6. Extrañas en un tren #4
El funeral del lunes 27 fue multitudinario, como no podía ser menos.
A él acudieron alrededor de quinientas personas y estuvo oficiado por el obispo de Badajoz, Antonio Moreno Montero, quien protagonizó una escena especialmente emotiva —captada por la cámara del fotógrafo Alfonso Rodríguez, del diario Hoy — al consolar a la hija de la difunta Aracelis, llamada también Aracelis y con discapacidad mental.
Al entierro asistieron a su vez personalidades como el vicepresidente de la Junta de Extremadura, Antonio Ventura Díaz Díaz, o el delegado del Gobierno en la región, Juan Rodríguez Piqueras.
Pero, pese a este despliegue, la atención de la prensa estaba puesta en esos momentos en el Juzgado de Castuera, donde se encontraban declarando los hermanos Izquierdo.
El martes 28 de agosto, como también se ha dicho ya, las hermanas regresaron a La Moncloa, coincidiendo con la celebración del sepelio de las dos niñas asesinadas, Encarna y Antonia Cabanillas Rivera, así como los de Manuel Cabanillas Carrillo y Reinaldo Benítez Romero.
Más adelante me referiré a esos entierros.
El día 29, con la publicación en la prensa de las imágenes, los audios y los vídeos de los entierros de las niñas, la matanza de Puerto Hurraco se convirtió en poco menos que un fenómeno social, y el enigma alrededor de la implicación y el paradero de las hermanas Izquierdo alcanzó unas dimensiones imprevistas e imprevisibles.
El juez Casiano Rojas, quien sabe si acelerando los tiempos por la presión mediática, finalmente las llamó a declarar: debían presentarse en el juzgado en cuanto fuera posible.
No solo Luciana y Ángela, las dos señaladas por sus vecinos como cómplices, sino también la tercera hermana, Emilia, pese a la escasa relación que al parecer esta mantenía con su familia.
El juez hizo el llamamiento el mismo día en que ordenó la inspección del domicilio de los Izquierdo en Monterrubio de la Serena, donde hallaron la tercera escopeta para la que tenían licencia los hermanos, descartándose así que ellas pudieran usarla para otro ataque.
En esos días, el periodista Vicente Gil Lázaro, conocido hoy por el gran público por su larga trayectoria en los medios, era todavía un joven reportero de informativos de Antena 3 Radio.
El canal de televisión Antena 3 había comenzado su andadura solo unos meses antes, en enero de 1990 —convirtiéndose en la primera televisión privada que emitía en España—, pero su cadena de radio continuaría emitiendo y compitiendo con el resto de las radios nacionales todavía algunos años más, hasta su desaparición en 1994.
El espacio matinal de Antena 3 Radio, El primero de la mañana , estaba dirigido por Antonio Herrero, y fue este quien, el lunes 27 de agosto, encargó personalmente a Vicente Gil que intentara localizar a las hermanas Izquierdo, a las cuales, como se ha dicho, algunas fuentes situaban en Madrid.
El periodista no recibió ninguna instrucción precisa de su director —«Búscate la vida», fue lo que le dijo—, y sin más se echó a la calle.
Su primera parada fue una residencia de ancianos de Aravaca, donde alguien aseguraba haberlas visto.
La pista resultó ser falsa, y a partir de ahí, y durante los siguientes dos días, Vicente se dedicó a visitar una a una todas las pensiones cercanas a la estación de Atocha, con la esperanza de que si las hermanas realmente se encontraban en Madrid, se hubieran alojado en una de ellas.
A última hora de la mañana del miércoles 29, en una de esas pensiones le informaron de que efectivamente habían estado alojadas allí dos mujeres que se ajustaban a la descripción de quienes buscaba.
No le dieron sus nombres, pero no fue necesario: era evidente que se trataba de ellas.
Las mujeres al parecer habían comentado en la pensión que ese mismo día regresarían a su tierra, Extremadura, por lo que Vicente corrió hasta Atocha y comenzó a abordar a cada pareja de mujeres que se cruzó por los pasillos.
Lo que esas mujeres no habían comentado en la pensión, claro está, era que esa misma jornada, a primera hora, antes de dirigirse a la estación de tren, iban a probar suerte en La Moncloa por tercer día consecutivo, para ver si el presidente del Gobierno finalmente las atendía.
Acudieron a La Moncloa hacia las nueve de la mañana, pero tampoco en esa ocasión pasaron de la garita de la entrada.
Posiblemente, a esa hora el juez Casiano Rojas aún no había comunicado que las hermanas debían acudir al juzgado a declarar, ya que de haberlo hecho tal vez estas hubieran sido informadas de ello allí mismo, en ese momento.
El juez debió de llamarlas a declarar un poco más tarde, a lo largo de esa mañana.
