Puerto Hurraco 6. Extrañas en un tren #5
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6. Extrañas en un tren #5

El director del espacio nocturno de Antena 3 Radio entre las diez y media y las doce, Hora cero , era José Luis Balbín Meana; posteriormente, entre las doce y las dos, era el turno de José María García y su mítico programa Supergarcía en la hora cero .

Durante la emisión de ambos, la cadena fue colando fragmentos de la entrevista enviados por vía telefónica en cada estación en que paraba el tren.

Ni que decir tiene, el revuelo fue mayúsculo: hubo agitación en todas las redacciones de prensa del país.

Antena 3 Radio había encontrado a las Izquierdo y las estaba entrevistando durante la noche, emitiendo pequeñas píldoras de la entrevista durante su programación.

Se trataba de una hazaña periodística de primer orden.

Las dos personas más buscadas en España en aquellos momentos habían sido localizadas, y no solo eso, sino que les habían colocado un micrófono y una cámara delante para que dijeran lo que tuvieran que decir.

Fernando Mas, periodista del diario El Mundo del Siglo Veintiuno , también iba en el tren, aunque, en virtud del pacto entre su periódico y Antena 3, su crónica del viaje no se publicaría hasta dos días después, el 31 de agosto.

En dicha crónica, titulada «Extrañas en un tren», Fernando recrearía lo surrealista de la situación durante las primeras horas de trayecto, cuando las hermanas viajaban en calma, acompañadas únicamente de los dos policías que las escoltaban y del pequeño grupo de periodistas que embarcó con ellas en Chamartín:

Las cortinas echadas. El camarote en penumbra. Como dos extrañas en la oscuridad. Ángela y Luciana Izquierdo apenas susurran algunas palabras [...]

Miran sorprendidas, recelosas y asustadas a los «intrusos» que las acompañarán en su vigilia durante toda la noche. [...]

El aire es irrespirable. El calor pegajoso. El vagón 111 va vacío. Solo está ocupado el compartimento número 5. Allí «viven» las hermanas, que regresan al hogar, al lugar de la tragedia. Donde la venganza de Puerto Hurraco las «espera».

Se sienten solas. Muertas. «Estamos muertas», claman. Apenas consiguen hilvanar algunas frases.

Durante las conexiones telefónicas, se puso cuidado en no revelar dónde se encontraban las dos mujeres.

La idea era completar el trayecto de Madrid a Badajoz en secreto, y que las hermanas pudieran trasladarse luego desde la capital provincial hasta Castuera con la mayor discreción.

Pero hubo un problema: de madrugada, una de las presentadoras de los boletines informativos de Antena 3 Radio dio paso a un fragmento de entrevista indicando que iban en un tren de camino a Extremadura.

Y naturalmente, el error no pasó desapercibido.

A causa de ese error, en una estación de la provincia de Badajoz, hacia las cinco y media, irrumpieron en el tren otros muchos periodistas, terminando con la tranquilidad con la que habían viajado Luciana y Ángela hasta entonces. Fernando Mas también recreó ese momento en su crónica:

Las puertas se abren y se rompen siete horas de silencio.

El compartimento número 5 se abre violentamente. Las hermanas Izquierdo, que intentaban conciliar el sueño, se sobresaltan. Los flashes comienzan a saltar. Uno, dos, tres magnetófonos las intimidan.

Luciana reacciona. «Váyanse», dice, mientras golpea uno de los casetes.

Sin embargo, poco a poco ella y su hermana comienzan, desde el principio, a relatar su historia.

A las seis y diez de la madrugada, cuando el viaje está a punto de acabar, las dos mujeres estallan.

Abrazadas, como para hacerse fuertes ante los «intrusos», Ángela y Luciana lloran. «Estamos muertas. Nuestra madre, nuestro hermano… Estamos muertas».

Hacia las nueve de la mañana, cuando el tren llegó a la estación de Badajoz, ya se había corrido la voz y había docenas de periodistas esperando.

El tren, para colmo, llegó con una hora de retraso por una avería a la altura de Montijo, lo que concedió aún mayor margen para que los medios enviaran a más reporteros.

A esas horas, la Policía y la Guardia Civil ya habían organizado un operativo para garantizar la seguridad de las dos mujeres, aunque no pudieron evitar que fueran asaltadas a preguntas nada más bajarse del tren.

No podían ser detenidas, pero tampoco cabía la posibilidad de abandonarlas a su suerte y que intentaran desplazarse por sí mismas hasta el Juzgado de Castuera: con la muchedumbre de periodistas congregada en torno a ellas, les resultaría imposible.

Y quién sabía si entre todas esas personas no podía colarse también alguien que quisiera tomarse la justicia por su mano y agredirlas.

Así, la Policía Nacional se hizo cargo de ellas y las sacó de la estación por un callejón lateral; desde allí, las condujeron a toda velocidad en un vehículo policial custodiado por motoristas hasta la comisaría de Badajoz.

Las hermanas Izquierdo permanecieron en la comisaría durante una hora aproximadamente, pero no en calidad de detenidas; quién sabía en calidad de qué.

En términos estrictamente legales, y aunque se tratara de las dos personas más buscadas —y temidas u odiadas— de España, no eran más que dos testigos llamados a declarar por un juzgado de instrucción.

