lesión ni siquiera requirió su traslado a Badajoz, así que pasó su breve periodo de hospitalización en el hospital de Don Benito-Villanueva de la Serena.

Mientras los heridos continuaban con su recuperación, los hermanos Izquierdo permanecían en prisión.

Al poco de su ingreso en el centro penitenciario de Badajoz se les trasladó desde el Módulo 6 al Módulo de Aislamiento, tras varios intentos de agresión por parte de otros presos.

El día 3 de septiembre fueron conducidos a los Juzgados de Badajoz, donde se les realizó un reconocimiento psiquiátrico, que determinó que no sufrían ningún trastorno mental y por tanto eran perfectamente imputables.

El forense que llevó a cabo ese reconocimiento, por cierto, era un joven llamado Guillermo Fernández Vara.

Por aquel entonces, Guillermo, natural de Olivenza, contaba apenas treinta y dos años y acababa de alcanzar el cargo de director del Instituto de Medicina Legal de Badajoz.

Todavía no había iniciado su carrera política, y nada hacía presagiar que, diecisiete años después, iba a convertirse en presidente de la Junta de Extremadura.

Con los dos hermanos en prisión y las dos hermanas internadas en un centro psiquiátrico, y en espera de que el proceso de instrucción fuera aclarando los detalles del suceso, al juez Casiano Rojas tan solo le restaba una única cuestión importante que determinar.

Y esta era la posible participación de Emilia, la tercera hermana Izquierdo, en la matanza.

***

Emilia Izquierdo Izquierdo ha sido hasta este momento la gran ausente de este libro.

Sin embargo, no lo fue para la prensa ni para la opinión pública: su papel en la matanza, así como su paradero en días posteriores, sí fue objeto de debate, aunque en general se la consideraba de manera muy distinta que a sus hermanas Luciana y Ángela.

Si la he relegado a un segundo plano hasta ahora ha sido sencillamente para no enredar aún más la madeja.

Aunque de cualquier modo ya está bastante enredada.

Emilia, como se comentó, era la única de los cinco hermanos Izquierdo que se había casado y había formado una familia.

Su esposo era un hombre llamado Leopoldo Sánchez Santos, apodado el Pillo, agricultor de profesión, y con él había tenido dos hijas llamadas Charo —Rosario— y Lola —Dolores—.

Ambas hijas eran ya mayores de edad: a la altura de 1990 Charo estaba casada y residía con su marido en Cabeza de Buey, donde trabajaba como enfermera en el ambulatorio; Lola, por su parte, estudiaba Relaciones Públicas en Madrid, donde además trabajaba como guía turística.

Emilia Izquierdo vivía en Puerto Hurraco junto a su esposo, y aunque al parecer sí que tenía trato con sus hermanos y hermanas, su relación con ellos era hasta cierto punto distante, aunque esto no quería decir necesariamente que se llevaran mal.

Ella no compartía con ellos cuatro la vivienda de Monterrubio de la Serena, ni tenía antecedentes de internamiento psiquiátrico o de enfrentamientos con la autoridad, y por ello resultaba lógico que los vecinos la distinguieran de los otros.

La opinión popular era que Luciana y Ángela habían ideado la matanza y Emilio y Antonio la habían perpetrado, mientras que a Emilia la exculpaban del suceso.

Aun así, era obvio que también Emilia y su esposo tendrían que declarar ante el juez Rojas.

Sin embargo, este no convocó al matrimonio justo tras la matanza: la cantidad de diligencias judiciales en esos días era tan grande que interrogar a la tercera de las hermanas Izquierdo y a su esposo, a los que nadie consideraba sospechosos y que no habían sido testigos oculares del crimen, no debía de suponer una prioridad para el juez.

Aunque esta tardanza fue precisamente la que provocó que comenzaran a circular los rumores y las conjeturas en torno a Emilia.

El juez Rojas finalmente llamó al matrimonio a declarar la mañana del miércoles 5 de septiembre, es decir, diez días después de la matanza. Para entonces, muchos medios habían especulado sobre el paradero de Emilia y sobre si esta no estaría oculta o huida, tal y como lo habían estado sus hermanas.

