Puerto Hurraco 7. Entierros
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7. Entierros

ENTIERROS

Investigamos, hicimos las entrevistas de rigor y recabamos información contrastada sobre los porqués de aquella carnicería.

Entretanto veíamos llegar al resto de los buitres…

Los de El País , del ABC , del Ya , los de las revistas Época , Tiempo y Panorama (igualmente pertenecientes al grupo Zeta, como Interviú ), de TVE, de Euskal Telebista y, además, algún teutón de Bild-Zeitung , conocido periódico sensacionalista alemán.

Iban llegando al pueblo con cara de susto, como si desde cualquier ventana un desconocido fuese a sacar otra arma y liarse a tiros con ellos.

Honra a Avilés que se refiera a sí mismo y a los demás reporteros como «buitres».

Estas rapaces se alimentan de carne muerta, y eso mismo es lo que los había atraído a todos ellos a Puerto Hurraco.

Más allá de una historia que por supuesto era necesario contar —la de dos hermanos que la emprendieron a tiros con toda una aldea—, lo que buscaban los reporteros —y por ende sus superiores y el público lector— era la sangre, el dolor, el dramatismo. El morbo, ni más ni menos.

El propio Avilés cuenta en su libro cómo él engañó al resto de los reporteros, menos curtidos en aquellas lides, diciéndoles que, después de haber estado en su casa, los Cabanillas no estaban de humor para entrevistas.

En realidad él había acordado con la familia acudir a entrevistarlos allí mismo la noche anterior al entierro, es decir, la noche en que se estaba velando el cuerpo de una de las niñas, Encarna —la que había sido declarada muerta en el ambulatorio de Castuera—.

Pese a que Pedro habla de los ataúdes, en plural, el cuerpo de su hermana Antonia sería enviado desde el hospital de Don Benito - Villanueva de la Serena al día siguiente:

Cuando volvemos al velatorio, yo con un vaso de café en la mano, veo a mi compañero encaramado a una silla y sacando foto tras foto cenital de los ataúdes.

Luego, sin bajarse de su púlpito, pide que tanto el padre como la madre, como la única hermana que había quedado viva, se acerquen a los ataúdes.

Empiezan los gemidos, los llantos soterrados.

La escena me parece exquisitamente cruel.

Sé que las fotos van a ser realmente imponentes.

Y, lo mejor, nadie más que nosotros las tenemos. Y nadie más las va a tener.

Mi compañero se percata pronto de que aquellas personas piensan que estamos haciendo nuestro trabajo.

Buena gente impresionada por periodistas venidos de Madrid.

El que estuviésemos ahí supone para ellos el mismo trámite que debían haber pasado cuando el fotógrafo hizo el reportaje de la primera comunión de las que ahora están metidas en los ataúdes, pero esta vez para fotografiar el camino que emprenden hacia el otro mundo. [...]

Estamos felices. Somos los únicos en tener imágenes de las niñas en sus ataúdes.

—No parece que los buitrecitos tengan cojones de entrar en la casa mañana. Esperarán a que saquen los ataúdes a la calle para el entierro.

En realidad, según cuenta a continuación en su libro Pedro Avilés, el resto de los medios sí que consiguieron imágenes del ataúd al día siguiente, momentos antes del entierro, cuando otros reporteros accedieron a la casa de los Cabanillas, de tal modo que la revista Interviú no tuvo la exclusiva de esas imágenes.

Aun así, la anécdota que narra Pedro es bastante elocuente de cuál era el panorama en Puerto Hurraco en aquellos días, e incluso de cuál era el panorama general de la prensa en España en aquella época.

Él mismo reconoce que meterse en la casa de las niñas asesinadas y pedir a sus padres y su hermana que posen con uno de los ataúdes es una escena «exquisitamente cruel», y que los familiares no se opusieron porque no debían de tener claro si era su deber permitir a los periodistas que tomaran esas fotografías.

Ya dije unos capítulos atrás que, tras cuatro décadas de censura estatal, la España de 1990 todavía estaba descubriendo —o redescubriendo— el concepto del sensacionalismo.

Durante el periodo de la Dictadura, la revista El Caso prácticamente poseía la exclusividad en ese terreno, pero con la llegada de la democracia el sensacionalismo se había extendido como una enfermedad a todos los medios, incluidos a los pretendidamente serios y prestigiosos.

Y aunque ya había algunas voces que alertaban de lo nocivo de esta actitud, no sería hasta el asesinato de las niñas de Alcácer dos años más tarde, en 1992, cuando, tras cruzarse todos los límites imaginables, finalmente la cobertura sensacionalista de determinados sucesos se convertiría en materia de debate en la opinión pública española.

Pero ese debate sobre el sensacionalismo aún no se había producido a la altura de 1990, de tal modo que, como cuenta Pedro Avilés en su libro, ni los propios familiares de las víctimas tenían conciencia de que se estuviera cometiendo un abuso al filmarlas en sus momentos de dolor más íntimos.