De la comisaría las sacaron en un Opel Kadett color blanco acompañado de un coche patrulla, y el convoy enfiló una calle en dirección prohibida hasta incorporarse a la Nacional V.

La maniobra consiguió despistar a todos los periodistas reunidos frente al edificio, salvo a los del diario Hoy , que quizá por conocer mejor las calles de la ciudad de Badajoz consiguieron seguirles la pista en su propio vehículo, y acompañaron al convoy durante el trayecto de más de dos horas desde Badajoz hasta Castuera.

***

Cuando alguien piensa en la matanza de Puerto Hurraco, hay varias imágenes que se vienen a la cabeza. Una de ellas es sin duda la de Luciana y Ángela Izquierdo dentro del vagón del tren que las llevaba de Madrid a Badajoz.

Si dos días antes la sociedad española había podido observar por primera vez el aspecto de los asesinos, Emilio y Antonio Izquierdo, cuya apariencia se ajustaba perfectamente a cualquier prejuicio que se pudiera albergar sobre la gente de campo, al contemplar por primera vez a las hermanas la sensación general fue la misma, pero mucho más agudizada: estas, que en aquellos momentos solo tenían sesenta y tres —Luciana— y cuarenta y nueve años —Ángela—, aparentaban ser dos ancianas de no menos de setenta.

Al igual que sus hermanos, eran poco agraciadas físicamente, y se presentaron en sociedad luciendo ambas un atuendo idéntico: un vestido negro de botones y manga larga, medias también negras, con zapatos, bolsos y abanicos del mismo color.

Un luto riguroso que, por descontado, no vestían por las víctimas de la matanza cometida por sus hermanos, sino por la muerte de su madre seis años atrás.

Las dos mujeres parecían ser la personificación de lo peor de la España negra: dos ancianas enlutadas y plañideras, rebosantes de rencor, que balbucían frases sin apenas sentido e invocaban continuamente a Dios.

Eran dos brujas malvadas, embusteras y victimistas: como tales las habían pintado en la prensa, y su aspecto y su discurso durante la entrevista en el tren vinieron a refrendar ese retrato.

Así las definió, por ejemplo, Sebastián Cuevas en su crónica de ese mismo viaje en tren para el diario El Mundo del Siglo Veintiuno , publicada el 30 de agosto de 1990:

Yermas ya muchos años. Secas, como las mujeres enlutadas de los dramas lorquianos. Cuando se les acartonaron los caños de la leche y se acabaron las lunas, con el puerperio, la soledad de las dehesas se les metió en los sesos y en el vientre llenándolas de rencor.

El periodista Agustín Gómez, por su parte, lucía joven y lúcido, y vestía una camisa blanca de manga corta con pantalón claro y corbata azul.

El contraste entre él y las hermanas Izquierdo no podía ser mayor: era como un encuentro entre dos épocas, entre dos Españas, la rancia y la moderna.

Y se diría que ninguna de las partes comprendía plenamente a la otra.

Una de las primeras preguntas que Agustín les hizo fue la que cabía esperar. El diálogo que siguió no tiene desperdicio, pese a que en la transcripción se pierde buena parte del sentido que transmitían estas con sus gestos y su tono de voz:

A GUSTÍN G ÓMEZ : ¿Saben ustedes que han matado a siete personas y hay otras diez heridas, entre ellos un niño de ocho años?

L UCIANA I ZQUIERDO [entre gemidos de su hermana Ángela]: He llorado por mis hermanos y he llorado por las personas que han muerto…

A GUSTÍN G ÓMEZ : Muchas personas las acusan a ustedes…

L UCIANA I ZQUIERDO : Yo no soy rencorosa, yo no quiero que muera nadie…

A GUSTÍN G ÓMEZ : Digo que muchos vecinos las acusan a ustedes de ser las verdaderas culpables de lo que ha sucedido…

Á NGELA I ZQUIERDO : Madre mía…

L UCIANA I ZQUIERDO : Que lo digan delante de mí.

Á NGELA I ZQUIERDO : Que lo digan delante de nosotros, si se atreven. Que lo digan delante de nosotros.

L UCIANA I ZQUIERDO : Que lo digan delante de mi hermano… Con lo de mi hermano, con lo que hemos sufrido nosotros por mi madre, que Dios y nosotros lo sabe. No hemos respirado siquiera para no [ininteligible], mire usted…

A GUSTÍN G ÓMEZ : ¿Qué piensan hacer ahora?

L UCIANA I ZQUIERDO : Con lo que hemos sufrido.

A GUSTÍN G ÓMEZ : ¿Qué piensan hacer ahora, Luciana?

L UCIANA I ZQUIERDO : A ver, yo no sé, porque mire usted, porque aquí estos señores [la policía] nos han aconsejado que no vayamos por allí, donde hemos estado…

A GUSTÍN G ÓMEZ : Sí, en la comisaría.

L UCIANA I ZQUIERDO : Allí, donde entró usted también… Yo no sé porque ahora, está una, pues eso, con el dolor que tiene una está en eso, pensando en mis hermanos, pensando en el dolor que tiene una, pensando que estarán sufriendo ellos…

Á NGELA I ZQUIERDO : Uy, por Dios.

L UCIANA I ZQUIERDO : Y estamos que… Sin vida.