Puerto Hurraco 6. Extrañas en un tren #3
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6. Extrañas en un tren #3

Las hermanas Izquierdo, ya lo he dicho, llegaron a Madrid procedentes de Puertollano la misma mañana en que sus hermanos fueron detenidos, el lunes 27 de agosto, y se registraron en una pensión cercana a Atocha —posiblemente en una llamada La Alegría—.

Esa misma tarde, acudieron al palacio de La Moncloa con el propósito de entrevistarse con el presidente del Gobierno, Felipe González, para pedirle que reabriera la investigación del incendio en que había muerto su madre en 1984.

Al parecer, fueron recibidas por un funcionario del Servicio de Comunicación con el Ciudadano.

Este funcionario, ni que decir tiene, no les permitió entrevistarse con el presidente González, pero debió de escucharlas y tomar nota de sus nombres y, al percatarse de quiénes eran —posiblemente nadie en España desconocería a esas alturas lo sucedido en Puerto Hurraco—, las emplazó a regresar al día siguiente.

A continuación alertaría de la presencia de las hermanas Izquierdo en la capital.

Las hermanas, sin embargo, volvieron a regresar esa misma tarde, alrededor de una hora después, obteniendo de nuevo el mismo resultado: el presidente del Gobierno no iba a atenderlas. Pero las conminaron de nuevo a probar suerte al día siguiente, si así lo deseaban.

El juez Rojas debió de ser avisado al momento de que las mujeres habían visitado La Moncloa: recordemos que esa misma tarde afirmó ante los medios que conocía su paradero.

Pero, como ya se ha dicho, al no considerar oportuno o justificado ordenar su búsqueda ni su detención, nadie pudo hacer nada por retenerlas ni se las pudo poner siquiera bajo vigilancia.

Al día siguiente, el martes 28 de agosto, las hermanas regresaron a La Moncloa, a lo que parece con el propósito de ser atendidas por el mismo funcionario que las había visto la tarde anterior, probablemente porque este les había prometido que las dejaría pasar o que tal vez se haría cargo de su problema.

Volvieron a salir de La Moncloa sin entrevistarse con nadie relevante.

De nuevo nadie las siguió. Eran todavía ciudadanas con plena libertad de movimiento, a pesar de que la prensa las tildaba poco menos que de prófugas de la justicia y de que su paradero era una cuestión que mantenía en vilo a toda la sociedad española.

Y todavía lo intentarían de nuevo una tercera vez, hacia las nueve de la mañana del miércoles 29 de agosto.

Cabe preguntarse, por supuesto, por qué acudieron a La Moncloa en tres ocasiones nada más producirse el crimen. ¿Qué pretendían exactamente?

Como ya comenté, Emilio y Antonio se habían afiliado al PSOE justo dos días después de la victoria socialista en las elecciones de junio de 1986.

Además de esto, según el diario Hoy (30 de septiembre de 1990), Luciana y Ángela presumían frecuentemente de haber asistido a un mitin de Felipe González en Mérida —probablemente el del 13 de junio de 1986, previo a las elecciones de ese año—.

A su vez, en la fachada de su casa de Monterrubio habían tenido colgado durante mucho tiempo un cartel de la campaña con la imagen del presidente.

Y hasta habían ofrecido fondos a la agrupación socialista del municipio.

De todo esto se puede inferir que la concepción de la política y la Justicia españolas de los Izquierdo era más bien pedestre: consideraban que por simpatizar con el partido que gobernaba en Extremadura o en España, o por militar en él, iban a obtener quién sabía qué derechos o privilegios.

Dado que jamás habían manifestado públicamente su tendencia política con anterioridad a 1986, hay que suponer que lo que hicieron fue subirse al carro ganador en busca de mejoras en la situación procesal de su hermano Jerónimo —encarcelado a principios de 1986 por el apuñalamiento a Antonio Cabanillas Rivera— y para conseguir que la investigación por el incendio en el que murió su madre siguiera adelante.

Las visitas a La Moncloa solo se entienden dentro de este contexto.

Desde hacía cuatro años, los Izquierdo se declaraban públicamente socialistas, pero no parece que tuvieran el menor interés real en la política.

Su único afán era conseguir el favor de quienes gobernaban; conseguir un mejor trato por parte de esas autoridades —Guardia Civil y jueces— con las que la familia chocaba una y otra vez.

Pero no lograron nada en ese sentido. Lo más probable es que la Agrupación Socialista de Monterrubio de la Serena, un municipio donde los conocían de sobra, procurara mantener la distancia con ellos.

Desde luego, no ocuparon nunca ningún cargo dentro del partido, ni consta que se les ofreciera.

Eran militantes de base, advenedizos llegados al calor de las victorias electorales, y como tal debían de ser considerados.

