5. La matanza #2
Tras los primeros disparos, debió de cundir el pánico entre quienes se encontraban en la calle en esos momentos: volarían mesas, sillas y vasos, y habría gritos y carreras en todas direcciones.
Una de las imágenes más impactantes de la masacre, difundida posteriormente en los periódicos y la televisión, fue la del charco de sangre frente al número 10 de la calle Carrera, y junto a este varias sillas metálicas de color rojo en las que estaban sentadas algunas de las víctimas.
Muchos vecinos que estaban en otros puntos de la aldea, sin embargo, tomaron las detonaciones por cohetes o petardos.
Según algunos testimonios, al salir de su escondite los Izquierdo gritaron algo así como: «Venimos a matar a todo el pueblo». A saber si fue cierto. Pero, lo gritaran o no a viva voz, ese era exactamente su propósito: matar a cuanta más gente fuera posible.
La tercera víctima —al menos según la mayoría de las fuentes— fue un hombre llamado Manuel Cabanillas Carrillo, de entre cincuenta y cinco y cincuenta y ocho años, sin parentesco con el matrimonio Cabanillas Rivera y por tanto ajeno al conflicto entre estos y los Izquierdo.
Ya dije algunas páginas atrás que en Puerto Hurraco y en la comarca de la Serena se contaban por docenas las personas apellidadas Cabanillas e Izquierdo, y que muy pocas tenían parentesco cercano con las dos familias enfrentadas.
Manuel ni siquiera era ya vecino de Puerto Hurraco: aunque tenía una casa en propiedad en la misma calle Carrera —posiblemente heredada de sus padres—, él era uno de los emigrados al País Vasco que en esos días se encontraba de vacaciones en su aldea natal.
Había marchado hacía muchos años a Zarautz, Guipúzcoa, donde era propietario de una correduría de seguros.
Al ser testigo de cómo los Izquierdo tiroteaban a las niñas, Manuel se encaró con los tiradores —a los que conocería de toda la vida, seguramente— y les increpó diciéndoles algo semejante a: «¡Estáis locos!
¿Qué estáis haciendo?». Probablemente, ni siquiera fue consciente de lo que hacía: debió de actuar por instinto.
Vio a dos sujetos atacar a unas niñas y se enfrentó a ellos.
Como todos en Puerto Hurraco, debía de estar al tanto del enfrentamiento entre los Izquierdo y los otros Cabanillas, y es posible que durante un instante creyera que el asalto de los Izquierdo iba dirigido únicamente contra los miembros de la familia rival y que no dispararían contra él.
Pero si fue así, se equivocó, porque de inmediato fue abatido.
El tirador fue el mayor de los Izquierdo, Emilio.
Una vez en el suelo, Manuel fue rematado por otro disparo a quemarropa.
La familia entera de Manuel fue testigo de su asesinato.
A pocos metros estaban su mujer, Felicitas Benítez Romero, y también sus cuatro hijos, Antonio, Manuel Agustín, Jesús Florencio y Rafael.
Al parecer, la familia se disponía a viajar un poco más tarde a Esparragosa de la Serena, un municipio de unos mil habitantes a apenas siete kilómetros de Puerto Hurraco que ese fin de semana celebraba sus fiestas patronales.
Antonio Cabanillas Benítez, ingeniero industrial de veinticinco años, se encontraba junto a su novia cuando vio cómo los Izquierdo tiroteaban a su padre.
También se encaró con ellos, y también fue encañonado.
Tuvo tiempo de volverse y echar a correr, pero fue alcanzado en la espalda.
No perdería la vida, pero varias postas se le alojaron en la columna vertebral —algunas hasta le atravesaron el torso— y jamás volvería a caminar.
Tras tirotear a esas cuatro primeras víctimas —las niñas Encarna y Ángela, Manuel Cabanillas Carrillo y Antonio Cabanillas Benítez, de las que tres terminarían falleciendo—, los Izquierdo continuaron disparando sobre el resto de las personas que entonces ocupaban la calle.
Fue todo cuestión de segundos: las escopetas eran repetidoras y permitían encadenar varios tiros consecutivos sin recargar.
La siguiente víctima fue Aracelis Murillo Romero, de sesenta años y esposa de Bonifacio Merino Sánchez, con quien durante años había regentado una taberna en Puerto Hurraco, hasta la jubilación de este último.
Aracelis estaba sentada en una de las sillas que había en la acera, unos metros más abajo; a su lado estaba sentada su hija, también llamada Aracelis, de treinta y nueve años y con discapacidad intelectual.
Apenas tuvieron tiempo de levantarse: ambas fueron alcanzadas por los disparos de los Izquierdo, y si bien la hija solo resultó herida leve —nada más que unos rasguños—, la madre falleció en el acto al recibir una descarga en el pecho.
Fue la cuarta víctima que perdió la vida esa misma noche.
El siguiente en ser alcanzado por los disparos fue un niño de solo seis años, Guillermo Ojeda Sánchez: una posta le entró por encima de la oreja derecha y se le incrustó en el cráneo a la altura de la oreja izquierda.
