Puerto Hurraco 6. Extrañas en un tren
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6. Extrañas en un tren

EXTRAÑAS EN UN TREN

Tras su detención, Emilio y Antonio Izquierdo fueron conducidos al cuartel de la Guardia Civil de Villanueva de la Serena, donde serían interrogados durante unas seis horas.

En circunstancias normales, los detenidos posiblemente hubieran sido llevados al cuartel de Castuera o al de Cabeza de Buey, pero en vista del inmenso volumen de trabajo que había por delante, se decidió trasladarlos a Villanueva.

Al ser una localidad de mayor tamaño, ese cuartel estaba mejor acondicionado y podía ofrecer espacio a los agentes que se ocuparían de recoger y redactar la información de los atestados.

Aunque puede que en la decisión también pesaran razones de seguridad: quién sabía qué podía ocurrir si los hermanos eran retenidos cerca de Puerto Hurraco.

Al menos durante esa mañana, hasta que se tuviera la certeza de que no existía ningún peligro inminente —que los hermanos no contaban con algún cómplice, o que ningún vecino planeaba armarse y tomar revancha inmediata—, lo sensato era alejarlos del lugar.

No los trajeron de vuelta hasta las cuatro de la tarde.

A esa hora, los Izquierdo fueron trasladados desde Villanueva de la Serena hasta el Juzgado de Instrucción de Castuera para ser interrogados por el juez Rojas en presencia de un abogado del turno de oficio, Miguel Núñez Moto, afincado en Castuera, quien no continuó ejerciendo ese puesto más adelante, durante el resto del proceso.

Durante las horas anteriores, se había congregado en la plaza de España de Castuera una pequeña multitud de periodistas y vecinos: la llegada de los Izquierdo suponía todo un acontecimiento.

La noticia de la matanza había volado de un punto a otro de la geografía española esa mañana, y Puerto Hurraco y Castuera iban a copar la actualidad informativa durante los próximos días.

España entera observaba con atención lo que ocurría en aquel punto recóndito del mapa, la comarca de La Serena, bastante desconocida hasta para los habitantes del resto de Extremadura.

Los medios apenas disponían aún de imágenes con que acompañar sus informaciones: solo el diario Hoy contaba con las fotografías de la detención, pero estas no se publicarían hasta el día siguiente.

La llegada de los hermanos al Juzgado de Castuera fue, por esto mismo, la primera oportunidad que tuvieron la mayoría de los medios de obtener un documento gráfico relevante sobre el suceso, así como el primer acercamiento de la sociedad española a los Izquierdo, la primera visión de los dos monstruos que muchos considerarían surgidos del corazón mismo de la tierra, criaturas crueles y deformes como personajes de una pintura negra de Goya.

«La propia expresión de Antonio y Emilio Izquierdo Izquierdo, cuando fueron detenidos, dice mucho más que cualquier informe psiquiátrico que se quiera emitir.

Es la expresión primitiva de hombres en concordancia con la propia dureza del paisaje extremeño», los describiría días después —el 4 de septiembre— el periodista Pedro Avilés en la revista Interviú .

Como para complacer los prejuicios que cualquiera se podría haber formado sobre ellos, los hermanos Izquierdo llegaron al Juzgado de Castuera esa tarde del lunes 27 de agosto todavía vistiendo la ropa con la que habían cometido la matanza, llena de sangre, pólvora y suciedad; parecían dos campesinos recién venidos de la faena, con las camisas a cuadros desabrochadas hasta el pecho y los faldones fuera del pantalón.

De complexión baja y ancha, rostros arrugados, mirada vacía y además cejijuntos —sobre todo Emilio, el mayor—, los Izquierdo eran tal cual cabía esperar que fueran: dos aldeanos salidos de otra época, de otro siglo.

Dos brutos de los tantos que habitaban en la España profunda. La España negra.

Para colmo, su apellido era Izquierdo, con todas las connotaciones que la palabra poseía: siniestro, torcido, malintencionado; levantarse o entrar con el «pie izquierdo», ser un «cero a la izquierda», tener «dos manos izquierdas» o «dos pies izquierdos».

Y no solo se apellidaban Izquierdo, sino Izquierdo Izquierdo, lo que implicaba endogamia y aislamiento, y por ende consanguinidad o hasta incesto y degeneración física y moral.

También el nombre del lugar donde se había producido el crimen se ajustaba como un guante a eso mismo, a la España negra.

Puerto Hurraco —escrito erróneamente sin hache en no pocas ocasiones— poseía una reminiscencia oscura, una resonancia casi macabra: la urraca, un pájaro asociado con la muerte, con la brujería, con la mala suerte.

