Puerto Hurraco 5. La matanza #4
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5. La matanza #4

Tras el ataque inicial al Centro Social de la calle Carrera, la propietaria de la estafeta de Correos de Puerto Hurraco —el inmueble donde se ubicaba el único teléfono de la aldea— llamó al puesto de la Guardia Civil de Monterrubio de la Serena para avisar de lo que acababa de suceder.

Desde el puesto de Monterrubio se comunicaron con el cuartel de Cabeza de Buey, a unos treinta y cinco kilómetros de Puerto Hurraco, y el teniente al mando de la línea ordenó que dos de los tres agentes que estaban en Monterrubio salieran cuanto antes para el lugar de los hechos en un coche patrulla —uno de los clásicos Renault 4L del cuerpo—.

Los agentes, eso sí, no debían enfrentarse a los asaltantes hasta que llegaran refuerzos a la aldea: debían mantenerse fuera del núcleo urbano, ya que, si de verdad había dos sujetos con escopetas y ánimo de matar, era evidente que correrían un grave riesgo enfrentándose a ellos sin ayuda.

El propio teniente saldría de inmediato para allá, acompañado de varios hombres, y la orden era esperar a su llegada para intervenir.

Los guardias civiles que viajaron desde Monterrubio fueron Manuel Calero Márquez, de cuarenta y nueve años, y Juan Antonio Fernández Trejo, de treinta y uno. Estos llegaron a Puerto Hurraco sobre las once de la noche, una media hora después de iniciarse la matanza.

Nada más llegar, los agentes observaron un coche aparcado de cualquier manera en mitad de la calzada, en el inicio de la calle Carrera, con la puerta del conductor abierta y las luces encendidas; posiblemente también advirtieran ya un bulto tirado en el suelo un poco más allá, y puede que hasta lo identificaran como lo que era: el cuerpo de un hombre.

Se echaron entonces a un lado y aparcaron.

Quizá estaban planteándose si debían acercarse a inspeccionar el vehículo y el cuerpo o aguardar refuerzos —como les habían ordenado que hicieran— cuando dispararon sobre ellos.

Emilio Izquierdo estaba a pocos metros del coche patrulla, escopeta en ristre.

Acababa de emerger del callejón anexo a la vivienda de su familia —la misma que había ardido seis años antes con su madre dentro— y había abierto fuego y herido a los dos agentes.

En total, disparó once veces al coche patrulla.

Juan Antonio recibió un impacto en el costado izquierdo; una de las postas le alcanzó el pulmón.

Su compañero Manuel fue herido en la rodilla izquierda, pero aun en medio de la confusión consiguió agarrar su metralleta y disparar al aire dos veces, ahuyentando así a su atacante y salvando su vida y la de su compañero.

A continuación, tomó el auricular de la radio del vehículo y gritó: «Nos están disparando».

Emilio volvió a perderse por el callejón, donde lo estaba esperando su hermano Antonio —se desconoce por qué este no disparó a los agentes, como tampoco había disparado a José Penco Nogales; quizá por un súbito acceso de mala conciencia, o porque realmente su escopeta se había encasquillado—, y los dos se internaron en los campos próximos al pueblo, desapareciendo definitivamente para todo lo que quedaba de noche.

Es probable que tomaran esa decisión al comprobar que sus últimas dos víctimas —quienes sobrevivirían al asalto— eran guardias civiles y al suponer que habría más agentes en camino.

Como dije antes, la suya no era una misión suicida: los hermanos Izquierdo no tenían en mente dejar la vida aquella noche, como sin duda habría terminado ocurriendo de enfrentarse a tiros con la Benemérita. Debieron de pensar que había llegado el momento de retirarse, al menos durante unas horas.

***

El resto de la noche se instaló el miedo en la aldea. Aunque de esto ya hablé al comienzo de este libro.

Desde Cabeza de Buey llegaron varios agentes de la Guardia Civil que procedieron a evacuar a sus compañeros heridos y a asegurar las calles.

Instantes después llegaron más agentes desde Castuera, y en los siguientes minutos continuaron llegando más y más coches patrullas desde todos los puestos y cuarteles de la comarca y alrededores.

Fue entonces, después de que la Guardia Civil hubiera tomado la aldea, cuando le comunicaron a la familia Cabanillas Rivera la noticia de que las niñas Encarna y Ángela habían sido asesinadas por los Izquierdo.

Lo hicieron los mismos guardias civiles, que ascendieron hasta la parte alta del pueblo, donde los Cabanillas tenían su residencia.

Esta distaba solo doscientos metros del lugar donde se había producido el primer ataque, pero aun así ni Antonio Cabanillas Rivera ni su esposa, Carmen Rivera Cabanillas, se habían enterado de nada.