Una vez en Atocha, Vicente no tardó en dar con ellas. Eran cerca de las dos cuando, al reparar en dos señoras menudas y vestidas de negro caminando hacia uno de los andenes, las llamó por sus nombres, y las dos se volvieron. No negaron ser quienes eran, pero sí declinaron hacer ninguna declaración.
Aun así, Vicente no se despegó de ellas.
Intentó ganarse su confianza hablando de cualquier cosa, y ellas finalmente aceptaron que las invitara a un refresco en una de las cafeterías de la estación.
Él aprovechó la ocasión para acercarse a una cabina telefónica y, sin quitarles la vista de encima, informar a la redacción del hallazgo.
Incluso reprodujo a través del teléfono algunas de las frases que había intercambiado con las hermanas y recogido en su grabadora de casete.
Luciana y Ángela seguían empeñadas en tomar el tren a Extremadura, y Vicente las acompañó al andén.
La Policía apareció en ese momento. No está claro si acudieron al enterarse de la presencia de las hermanas en Atocha por haberlo escuchado en el informativo de Antena 3 Radio, o si fue casualidad que unos agentes de la «Secreta» —de los Grupos de Investigación de Seguridad Ciudadana— estuvieran en ese mismo andén —investigando por lo visto un accidente ocurrido en esa vía unos días atrás—.
El caso es que fueron conducidas a la cercana comisaría de El Retiro, y los policías recriminaron a Vicente que no hubiera avisado de inmediato a las autoridades de que había localizado a las hermanas en la estación.
Una vez en la comisaría de El Retiro, se les comunicó que habían sido llamadas a declarar ante el juez.
Se les alertaría a su vez —si acaso no lo sabían— de la animadversión que se sentía hacia ellas en Puerto Hurraco y las localidades cercanas, y de los riesgos que podían correr si se dejaban ver por allí ellas solas.
Aun así, si decidían regresar por su cuenta, nadie podría impedírselo, dado que, aun estando conminadas a declarar, continuaba sin haberse dictado una orden de detención contra ellas.
Las hermanas decidieron volver: lo harían esa misma noche en un tren nocturno que saldría no de Atocha, sino de Chamartín, a las ocho y veinte.
Era el llamado «Expreso Guadiana», que conectaba la capital de España con Badajoz por una ruta ferroviaria hoy en desuso: Madrid, Manzanares, Ciudad Real, Puertollano.
Era la misma ruta que, en dirección inversa, habían tomado unos días antes desde Puertollano hasta Madrid.
No irían detenidas, pero sí escoltadas por un par de policías de paisano para evitar cualquier alteración del orden público.
Era algo así como una solución intermedia: no se impedía su libertad de movimiento, pero sí se las protegía.
Además, por supuesto, de que había otro elemento que complicaba todavía más su situación.
Y era que, al haber sido previamente localizadas por un periodista, su viaje a Extremadura ya no podía realizarse en secreto. Tocaba negociar con la prensa.
Mientras ellas permanecían en la comisaría de El Retiro, Vicente Gil, de vuelta en la redacción de Antena 3 Radio, debatía con su director y otros compañeros de la cadena qué hacer.
Su emisora merecía la exclusiva: había sido él quien había dado con las mujeres.
Desde instancias superiores de la Policía, se llegó a un acuerdo con la cadena según el cual Antena 3 tendría acceso a las hermanas Izquierdo siempre y cuando mantuvieran la discreción sobre su paradero, al menos durante tanto tiempo como fuera posible.
Que no iba a ser mucho, teniendo en cuenta la burbuja mediática creada en torno a ellas.
De hecho, ya se había producido algún soplo, y en la redacción del diario El Mundo del Siglo Veintiuno , dirigido por Pedro J.
Ramírez, también sabían que las hermanas habían sido localizadas.
Permitirían que Antena 3 mantuviera su exclusiva para el día siguiente a cambio de que ellos también pudieran entrevistarlas en el tren y publicar su crónica más adelante.
Antena 3 envió al joven reportero Agustín Gómez a entrevistar a las hermanas Izquierdo en directo durante el viaje en tren a Extremadura, acompañado de un equipo de grabación para que el informativo de televisión del día siguiente pudiera mostrar las imágenes de la entrevista.
Es decir, que durante esa misma noche, de madrugada, los oyentes de Antena 3 Radio podrían escucharlas, pero no sería hasta el día siguiente cuando se emitirían las imágenes de ellas en el interior del vagón.
Con este arreglo, la policía se garantizaba unas horas de relativa tranquilidad para preparar la llegada de las Izquierdo a Extremadura.
Estas podrían tomar su tren en Chamartín sin presencia de demasiados periodistas —solo las acompañarían los de Antena 3 y los de El Mundo del Siglo Veintiuno — y viajar discretamente durante la noche sin riesgo de altercados.
Ya se vería qué pasaba a la mañana siguiente, cuando se apearan en la estación de Badajoz.