5. La matanza #3
Tras el tiroteo inicial, José recogió a dos de los heridos y los trasladó en su coche —un Seat Málaga color verde— hasta el ambulatorio de Castuera.
Una de las víctimas evacuada por José fue la niña Encarna Cabanillas Rivera, aunque ya había fallecido, como constataron los sanitarios a su llegada al centro médico.
Instantes después de que José saliera para Castuera con su coche, lo hizo también Manuel Benítez Romero.
Manuel era pariente de tres de los heridos: hermano de Felicitas Benítez Romero, tío de Antonio Cabanillas Benítez y cuñado de Manuel Cabanillas Carrillo.
Sin embargo, no evacuó a ninguno de estos—Antonio y Manuel ya habían sido evacuados por Jesús Florencio Cabanillas Benítez—, sino que intentó abandonar Puerto Hurraco llevando en su coche a dos vecinos que habían resultado ilesos: a su hermano Reinaldo Benítez Romero, de sesenta y dos años, y a Antonia Murillo Fernández, de cincuenta y siete.
Pero ellos no tuvieron la fortuna que habían tenido quienes habían abandonado la aldea minutos antes, ya que el coche que conducía Manuel fue tiroteado por los hermanos Izquierdo.
Al desaparecer por el callejón, probablemente muchos vecinos pensaron que los Izquierdo habían emprendido la huida y que tratarían de alcanzar su furgoneta o de esconderse en el monte, aprovechando la oscuridad.
Pero lo que hicieron fue volver sobre sus pasos atravesando las fincas colindantes con las traseras de las viviendas para situarse a la salida del pueblo, y allí continuar con la misión que se habían propuesto.
Fueron al menos dos los vehículos que consiguieron escapar antes de que los hermanos Izquierdo montaran su emboscada a la salida de la aldea: los conducidos por Jesús Florencio Cabanillas Benítez y por José Penco Nogales.
Es posible que lo también lo hiciera alguno más —ya volveré a ello—.
En cambio, Manuel Benítez Romero y sus pasajeros se demoraron demasiado y se toparon en su trayecto con los Izquierdo plantados en mitad de la calle.
Estos levantaron sus escopetas y abrieron fuego sin miramientos —aunque al parecer en este asalto tan solo disparó uno de ellos, Emilio—, apuntando a la luna delantera y las ventanillas del automóvil.
Manuel aceleró y logró dejar atrás a los tiradores, pero para entonces ya era tarde: él había resultado indemne, pero no así sus acompañantes, quienes recibieron varios impactos de postas a través de los cristales.
Reinaldo Benítez Romero iba en el asiento del copiloto y Antonia Murillo Fernández en uno de los traseros, y fueron alcanzados en la cara y el pecho.
Reinaldo estaba casado con Antonia Reyes Nogales y tenía tres hijos.
También todos ellos estaban instalados en Zarautz, donde Reinaldo había trabajado durante años en una empresa de ingeniería química —Bombas Itur— hasta su prematura jubilación.
Su familia y él tenían planeado regresar al País Vasco en pocos días.
Antonia era natural de Peraleda del Zaucejo, aldea cercana a Puerto Hurraco, pero como casi todas las víctimas también ella era una emigrada al País Vasco, donde había contraído matrimonio años atrás con un vecino de Puerto Hurraco, Rafael Sánchez Santos —un hermano de Leopoldo Sánchez Santos, cuñado de los Izquierdo, por cierto—.
Antonia era la madre de la novia de Antonio Cabanillas Benítez, el sobrino de Reinaldo y quien había resultado gravemente herido por un tiro en la espalda.
Los dos vehículos, el de José Penco Nogales y el de Manuel Benítez Romero, llegaron al ambulatorio de Castuera a los pocos minutos.
Como ya vimos, fue mientras atravesaban las calles de ese municipio a toda velocidad cuando Diego Godoy Vances, el corresponsal del diario Hoy en la comarca, tuvo la primera noticia de que algo había sucedido en Puerto Hurraco.
En principio, Manuel Benítez Romero no había salido de la aldea con la intención de evacuar heridos, pero sus dos pasajeros —Reinaldo Benítez Romero y Antonia Murillo Fernández— llegaron en muy mal estado al centro médico, y de inmediato fueron trasladados en ambulancias al hospital de Don Benito - Villanueva de la Serena.
Ambos fallecerían al poco de llegar, convirtiéndose en la quinta y la sexta víctimas mortales de aquella noche. Aún faltaba una séptima.
***
Manuel Benítez Romero decidió, en vista de que su coche había sido acribillado a tiros, no volver a la aldea, pero José Penco Nogales optó por regresar: en Puerto Hurraco había dejado a buena parte de sus familiares y lógicamente querría asegurarse de que estaban bien.
Puede que también tuviera en mente hacer otro viaje de vuelta a Castuera con más heridos.
Sin embargo, pagaría cara su abnegación.
José tal vez pensaba que los hermanos Izquierdo, tras disparar al coche de Manuel Benítez Romero, habrían huido de la aldea, esta vez de verdad: se equivocaba, ya que los Izquierdo permanecieron en el lugar todavía un buen rato, dispuestos a abrir fuego contra cualquier vehículo que se aproximara a Puerto Hurraco.