Al parecer, habían tomado los tiros por cohetes y se habían ido a la cama sin más.

Posiblemente por el caos de aquellas horas, ningún vecino pensó que había que avisarlos, porque, ¿cómo no iban a estar enterados?

Pero no lo estaban, y fueron los guardias quienes informaron a la madre en cuanto les abrió la puerta.

El padre, que estaba dentro, al escuchar lo sucedido se armó con una escopeta y salió decidido a buscar y matar a los Izquierdo —«Ellos lo han querido, esto es la guerra», parece ser que dijo—.

Los guardias, sin embargo, lo convencieron de que se quedara allí.

Bastante sangre había corrido ya por una noche.

El único teléfono de la aldea, el de la estafeta de Correos, se convirtió en el punto de reunión de vecinos y guardias civiles: no estuvo libre en ningún momento.

Casi todas las víctimas habían sido ya evacuadas, únicamente había dos cadáveres aún a la intemperie, el de José Penco Nogales —al inicio de la calle Carrera— y el de Aracelis Murillo Romero —frente al Centro Social—.

Aun así, los charcos de sangre en el suelo delataban la magnitud de lo sucedido.

Aquello no había sido un tiroteo al uso: los asesinos, identificados por los testigos como los hermanos Izquierdo —Emilio y Antonio—, no habían disparado contra nadie en concreto, sino contra todos.

Habían intentado asesinar al pueblo entero.

Y su motivación, parecía evidente, había sido la de vengarse por el incendio en el que había muerto su madre seis años atrás, del cual consideraban responsable a Antonio Cabanillas Rivera, pero también, por extensión, a todos los vecinos de Puerto Hurraco, al no haberlos ayudado a salvar a su madre, o al no haber confesado ante la Justicia quién era el autor del incendio.

El teniente coronel José Dafonte Freán, de la Comandancia de Badajoz, llegó al lugar sobre la una de la madrugada y asumió el mando de las operaciones.

Para entonces, además de casi un centenar de agentes, habían llegado algunas autoridades de Castuera y Benquerencia de la Serena, y también los periodistas del diario Hoy .

Pero, a pesar de la afluencia de gente, el ambiente era silencioso, aunque también tenso.

La seguridad no estaba garantizada: los tiradores no habían sido aún detenidos y podían volver a actuar en cualquier momento, en cualquier punto de la aldea.

El teniente coronel José Dafonte decidió que había que esperar.

Ordenó establecer un cerco con controles de carretera a unos veinticinco kilómetros de Puerto Hurraco, por ser la distancia máxima que podían haber caminado los asesinos en las dos horas que llevaban desaparecidos.

También dispuso que los agentes continuaran montando guardia en las calles de la aldea.

No cabía hacer otra cosa. Por un lado, registrar las viviendas una a una supondría atemorizar de nuevo a toda la población, provocando escenas de pánico, y quién sabía si a alguno de los agentes o de los vecinos —entre los que había otros muchos cazadores con escopetas en sus casas— se le podía ir la mano y disparar contra quien no debía.

Por otro, no era seguro que agentes que no conocían aquel terreno salieran al monte en plena noche en busca de tiradores armados.

Si se producía una refriega, los emboscados tendrían demasiada ventaja: ellos sí eran oriundos de la aldea e incluso en la oscuridad podrían moverse con facilidad por los caminos y fincas colindantes, ya fuera para atacar a sus perseguidores o para huir de ellos.

Durante la madrugada fueron llegando noticias a cuentagotas sobre el estado de los heridos, pero más allá de eso no hubo ninguna novedad.

Los periodistas desplazados a la aldea pasaban el rato departiendo discretamente en la calle con los guardias y los vecinos.

Hacia las cuatro y media, en alguna vivienda comenzó a sonar el pitido de un despertador que nadie alcanzó a apagar.

Se trataba de la alarma que debía levantar a una de las familias afectadas por el tiroteo para emprender el viaje de vuelta al País Vasco.

Con las primeras luces del día la agitación fue en aumento.

Dafonte había dispuesto cómo debía realizarse la operación de búsqueda y captura.

Primero, se accedió a la vivienda familiar de los Izquierdo en la misma aldea, por si los tiradores se hubieran guarecido en ella.

Al comprobar que estaba vacía, se procedió a inspeccionar otros inmuebles en los alrededores del casco urbano.

Como tampoco eso dio resultado, se inició el rastreo de los campos cercanos con la ayuda de un helicóptero enviado desde Madrid.

Un cabo de la Guardia Civil, Blas Molina Cantero, localizó por casualidad a los hermanos Izquierdo al poco de iniciarse el rastreo: se encontraban acostados en una especie de zanja a solo cincuenta metros de las viviendas.