5. La matanza
LA MATANZA
El presente capítulo del libro, donde se narra la matanza paso a paso, ha sido el más complicado de redactar debido a que es aquello sobre lo que hay más información publicada.
Y aunque todas las versiones coinciden en los aspectos básicos, los detalles varían ostensiblemente de una fuente a otra —en ocasiones, incluso, se contradicen—.
Para colmo, muchos de esos detalles son, de nuevo, sospechosos de ser fruto del sensacionalismo.
En cualquier caso, la narración que sigue es la que considero más probable, aunque, como se verá, no he tenido reparos en mostrar mis dudas tantas veces como lo he creído conveniente.
Esto quizá sea un lastre para el ritmo del texto, pero si lo escribiera de otro modo, afirmando que esto pasó así y que no pudo ser de otro modo, la exposición carecería de sinceridad.
Quien quiera leer un relato contundente y sin fisuras sobre cómo se desarrolló la matanza de Puerto Hurraco podrá encontrarlo fácilmente tecleando en su móvil.
A estas alturas, creo que es evidente que no es ese el tono de este libro.
Un detalle reseñable es que los hermanos no tomaron una gota de alcohol.
Tampoco hay indicios de que tuvieran problemas de alcoholismo.
Digo que es reseñable porque muchos sujetos con conductas antisociales son alcohólicos o sufren de adicciones de algún tipo.
No era así en el caso de los Izquierdo. Al parecer, ni siquiera eran fumadores.
La única mención al alcohol en toda la documentación la hizo el abogado de los Izquierdo un año después del crimen.
El abogado declaró —en el diario Ya , el 25 de agosto de 1991— que aquella noche Emilio «había tomado sus pastillas [Lexatin, como enseguida veremos] y bebió algunos chatos de vino; la mezcla de los fármacos y el alcohol es muy mala».
Sin embargo, hay dudas razonables de que esto sea cierto: en todo el proceso nadie señaló nada en ese sentido; ni el mismo abogado volvió a hablar jamás sobre ello.
Y aunque pudiera ser cierto que Emilio hubiera bebido algunos vinos antes de la matanza, e incluso que los hubiera combinado con algún medicamento —algo de lo que no hay ninguna constancia, insisto—, en cualquier caso los testimonios no indican que Emilio o su hermano aparentaran ir bebidos o afectados por ninguna sustancia.
Tampoco la Guardia Civil halló indicios de que así fuera, una vez que estuvieron detenidos.
Con toda probabilidad, el comentario del abogado obedecía únicamente a un intento todavía balbuciente de armar la defensa de sus clientes, pero más tarde él mismo desecharía esa opción.
La furgoneta la aparcaron a la entrada de la aldea, a unos centenares de metros del Centro Social y del callejón donde se apostarían minutos después, tras atravesar las parcelas que rodeaban las viviendas para evitar así ser vistos al recorrer la calle principal del municipio, la calle Carrera.
El hecho de que dejaran la furgoneta aparcada a la vista de cualquiera resulta llamativo: se podía considerar una declaración de intenciones.
No se les pasó por la cabeza tomar ninguna medida para no ser identificados, o para evitar su futuro arresto: lo único que les importaba era cumplir el objetivo que se habían propuesto, que era causar daño.
El resto era accesorio: no habían preparado coartada ni planificado la huida.
No era exactamente una misión suicida ni kamikaze, porque en ningún momento amagaron con quitarse la vida.
Sencillamente, no tenían interés en lo que fuera a ocurrirles al día siguiente, una vez consumada la venganza por el asesinato de su madre.
El callejón por el que penetraron a la aldea se situaba entre las viviendas 12 y 14 de la calle Carrera.
Era el lugar perfecto para lo que se proponían, ya que les permitía irrumpir en la calle a la altura exacta del Centro Social sin que nadie pudiera verlos llegar y alertara de su presencia.
Es probable que la decisión de aparecer por el callejón la hubieran tomado en las horas o días anteriores a la matanza, aunque no es imposible que se les ocurriera en el mismo instante en que aparcaron su furgoneta: lo cierto es que no se sabe con cuánta precisión habían planeado lo que iban a hacer ni cuánto hubo de improvisado.
Lo que no era improvisado era la fecha que escogieron para actuar: esa sí que fue escogida a conciencia.
En verano, los pueblos de interior se llenan de gente, tanto o más que los de la costa, con la diferencia de que quienes acuden al interior no suelen ser turistas, sino emigrados a la ciudad que vuelven por unos días a sus lugares de origen, donde todavía conservan a sus parientes y amistades.
En muchos municipios de Extremadura y de otras regiones se celebran incluso fiestas en honor a eso mismo, al emigrante, normalmente hacia finales de agosto, cuando hay más afluencia de retornados.