El niño sobrevivió, pero jamás se recuperaría: al igual que Antonio Cabanillas Benítez, Guillermo quedó parapléjico de por vida.
Una tía del niño, Josefa Sánchez Carrillo, se abalanzó entonces sobre uno de los tiradores y forcejeó con él para arrebatarle la escopeta.
No lo consiguió, y tras zafarse de la mujer Emilio abrió fuego contra un hombre que también se le acercaba para detenerlo: Andrés Ojeda Gallardo, de treinta y seis años, el padre del niño Guillermo.
Recibió un disparo en el abdomen. No falleció en el acto, sino que permaneció con vida durante más de una semana, hasta el 7 de septiembre.
Fue la penúltima víctima en morir, y para esa fecha, la octava.
Andrés no era natural de Puerto Hurraco, ni siquiera extremeño, sino que se había criado en Algeciras y desde allí había emigrado a San Sebastián, donde, trabajando como celador en la clínica de Nuestra Señora de Aránzazu, había conocido a Elisa Sánchez Carrillo, vecina de Puerto Hurraco, con la que tenía dos hijos.
Muy cerca del niño y de su padre fue abatida a continuación la anciana Isabel Carrillo Dávila, de setenta años, abuela del primero y suegra del segundo.
Se encontraba sentada en una de las sillas que había sobre la acera cuando un disparo le alcanzó en el vientre.
Al igual que su yerno, no falleció en el momento, sino que lo hizo varios días después, concretamente el 10 de septiembre, convirtiéndose en ese momento en la novena y última víctima mortal de la matanza.
Isabel había emigrado junto con su esposo al País Vasco hacía varias décadas, y allí habían criado a sus dos hijas, Elisa y Josefa Sánchez Carrillo.
La familia de Isabel al completo —padres, hijas, yernos y nietos— se encontraba esa noche en Puerto Hurraco.
Al día siguiente, todos pensaban regresar al País Vasco.
Sin embargo, dos miembros de la familia solo volverían allí para ser enterrados —la propia Isabel y su yerno Andrés—; el niño Guillermo Ojeda Sánchez lo haría con una discapacidad permanente.
Felicitas Benítez Romero, de cincuenta y nueve años, había visto cómo su marido Manuel Cabanillas Romero y su hijo Antonio Cabanillas Benítez eran tiroteados a poca distancia de donde se encontraba, e instantes después ella misma resultó herida por una posta perdida que le alcanzó el cuello, donde se le quedó incrustada, aunque sin consecuencias fatales.
A su lado estaba Vicenta Izquierdo Sánchez, de cuarenta y dos años y esposa de Narciso Calvo Izquierdo —de nuevo, ninguno de los dos eran familia de los tiradores, pese a la coincidencia del apellido—.
Vicenta recibió el impacto de las postas en los brazos, y aunque sus lesiones fueron graves y le dejarían secuelas permanentes, logró sobrevivir.
El ataque inicial de los Izquierdo a las puertas del Centro Social de Puerto Hurraco dejó seis fallecidos, dos heridos con secuelas graves e irreversibles, y unos pocos heridos leves.
Efectuaron un total de veinte tiros, diez cada uno de los hermanos.
El ataque no debió de durar más que un par de minutos, o puede que incluso menos, y posiblemente terminó cuando se quedaron sin objetivos sobre los que disparar, tras la desbandada de los vecinos.
Según algunos testimonios, continuaron gritando que estaban allí para matar a todo el pueblo, llamaron por su nombre a Antonio Cabanillas Rivera y golpearon las puertas de las casas donde se había refugiado la gente para intentar que salieran.
Finalmente, los hermanos se marcharon por el mismo callejón por donde habían venido.
***
Una vez que los Izquierdo se hubieron marchado, y todavía con la pólvora flotando en el aire, algunos vecinos abandonaron sus escondites para atender y evacuar a las víctimas.
Jesús Florencio Cabanillas Benítez, estudiante de Economía de veintipocos años, hermano de Antonio e hijo de Manuel, dos de las personas abatidas por los Izquierdo, trató de recoger a sus familiares e introducirlos en el coche de su hermano para sacarlos de allí.
Sin embargo, el coche tenía los neumáticos agujereados por las postas, así que los arrastró como buenamente pudo hasta su propio vehículo —un Ford Fiesta—, situado un poco más allá, y los acomodó en el interior.
Hizo lo mismo con una de las niñas, Antonia Cabanillas Rivera; a Encarna no se molestó en moverla porque ya estaba muerta y había que priorizar a los heridos.
A continuación, arrancó y salió a toda velocidad de Puerto Hurraco.
Condujo directamente hasta el hospital de Don Benito - Villanueva de la Serena, sin detenerse en Castuera.
José Penco Nogales, de cuarenta y tres años, era natural de Puerto Hurraco y estaba casado con otra vecina de la aldea, Amparo Fernández García, con la que tenía tres hijos adolescentes.
La familia había emigrado también a Zarautz años atrás, donde José trabajaba como carpintero.
Estaban en Puerto Hurraco solo por unos días.