Diego Godoy Vances, el corresponsal del diario Hoy en Castuera, cuenta en su libro de 2010 — Puerto Hurraco, antes y después — una anécdota sucedida durante ese intervalo en que los hermanos estuvieron montando guardia a la salida de la aldea.
Esa anécdota, hasta donde sé, no ha sido reproducida en ninguna otra parte, seguramente por la escasa difusión del propio libro.
Según Godoy Vances, al poco tiempo de que los Izquierdo se ubicaran a la salida de Puerto Hurraco, y después de haber tiroteado el coche de Manuel Benítez Romero, apareció por allí otro coche conducido por un joven llamado Antonio Sánchez Izquierdo —también sin parentesco con los asesinos—, que iba acompañado de su novia María Luisa.
Ambos habían abandonado la aldea minutos antes del ataque al Centro Social y, al escuchar las primeras detonaciones, habían decidido volver pensando que se trataría de una montería de jabalíes.
Al enfilar la entrada a Puerto Hurraco, se encontraron con los hermanos ocupando el centro de la calle.
Estos los encañonaron a través de las ventanillas, pero no abrieron fuego, y les permitieron maniobrar para darse la vuelta y escapar.
Esta anécdota le fue transmitida al corresponsal por el padre del chico, Ángel Sánchez Santos.
¿Pudo ocurrir realmente? Según este último, a la mañana siguiente se halló un cartucho de escopeta intacto en ese mismo lugar, lo que podría indicar que alguno de los hermanos disparó al joven Antonio, pero que el cartucho, quizá defectuoso, no detonó.
Sea como fuera, lo que no parece encajar del todo son los tiempos: si la pareja de jóvenes escuchó los primeros disparos encontrándose ya en carretera —lo cual se antoja difícil, aunque no imposible—, y en ese momento decidieron regresar, deberían haber llegado a Puerto Hurraco mucho antes de que los hermanos Izquierdo montaran guardia.
O como mínimo, antes de que pasara por allí ningún otro automóvil.
Mi opinión es que la anécdota tiene visos de ser cierta, por más que resulte sospechoso que jamás haya sido referida en ninguna otra parte más que en el libro de Diego Godoy Vances, o por más que pueda sonar a invención o boutade de barra de bar.
Diego, como sabemos, era vecino de la zona y tenía acceso a muchos testimonios que otros periodistas no podrían conseguir nunca, y si recogió este suceso en su libro tuvo que ser porque lo creía veraz.
Es posible que exista un error en la cronología, y que el coche que conducía Antonio no apareciera por allí después de que los Izquierdo tirotearan otro vehículo, sino que lo hiciera antes, cuando quizá aquellos aún no tenían claro si liarse o no a tiros con todo el que circulara por allí.
También, por supuesto, puede que efectivamente hubiera un cartucho defectuoso, o que se encasquillara el arma.
Una hipótesis que me parece verosímil es que, en el momento en que el automóvil de Antonio apareció por Puerto Hurraco, los hermanos no lo recibieron a tiros porque ellos estaban ocupados en otra tarea, como podía ser la de arrancar su furgoneta, la cual los acababa de dejar tirados.
Y es que, de acuerdo con algunas fuentes, los Izquierdo sí que intentaron huir de Puerto Hurraco.
Por ejemplo, el diario Hoy , en su edición del 28 de agosto de 1990, indicaba que «todo hace suponer que intentaron hacerlo [huir] en el coche que dejaron aparcado a las afueras del pueblo, pero desistieron al quedarse sin batería».
Aunque no es imposible que así fuera, y que realmente los hermanos en algún momento intentaran huir en su furgoneta y no pudieran hacerlo —ya fuera por un fallo en la batería, en el motor de arranque o por cualquier otro motivo—, lo cierto es que, si decidieron plantarse a la salida del pueblo con sus escopetas y permanecer allí durante al menos media hora, no fue porque no tuvieran otra opción, ya que, aun con su furgoneta inutilizada, podían haberse hecho fácilmente con otro vehículo.
Por ejemplo, arrebatándoselo a Antonio. Si no lo hicieron fue sencillamente porque no quisieron.
Si acaso tenían planeado huir, o sintieron la tentación pasajera de hacerlo, debieron de cambiar de opinión.
Estaba diciendo que José Penco Nogales, tras descargar a los heridos en el ambulatorio de Castuera, decidió volver a Puerto Hurraco.
Nada más internarse en la aldea, los Izquierdo le salieron al paso.
Fue Emilio quien encañonó el vehículo y disparó a corta distancia: la lluvia de postas fue tal que José ni siquiera tuvo oportunidad de maniobrar marcha atrás con su coche.
Lo que hizo fue abandonarlo y tratar de huir a la carrera.
Pero a los pocos pasos recibió un impacto de lleno en la espalda que lo derrumbó y lo mató casi en el acto.
José fue la séptima y última víctima mortal de esa noche. Pero no la última persona que fue herida por los Izquierdo.
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