Por ejemplo, Ya , en su edición del 30 de agosto de 1990, publicaba un texto con el siguiente titular: «Una tercera hermana de los Izquierdo, ilocalizable».

Ese mismo día, el diario Hoy , en una información firmada por Pablo Sánchez y el mismísimo Diego Godoy Vances, el corresponsal de Castuera que dio el primer aviso de la matanza, señalaba que:

Algunos sectores vecinales habían intentado separar a Emilia de los otros cuatro hermanos, sin embargo, ayer saltó la sorpresa cuando el juez anunció que Emilia había desaparecido de su domicilio desde varios días atrás.

A diferencia de Luciana y Ángela, que en todo momento han estado bajo un discreto control policial, nadie conoce dónde está Emilia.

Informaciones llegadas hasta HOY señalan que Emilia Izquierdo ha sido vista en la comarca de La Serena.

Efectivamente, Emilia estaba en La Serena.

Se había marchado hasta Cabeza del Buey, donde residía su hija, para escapar de la presión que en aquellos días hubiera podido sentir de haberse quedado en Puerto Hurraco, por parte tanto de los vecinos como de la prensa.

Pero en ningún caso estaba ilocalizable.

Para empezar porque su marido, Leopoldo, no se había movido de Puerto Hurraco.

En el propio diario Hoy , el 1 de septiembre, afirmaba Diego Godoy Vances que:

Ante los rumores de que la primera [Emilia Izquierdo] se encontrara en paradero desconocido, el juez comunicaría la noche del jueves que se encuentra perfectamente localizada y en cualquier momento a disposición de la justicia.

Sin embargo, en esa misma información se añadía que:

Para Antonio Cabanillas, padre de las dos niñas muertas en el tiroteo del domingo y hermano de Amadeo, primer asesinado aquella tarde, [Emilia Izquierdo] es la principal instigadora.

«Ella es la que los informa y los incita», diría a la prensa el mismo día del sepelio de sus dos hijas.

Un punto que deberá ser aclarado es la coincidente desaparición de esta tercera hermana en los días de la masacre. ¿Casualidad? ¿Conocimiento de lo que iba a pasar…? Son incógnitas que podrían quedar aclaradas pronto.

Como se ha dicho, los vecinos de manera generalizada exculpaban a Emilia y la consideraban de modo distinto que a los demás hermanos.

A pesar de ello, Antonio Cabanillas Rivera, el rival de los Izquierdo, sostuvo desde el principio que también ella había tenido algo que ver con la matanza.

Y no solo eso, sino que era la principal instigadora.

Que el padre de las dos niñas asesinadas considerara que Emilia era quien había propiciado la matanza no era una cuestión baladí, por más que esa opinión no fuera compartida por la mayoría de los vecinos.

Así, el esposo de Emilia denunciaría que en esos días estaban llegando a la residencia de su hija en Cabeza del Buey, donde también estaba alojada Emilia, «amenazas de miembros de la familia Cabanillas contra sus dos hijas, Lola y Charo», según recogió El País el 3 de septiembre de 1990.

Un día antes, el 2 de septiembre, se había publicado en el diario El Mundo del Siglo Veintiuno una entrevista a Lola Sánchez Izquierdo, la hija de Emilia Izquierdo.

Lola, que entonces contaba diecinueve años, explicaba que: «Yo creo que [Emilio y Antonio Izquierdo] han sido incitados por mis dos tías, Luciana y Angelita.

Ellas están detrás de la masacre». Y añadía que:

Nosotros no tenemos nada que ver con la matanza.

Mi madre, por supuesto, tampoco. Quiero que quede muy claro.

Ninguno de nosotros tenemos ninguna culpa de lo que ha pasado.

Es más, no tenemos siquiera relación con mis tías y mis tíos.

Solo mi madre los veía muy de vez en cuando.

Son sus hermanos, pero había un distanciamiento absoluto.

Lola Sánchez Izquierdo insistía en que ella no perdonaría a sus tíos por lo sucedido: «Se han acabado para mí, hasta el extremo de que me avergüenzo de llevar el apellido Izquierdo».

También explicaba que su madre estaba en esos momentos en la cama, controlada mediante sedantes por su otra hija, Charo, la enfermera.