Se desconoce si al salir de Monterrubio, la tarde anterior al crimen, las hermanas ya tenían en la cabeza viajar hasta Madrid y presentarse en La Moncloa.

No es imposible, aunque es más lógico suponer que fue una ocurrencia de la misma mañana del lunes 27 de agosto, al descubrir que Emilio y Antonio efectivamente habían perpetrado la matanza y estaban bajo arresto.

Y es lo más lógico porque, de haber tenido en mente viajar a Madrid desde un principio, no tenía ningún sentido su escala en Puertollano: podían haber viajado directamente desde Monterrubio y haber pasado todo el fin de semana en la capital.

Su excusa —¿su coartada?— habría sido más creíble: podrían haber justificado el viaje de cualquier manera.

Sin embargo, ¿cómo explicar su paso por Puertollano en busca de un oculista, para luego viajar desde allí a Madrid sin haber visitado oculista alguno?

Sus declaraciones sobre este punto fueron como mínimo confusas. Según informaba La Vanguardia , el 30 de agosto de 1990:

Angela y Luciana Izquierdo declararon a Antena 3 Radio que el pasado sábado se desplazaron a Puertollano para comprar unas gafas a Luciana.

Allí se enteraron de los sucesos, pero «oímos que había sido en Cáceres»; al día siguiente, según sus propias manifestaciones, vieron que se trataba de Puerto Hurraco y que sus hermanos eran los protagonistas.

«Desde entonces no vivimos. Nos fuimos a Madrid a buscar ayuda.

Fuimos al palacio de La Moncloa, pero el presidente no está para cosas así».

Las hermanas debieron de ponerse nerviosas al enterarse —seguramente por la radio— de lo que había ocurrido: no pudieron enterarse el día antes de viajar a Madrid —como se afirmaba en la anterior entrevista— sencillamente porque viajaron la misma mañana en que se comenzó a informar del crimen, en eso mintieron.

Tal vez no habían calibrado realmente el alcance o las consecuencias de lo que sus hermanos iban a hacer, y si tenían otros planes para aquellos días —por ejemplo, quedarse allí mismo, en Puertollano, pasando desapercibidas en una ciudad donde nadie las conocía—, los alteraron para ir a la capital y acudir a La Moncloa.

Es relevante señalar que en La Moncloa no parece que mencionaran a sus hermanos ni lo que acababa de suceder en Puerto Hurraco.

Buscaban que Felipe González las ayudara a hacer justicia por la muerte de su madre; no buscaban el perdón para sus hermanos ni justificar lo que estos habían hecho.

Aunque, de algún modo, esto último sí que era lo que buscaban, claro está: si el presidente del Gobierno reconocía que se había cometido una injusticia con su familia al no esclarecerse la muerte de la madre, en sus cabezas posiblemente se justificaría así la matanza.

Pretendían tener al presidente de su parte, para eso se habían hecho socialistas.

Su situación pronto iba a tratarse en la prensa de todo el país, y, así las cosas, no debían de resignarse ni concebir que incluso por esas se las ignorara.

Pero se las ignoró. Y no solo eso: se hizo constar que daban muestras de «desequilibrio mental» —según se afirma en el documental Puerto Hurraco 202 de TVE, del año 2026, al que ya me he referido varias veces—, ya que hablaron de los ruidos extraños que escuchaban en su vivienda de Monterrubio de la Serena, e indicaron que las supuestas gafas que pretendían comprar —la excusa con la que habían salido de su pueblo cuatro días atrás— eran para protegerse de los pinchazos que sentían al entrar a esa vivienda, como «espinas que se les clavaban en los ojos».

Tras su segunda visita a La Moncloa, el día 28 de agosto, las Izquierdo regresaron a su pensión madrileña y pasaron allí esa noche.

El día 29, sabiendo ya que estaban en el punto de mira mediático, y todavía tras un tercer y último intento frustrado de acceder al presidente a primera hora de esa mañana, decidieron que lo mejor era regresar a Extremadura.

***

Mientras que Luciana y Ángela Izquierdo acudían a La Moncloa por primera vez, la tarde del lunes 27 de agosto, tenía lugar en Puerto Hurraco el entierro de dos de las víctimas: José Penco Nogales y Aracelis Murillo Moreno.

Como ya se ha dicho, fue ese lunes cuando España entera despertó con la noticia de la matanza.

Durante la mañana y la tarde, los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo fueron interrogados primero por la Guardia Civil en Villanueva de la Serena y luego por el juez Casiano Rojas en el Juzgado de Castuera.

A la vez, a pocos kilómetros de allí, sobre las siete de la tarde, se celebraba el primero de los dos entierros que tendrían lugar en el cementerio de Puerto Hurraco.