Entrar en una casa donde se estaban velando los ataúdes de dos niñas asesinadas y fotografiar un ataúd abierto, con los padres llorando al lado, no generaba apenas controversia.

Era la manera en que se hacían las cosas; la manera en la que entonces se ejercía el periodismo, tan sencillo como eso.

Por ello no cabe juzgar duramente a los reporteros de infantería, que se limitaban a hacer lo que se suponía que tenían que hacer.

A cumplir con su cometido. No era a ellos a quienes les correspondía reflexionar, sino a la sociedad en su conjunto.

Cuenta también en su libro Pedro Avilés que, al día siguiente, su compañero fotógrafo —José Montoro— y él no acudieron al entierro en el cementerio de Puerto Hurraco.

Y no lo hicieron porque se les ocurrió algo más interesante que hacer.

Desgraciadamente, se trataba de una ilegalidad.

Mientras que el resto de los reporteros se encontraba en el entierro, ellos dos decidieron trasladarse a Monterrubio de la Serena e intentar colarse en la vivienda de los Izquierdo.

En esa fecha, 28 de agosto, aún se desconocía el paradero de las hermanas Luciana y Ángela, pero se sabía que no estaban en esa casa —el número 26 de la avenida de la Constitución—, que además había sido ya registrada por la Guardia Civil.

Pedro Avilés y su compañero convencieron —embaucaron— a una vecina para que les permitiera saltar desde su patio al patio de los Izquierdo, y durante un buen rato se dedicaron a inspeccionar, a la luz de un mechero, todas las estancias:

Del salón, con puerta a la calle, sale a la derecha un pasillo distribuidor con dos habitaciones a derecha, un cuarto de baño a izquierda, y un dormitorio al fondo.

Todo está repleto de mariposas y velitas con estampitas de mártires y vírgenes de todo el santoral, asomando sus miradas desvaídas a través de los marcos de las puertas.

Desde la calle, los reporteros comenzaron pronto a oír un rumor de voces.

Había gente fuera de la casa: los vecinos de Monterrubio se habían percatado del allanamiento y estaban esperándolos.

Decidieron salir por donde habían entrado, pero fueron retenidos por un familiar de la vecina que les había dejado colarse.

A continuación, fueron detenidos y conducidos al ayuntamiento por la Policía Municipal.

Allí, mientras esperaban a que llegara la Guardia Civil para llevárselos, convencieron al agente que los custodiaba para que les permitiera salir un momento a tomar unas cañas; total, estaban identificados y no había riesgo de fuga.

Es entonces cuando los periodistas aprovecharon para ocultar los documentos que habían sustraído de la vivienda de los Izquierdo, una sustracción que les hubiera supuesto una condena mayor que la del simple allanamiento.

Esta vez Interviú sí que tendría la exclusiva: se trataba de los dos carnets de afiliados a la Agrupación Socialista de Monterrubio de la Serena de los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, fechados en 1986, y sobre los que ya me detuve a hablar en el capítulo anterior.

Con los carnets enterrados bajo un árbol, en espera de ser recuperados más tarde, la Guardia Civil los llevó finalmente detenidos al Juzgado de Instrucción de Castuera, donde el joven juez Casiano Rojas los interrogó y los puso en libertad con cargos.

Los carnets se los llevaron con los periodistas de vuelta a Madrid.

Para poder publicar una imagen de ellos sin consecuencias legales, usaron un truco muy sencillo, que fue inventarse que habían llegado a la redacción de Interviú en una carta anónima enviada desde Extremadura.

Y la carta se envió, en efecto, pero sin nada en su interior.

Pero a ojos de la Justicia, quien había cometido la ilegalidad había sido el desconocido remitente de esa carta.

El reportaje sobre Puerto Hurraco en Interviú se publicó unos días después, el 4 de septiembre.

El castigo a Pedro Avilés y su compañero por el allanamiento de la morada de los Izquierdo fue de dos meses de cárcel y una multa de doscientas mil pesetas a cada uno de ellos.

La revista pagó la multa y ninguno de los periodistas ingresó en prisión por ser una condena inferior a los seis meses.

***

El cadáver de Antonia Murillo Fernández, una de las siete víctimas mortales que hasta entonces dejaba la matanza, fue trasladado el martes 28 de agosto desde el hospital de Don Benito - Villanueva de la Serena hasta la localidad guipuzcoana de Zumaya, en cuyo cementerio se le dio sepultura al día siguiente.

A la vez que se llevaba a cabo ese traslado, en Puerto Hurraco se procedía con el entierro de otras cuatro víctimas mortales: las hermanas Antonia y Encarna Cabanillas Rivera, Manuel Cabanillas Carrillo y Reinaldo Benítez Romero.