5. La matanza #5
Al ser descubiertos, Emilio intentó huir corriendo monte arriba; Antonio, por su parte, permaneció donde estaba, con la escopeta terciada al pecho.
El cabo se aproximó a él y, parapetándose tras unas piedras, disparó dos tiros al aire y le ordenó que arrojara la escopeta y se entregara.
Antonio obedeció, y fue desarmado y llevado casi en volandas por el cabo y por otro número de la Guardia Civil —Vicente Salguero Rodríguez— de vuelta a la aldea, una imagen que quedaría inmortalizada por la cámara de Brígido Fernández.
Emilio fue detenido minutos después. El helicóptero lo siguió de cerca y desde el aire se le ordenó que se entregara y arrojara su escopeta.
Emilio, que apenas había recorrido un centenar de metros campo a través, se rindió y varios agentes saltaron del helicóptero para detenerlo.
Al hacerlo, los agentes y el detenido rodaron por el suelo, lo que le causó a este último una luxación leve en el brazo.
Hay fuentes que afirman que uno de los dos hermanos, al ser detenido, dijo algo así como que, si no los hubieran detenido esa mañana, habrían acudido por la tarde al entierro de las víctimas para continuar matando.
Esta es una de las frases más conocidas de lo que podríamos llamar la «mitología de Puerto Hurraco».
Si bien no me parece imposible que esto sucediera, sí que me parece improbable. O, al menos, me parece inverosímil que ocurriera en ese momento, en que los hermanos no estarían de humor para bravuconadas.
El cabo Blas Molina, por su parte, contaría muchos años después que lo que le dijo Antonio durante el arresto fue que le pegara dos tiros.
Si fuera cierto —y no hay por qué ponerlo en duda—, tendría bastante más sentido que la frase anterior.
Ya dije antes que, al menos públicamente, los hermanos Izquierdo jamás mencionaron la idea del suicidio; habían tenido las escopetas a su disposición toda la noche, por lo que solo habrían tenido que apretar el gatillo.
Sin embargo, al verse finalmente detenido y siendo consciente de la larga condena de prisión que le esperaba, no resultaría extraño que Antonio flaqueara y pidiera a su captor que lo matara allí mismo. Aunque quién sabe si lo dijo en serio.
***
Con la detención de los hermanos Izquierdo, hacia las ocho de la mañana del lunes 27 de agosto, se ponía fin a la matanza y a la noche de terror en Puerto Hurraco.
Pero lo que se iniciaba con esa detención —ya lo hemos ido viendo— era un proceso judicial complejo y una cobertura periodística en gran medida sonrojante.
Como muestra de esto último, vuelvo a Juan Madrid y a un artículo suyo titulado «Gary Cooper no estuvo allí», publicado en Diario 16 el 2 de septiembre de 1990, cuando aún había víctimas hospitalizadas, de las cuales algunas terminarían falleciendo:
Cada uno de los vecinos adultos de ese pueblo tenía escopetas en sus casas, magníficas escopetas no muy diferentes de las que utilizaron los dos asesinos viejos y locos.
Nadie salió de aquellas casas a defender a sus familiares y amigos, a sus convecinos.
Eso sí, después de que pasó todo apretaban los puños y pedían venganza, muerte para los asesinos fríos y despiadados.
¿Qué hicieron mientras los dos viejos locos disparaban al plato contra los de su misma sangre?
Esconderse en sus casas, atrancar las puertas y no despegar los labios.
Nadie se enfrentó a ellos, nadie hizo lo más mínimo por defenderse. [...]
Quizá habría que contratar a Gary Cooper. Un sheriff que dé la cara cuando la policía no ha llegado aún. Un sheriff que haga el trabajo que los hombres del pueblo no hicieron.
Me voy a ahorrar calificativos para los párrafos anteriores. Pero cabría preguntarse qué habría hecho el propio Juan Madrid en una situación como esa. Si en mitad de un tiroteo, con cuerpos tendidos en la calzada, se habría armado él mismo y habría salido a la calle a enfrentarse a los asesinos.
No sabemos qué habría hecho Juan Madrid de haber estado en Puerto Hurraco esa noche, lo que sí sabemos es lo que hizo días después: cargar contra los vecinos de la aldea, considerarlos unos cobardes por no haber eliminado ellos mismos a los agresores.
A don Quijote se le frio el cerebro de tanto leer libros de caballerías, y otro tanto debió de ocurrirle a Juan Madrid: de tanto leer y escribir libros policiacos debió de pensar que, solo por ser cazadores y tener escopetas en casa, los vecinos de Puerto Hurraco tendrían que haberse defendido a tiros de los Izquierdo, en lugar de esconderse y procurar salvar sus vidas y las de sus familias atrincherándose en sus casas.
Debió de pensar que en la Extremadura de 1990 regía la ley del más fuerte, o la ley de la calle, o de la jungla, o del Oeste, o qué sé yo, cualquier cosa menos suponer que los vecinos de Puerto Hurraco eran ciudadanos corrientes, respetuosos de la ley, y que bastante valentía mostraron algunos al encararse a los asesinos, lo que pagaron con sus vidas.
Esta no era una opinión que Juan Madrid mantuviera únicamente en el contexto de 1990 —una época donde, quién sabe, tal vez los hombres fueran más rudos y aguerridos—, sino que la seguía defendiendo muchos años después.
Así se expresaba en el episodio «La crónica negra» del programa Ochéntame otra vez de TVE, emitido el 24 de abril de 2014:
No hay ningún hombre [de Puerto Hurraco] que salga con una escopeta, allí todo el mundo tenía escopeta, no sale nadie, van llamando a voces a los que faltan por matar para que sean hombres y salgan a la calle.
Que alguien como Juan Madrid, creador de un relato sobre la matanza viciado y repleto de inexactitudes como el que se comentó unas páginas atrás, y defensor de una opinión infame como la anterior, sea uno de los «expertos» al que han acudido los medios durante décadas para hablar de Puerto Hurraco es un buen indicativo del poco cuidado que se ha puesto en proporcionar una información objetiva y veraz sobre el asunto.
Como vengo exponiendo, buena parte de lo que se publicó en los días y semanas tras el crimen fue tan indigno y vergonzoso que todavía hoy sigue causando rubor leerlo.
O más que rubor, rabia. Sobre todo porque, pese al tiempo transcurrido, nadie se ha tomado la molestia de corregir los excesos de entonces.
Al revés: estos han continuado reproduciéndose de medio en medio hasta nuestros días.
En su libro Nocturno de Chile , del año 2000, Roberto Bolaño narra una historia dura sobre las raíces de la dictadura en su país natal.
Pero quien haya leído la novela, más que la trama en sí misma, posiblemente recordará sobre todo la manera en que está escrita: un único párrafo que ocupa las ciento y pico páginas de la obra.
Y más aún recordará la frase con la que esta se cierra, la única ajena a ese párrafo colosal.
Esa última frase es la que se me viene a la cabeza una y otra vez al pensar en la actuación de cierta prensa española tras la matanza: «Y entonces se desata la tormenta de mierda».
Porque sí, lo que siguió a la matanza fue eso exactamente: una tormenta de mierda.