No se celebraba ninguna festividad como tal en Puerto Hurraco esa noche de domingo, pero a pesar de ello la aldea estaba hasta arriba: había docenas de personas congregadas dentro y fuera del Centro Social —un local de propiedad municipal donde en esos momentos se servían bebidas y posiblemente sonara algo de música—.
Aquel iba a ser el último domingo antes de que la aldea se vaciara de nuevo.
A partir del día siguiente, lunes 27 de agosto, los emigrantes irían volviendo a su lugar de residencia y de trabajo —muchos estaban instalados en el País Vasco, concretamente en las áreas de San Sebastián y Zarautz—, y muy pronto en Puerto Hurraco solo quedarían las pocas familias que vivían allí todo el año.
Si los Izquierdo hubieran demorado su acción solo unos días, hasta inicios de septiembre, posiblemente a esa hora habrían encontrado casi desierta la calle Carrera y tal vez no se habrían cobrado una sola víctima.
Puerto Hurraco, como tantos otros pueblos, únicamente se llenaba de vida en verano, sobre todo en las noches de agosto, y más aún los fines de semana.
Una matanza de tal magnitud no habría podido cometerse en ningún otro momento del año.
Los Izquierdo lo sabían, por supuesto. Y contaban con ello.
Años más tarde, se difundiría en la prensa que uno de los hermanos, Emilio, había confesado a un psiquiatra que habían optado por actuar en verano porque en invierno se le agarrotaban los dedos por el frío y no podía apuntar bien con su escopeta.
Puede ser que la temperatura influyera, pero no creo que fuera determinante a la hora de escoger la fecha.
De haber sido solo por evitar el frío, hubieran podido cometerla en los meses de primavera, o a inicios del otoño.
Sin embargo, escogieron el último domingo de agosto, seguramente la jornada de todo el año en que más personas había en la aldea.
Con o sin frío, lo que buscaban era tener gente sobre la que disparar, nada más que eso.
El ataque lo iniciaron un poco antes de las diez y media. Las primeras víctimas fueron dos de las hijas de su rival: Encarna y Antonia Cabanillas Rivera, de trece y catorce años respectivamente.
Encarna —Encarnación o Encarnita— y Antonia caminaban frente al callejón cuando uno de los dos Izquierdo, al parecer Antonio, aunque hay algunas dudas al respecto, abrió fuego sobre ellas sin mediar palabra.
La tercera hermana, Mari Carmen, de dieciséis años, estaba en casa de otro familiar y no junto a sus hermanas, circunstancia que le salvó la vida.
Se desconoce si dispararon contra las niñas en primer lugar por tratarse de las hijas de Antonio Cabanillas Rivera o si simplemente fueron quienes primero se pusieron a tiro.
Lo lógico es pensar que no fue al azar, y que dispararon primero a las niñas a sabiendas de quién era su padre: de haber comenzado a disparar sobre otras personas, la matanza podía haber concluido sin una sola víctima de la familia Cabanillas, y a ojos de los Izquierdo eso habría supuesto un fracaso.
El psiquiatra José Gómez Romero, que posteriormente pasaría centenares de horas evaluando a los hermanos Izquierdo, declaró en el programa de La Sexta ¿Dónde estabas entonces?
, en 2019, que estos le habían confesado que fueron a Puerto Hurraco para «apañar» a Antonio Cabanillas Rivera y a su familia, «para que sepan lo que es perder a un ser querido», pero que a continuación tiraron «indiscriminadamente» a cualquier persona, «apuntando al corazón y la cabeza».
Esto refuerza la idea de que no dispararon en primer lugar a las niñas por simple casualidad, sino que buscaban cobrarse alguna víctima de la familia Cabanillas, y solo después de hacerlo la emprendieron con los demás vecinos.
Este psiquiatra afirmó también que los hermanos le dijeron haberse tomado «un Lexatin de tres» antes de la matanza «para que no les temblara el pulso».
El Lexatin es un medicamento muy común para tratar el nerviosismo, la ansiedad o la depresión, y, efectivamente, los hermanos, en el momento de su captura, portaban una cajetilla con veinte comprimidos de tres miligramos de este medicamento.
Cualquier médico de cabecera pudo recetárselo a cualquiera de los dos o incluso a sus hermanas, y no sería de extrañar que antes de cometer el crimen se tomaran una dosis para mantenerse tranquilos mientras cumplían con el cometido que se habían propuesto.
En principio, como dije un poco más arriba, no hay constancia de que los hermanos mezclaran este medicamento con alcohol, o de que, si lo hicieron, la mezcla les produjera ningún tipo de efecto observable por los testigos: no aparentaban ir drogados o bebidos.
La supuesta mezcla de Lexatin con alcohol como explicación del crimen se antojaba, ya lo dije, una estrategia inicial del abogado de los Izquierdo para defender a sus clientes, pero esa estrategia no tuvo ningún recorrido posterior.