El nombre resultaba inverosímil, como sacado de una mala novela.

Era tan tétrico que hasta parecía puesto de forma irónica.

¿Qué podía haber ocurrido en Puerto Hurraco si no una tragedia, un crimen sangriento?

En una carta al director anónima publicada en El País el 10 de septiembre de 1990 se resumía bastante bien el sentir general de la población española respecto a la matanza:

Las noticias que por todos los medios de comunicación nos llegan de ese pueblo pacense son de tal magnitud que, al ser reales, quedan en pañales las obras de ficción de nuestros grandes Delibes, con sus Santos inocentes , y Cela, con La familia de Pascual Duarte .

No se concibe que en el siglo que vivimos puedan suceder casos como el de este pueblo, que hasta el nombre lo tiene extraño.

La realidad, efectivamente, dejaba «en pañales» cualquier obra ficcional que hubiera pretendido retratar la España negra.

Desde el nombre del pueblo o de los asesinos hasta la apariencia de estos y de sus hermanas —mujeres enlutadas como sacadas de La casa de Bernarda Alba —, todo parecía material de ficción.

El autor anónimo de esa carta al director citaba, por ejemplo, Los santos inocentes , la novela de Delibes —cuya versión en cine se había estrenado en 1984—, así como La familia de Pascual Duarte , de Cela.

Y tanto una novela como la otra se ambientaban casualmente —o no— en la provincia de Badajoz.

Así las cosas, ¿quién podía culpar al ciudadano español por asumir que los Izquierdo eran dos personajes tan ficticios como Azarías o Pascual Duarte, también ambos asesinos, por cierto, y para colmo uno de ellos discapacitado mental?

¿Es que acaso los Izquierdo podían ser reales?

Pero lo eran, por supuesto. Así lo pudieron comprobar quienes estaban en la puerta del Juzgado de Instrucción de Castuera esa tarde de lunes, y posteriormente el resto del mundo por las imágenes que difundió la prensa.

Los hermanos Izquierdo fueron increpados a la entrada y la salida del juzgado, como era de esperar, y solo el cordón policial impidió que fueran agredidos.

El juez Casiano Rojas los interrogó durante unas tres horas, al cabo de las cuales, además de ordenar su prisión preventiva y sin fianza, dispuso que fueran evaluados por psiquiatras, posiblemente porque ya pudo advertir algún indicio de trastorno mental.

De ese interrogatorio, en el que los Izquierdo al parecer se mostraron tranquilos —incluso se les llevó algo de comer de un restaurante cercano—, el juez pudo sacar en claro y sin ningún atisbo de duda que la motivación había sido la venganza.

Que los hermanos, que se declararon culpables, habían planeado la matanza con antelación y que su objetivo había sido causar daño no solo a la familia Cabanillas Rivera, sino a toda la aldea de Puerto Hurraco, por la muerte de su madre en el incendio de 1984.

El juez Rojas, que como se ha dicho llevaba apenas unos meses en su plaza de Castuera, es probable que jamás hubiera oído hablar de los Izquierdo o los Cabanillas y que no supiera nada del historial de agravios entre ambas familias.

En los siguientes días, estimó necesario repasar la documentación procesal sobre los anteriores enfrentamientos, y sobre todo averiguar si realmente los Izquierdo tenían razón en que su madre había sido asesinada.

Esto no hubiera cambiado nada respecto al proceso judicial de la matanza: los Izquierdo eran unos asesinos, independientemente de la razón que los hubiera movido a ello.

Pero el juez debió de considerar que la progenitora de los Izquierdo también podía haber sido víctima de un asesinato, y, habiendo pasado solo seis años desde el incendio, el caso era susceptible de ser reabierto.

Sin embargo, como ya dije unas páginas atrás, no hay constancia de que Rojas reabriera el caso del incendio de la casa familiar de los Izquierdo.

Cabe suponer que no lo hizo porque no encontró hilos de los que tirar.

El incendio había sido provocado, pero no había pruebas de su autoría, y para reabrir la investigación el juez no hubiera tenido más alternativa que citar a multitud de testigos.

Pero los testigos del incendio, claro está, eran los mismos que los de la matanza, y citar, por ejemplo, a Antonio Cabanillas Rivera para cuestionarlo sobre el incendio sin duda habría sido una decisión que habría terminado llegando a la prensa.

El juez Rojas, una vez consultada la documentación del caso, debió de considerar que no valía la pena transitar por esa vía.

No debió de creer que fuera a aclarar nada por más interrogatorios que hiciera, y a cambio lo que podía conseguir era armar un revuelo innecesario.