Puerto Hurraco 6. Extrañas en un tren #6
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6. Extrañas en un tren #6

A GUSTÍN G ÓMEZ :¿Tienen ustedes miedo de que les puedan hacer algo los vecinos cuando vuelvan allí a la zona, a Monterrubio, a…?

L UCIANA I ZQUIERDO : Nosotras, mire usted, le he dicho que somos creyentes, y que se cumpla la voluntad de Dios.

Decía que el diálogo no tiene desperdicio porque en él se reflejaba absolutamente toda la esencia de las hermanas Izquierdo: parecían hablar la una a la vez que la otra, como si compartieran un solo cerebro; se mostraban a la vez apenadas y desafiantes, con la mayor, Luciana, llevando la voz cantante —siempre se dijo que tenía sometida a su hermana pequeña a su voluntad—; y pese a la matanza recién perpetrada, se obstinaban en hablar de su propio dolor, insistiendo siempre en lo sucedido con su madre seis años atrás.

Otros periodistas que compartieron el último tramo del viaje con ellas, a partir de las cinco y media de la mañana —una vez que se descubrió que iban de camino a Badajoz—, fueron Pablo Sánchez y Diego Godoy Vances, corresponsales del diario Hoy .

Estos tomaron el tren en una estación intermedia y publicaron sus impresiones dos días después, el 31 de agosto, en una crónica que tampoco tiene desperdicio y que creo que merece la pena ir desgranando y analizando poco a poco:

Respuestas incoherentes, frases sin sentido, llamaradas de cordura en un desierto. «No sabíamos que nuestros hermanos iban a hacer eso. ¿Cómo íbamos a saberlo si nosotras no estábamos allí? ¿O es que no podíamos ir a Puertollano al oculista?».

Según esto, Luciana y Ángela se declaraban inocentes: no sabían lo que iban a hacer Emilio y Antonio, no estaban allí y esgrimían su coartada del oculista en Puertollano.

Ya sabemos que esta era una coartada sólida —efectivamente, habían estado en Puertollano la noche del crimen—, pero no las eximiría en ningún caso de haber podido ser inductoras del crimen: era de lo único de lo que se las podía acusar.

Aun así, también intentaron mentir sobre su paso por Puertollano, acortándolo y afirmando que llevaban en Madrid desde el sábado.

Así lo publicó otro medio — El Mundo del Siglo Veintiuno , el día 30 de agosto de 1990—, cuyos reporteros las acompañaron igualmente en su viaje hasta Badajoz de aquella noche.

Pero ante los del diario Hoy ellas se defendían con vehemencia de la acusación de haber inducido a sus hermanos a nada:

¿Por qué han actuado así sus hermanos? Luciana responde: «Y yo qué sé, si ellos nunca han tenido conversación sobre esto». [...]

Sin embargo, a nadie se le escapan ya las incoherencias de su relato. Entre ellas la de que si habían ido al oculista a Puertollano, por qué se habían dirigido luego a Madrid la misma jornada en que sus hermanos fueron detenidos:

«¿Por qué se fueron a Madrid el día del crimen?» Luciana: «Ya lo he dicho». «No, no lo ha dicho». «Tengo bastante con el disgusto, no tengo ganas de hablar».

El asunto de los ruidos fue otro de los que los periodistas del diario Hoy trataron con las hermanas:

«¿No oyen los ruidos?», pregunta Luciana. «¿Qué ruido, señora?». «¿Esos ruidos que hacen personas especializadas para hacernos daño, y esos ruidos están en nuestra casa, también en Madrid y aquí, ahora en el tren, no puedo descansar nunca de ese ruido».

Y pese a lo que se pudiera pensar, las hermanas ni siquiera se abrieron a hablar al mencionárseles la muerte de su madre:

«¿Es cierto que mataron a su madre hace seis años?». «No me hable de mi madre, por favor».

Los periodistas del diario Hoy tampoco dejaron pasar la ocasión de preguntarles por una de las posibles causas del enfrentamiento de los Izquierdo con los Cabanillas: la frustrada relación amorosa entre la propia Luciana y Amadeo Cabanillas Rivera, en la década de 1950.

Pregunta a Luciana: «¿Es cierto que usted pretendió a Amadeo Cabanillas Rivera hace treinta años y de ahí partió buena parte del enfrentamiento actual entre las dos familias?

» «No, yo no me he querido casar nunca, soy contraria al matrimonio.

Si hubiera venido un ministro lo hubiera echado igual para atrás».

Como ya dijimos unos capítulos atrás, esta relación amorosa no ha sido nunca confirmada por ninguna de las familias.

Eso no quiere decir que no pueda haber existido, toda vez que ni a Luciana Izquierdo y ni mucho menos a Antonio Cabanillas Rivera, hermano de Amadeo, les hubiera convenido airearla.

Hay indicios de que ese amorío de juventud efectivamente se produjo: en las noticias sobre el asesinato de Amadeo Cabanillas Rivera allá por 1961 se hablaba de un «choque personal» entre las familias, lo que podía ser una referencia críptica a esa relación.

E igualmente, en la revista El Caso , en 1986 —cuatro años antes de la matanza—, al detallar el apuñalamiento de Jerónimo Izquierdo a Antonio Cabanillas Rivera, se mencionaba que en 1961 Amadeo había tenido «una pelea con su novia, familiar de los Izquierdo».

El amor truncado entre Amadeo Cabanillas Rivera y Luciana Izquierdo pudo estar, por tanto, en el origen de las hostilidades.

Sin embargo, no hay modo de confirmar si realmente esa relación se produjo, o ni siquiera cuál fue su naturaleza.

Pudo ser un simple escarceo amoroso, o incluso menos.

Hasta pudo ser un cruce de palabras, o de gestos, malinterpretado por alguna de las partes.

En todo caso, no parece que se tratara de una relación seria y sostenida en el tiempo: Luciana no tenía ningún vestido de boda criando polvo en su armario, como se mostraba en la película de Carlos Saura, El séptimo día .

Las hermanas llegaron a Badajoz la mañana del jueves 30 de agosto, sobre las nueve. En el andén las esperaban docenas de periodistas. En Badajoz, como comenté antes, fueron recogidas por policías, conducidas a comisaría y desde allí trasladadas a Castuera en un convoy policial.

Cabría preguntarse, claro está, por qué las autoridades no las trasladaron directamente en un automóvil desde Madrid a Castuera, lo que hubiera evitado el circo mediático en que se convirtió el trayecto en tren de las hermanas.

No cabe dudar de que se actuó de acuerdo a la ley, dado que no viajaron detenidas ni tenían limitada su libertad de movimiento, y por tanto nadie podía haberles impedido tomar el tren si esa era su voluntad.

Sin embargo, teniendo en cuenta que al llegar a Badajoz sí que fueron la Policía y la Guardia Civil las que se ocuparon de su traslado a Castuera, surge la duda de si acaso en Madrid lo que imperó fue mantener el acuerdo tácito con los medios de comunicación, garantizándoles el acceso a las dos mujeres para que fueran entrevistadas.

Es posible que no se calcularan bien las consecuencias de esa decisión: se pretendía un viaje discreto, con tan solo unos pocos periodistas como acompañantes, pero se debería haber previsto que la situación podía desmadrarse, tal y como finalmente sucedió.

De hecho, a su llegada a Castuera no solo había periodistas esperándolas. A punto estuvo de producirse un nuevo derramamiento de sangre.