Puerto Hurraco 4. Ruidos #4
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4. Ruidos #4

En su libro, Juan Madrid comenta, por ejemplo, que los hermanos portaban «cartuchos del calibre 70» —en todo caso, serían del calibre 12/70—; llama «Antonia» a una de las hermanas Izquierdo —para más adelante llamarla por su nombre, Ángela—; afirma que las dos mujeres salieron para Madrid desde Monterrubio, con la excusa de que iban a Don Benito al oculista —cuando fueron de Monterrubio a Puertollano, y desde allí a la capital de España—; que los hermanos se habían afiliado al PSOE en 1984, «después de que su madre muriera carbonizada» —los hermanos, ya lo dijimos, se afiliaron exactamente el 24 de junio de 1986, después de que su hermano Jerónimo apuñalara a Antonio Cabanillas Izquierdo—; que Jerónimo apuñaló a Antonio en 1959 —ya se demostró que fue en 1961—; que «en el tórrido verano de 1984 una humareda de fuego se alzó de la casa de los Izquierdo» —el incendio realmente ocurrió en octubre, no en verano—; que Jerónimo Izquierdo murió en la cárcel de Badajoz, donde «un infarto lo tiró al suelo y le explotó el corazón» —Jerónimo murió al poco de ser trasladado al psiquiátrico de Mérida—; o que tras la matanza las hermanas fueron internadas en el «Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Mérida» —institución que no existe—.

Creo que con esto es más que suficiente.

La exposición de Juan Madrid sobre Puerto Hurraco de 1990, que luego fue recogida en su libro Malos tiempos en 1995, no solo carece de ninguna autenticidad, sino que es un conglomerado de todos los tópicos sensacionalistas sobre la matanza.

En él se abonaba, ya lo dije, la teoría de que el incendio de la vivienda familiar de los Izquierdo la habían provocado los hijos, o la de que estos habían salvado los muebles antes que a su madre, sin que existieran pruebas de lo uno ni de lo otro.

Acompañando al texto de 1990, por cierto, el autor tuvo el atrevimiento de incluir una fotografía suya posando y sonriendo junto a un letrero con el nombre del pueblo. Increíble.

El relato de Juan Madrid es una simple ficción morbosa, lo cual no tendría nada de malo de haber sido escrito y publicado en otro momento, no al calor de la tragedia, con el proceso judicial abierto, y desde luego de no estar firmada por un autor que había cubierto el suceso para la prensa, que tenía acceso a datos reales que prefirió omitir o modificar sin prevenir de ello al lector, aun a sabiendas de que este podía tomar el texto como una novelización certera, ajustada a la realidad.

Otro escritor conocido en aquellos años, el extremeño afincado en Galicia José Antonio Perozo, a quien he mencionado ya varias veces, ocupaba entonces cargos directivos en la televisión regional gallega —más tarde firmaría algunas de sus obras como Xosé A.

Perozo—, y también él escribió sobre la matanza de Puerto Hurraco a las pocas semanas de que esta se produjera: así se anunciaba ya en el Faro de Vigo en una fecha tan temprana como el 25 de noviembre de 1990.

Sin embargo, la versión de Perozo, finalmente convertida en la citada novela de casi doscientas páginas, Puerto Hurraco.

La furia del carnero , no vería la luz hasta mucho después, en 1994 —justo tras el juicio por la matanza, como ya dije—.

Dicha novela, eso sí, jamás se etiquetó ni se vendió como otra cosa que lo que era: un artefacto de ficción.

Volviendo al texto de Juan Madrid, para colmo en este se arremetía contra los vecinos de Puerto Hurraco y del campo español: el texto llevaba como parte del subtítulo «Siete muertos y nueve heridos más en el catálogo de la España oscura y cutre, analfabeta y sanguinaria».

Sin embargo, en su propio diario, el 8 de octubre de 1990, el escritor recibió la respuesta merecida de una lectora extremeña, María Cruz Rodríguez:

Pero es que no puedo contener mi rabia por la manera en que nos tratan el resto de los españoles y la discriminación que hacen con los extremeños.

Cada vez que salimos en televisión o en los medios informativos es para ponernos de vuelta y media.

En el número 981 el corresponsal Juan Madrid hizo un informe refiriéndose al suceso de Puerto Hurraco, en el cual nos insultó diciendo que somos la España oscura y cutre, analfabeta y sanguinaria.

Señor Juan Madrid: ya que ha sido usted el corresponsal de este triste suceso, podía haberse quedado y haber viajado un poco más por nuestra tierra extremeña y quizá hubiera encontrado gente bastante culta, menos analfabeta, nada sanguinaria.

En definitiva, el relato de Juan Madrid es otro ejemplo del ruido que siguió a la matanza, el que impidió que buena parte de los españoles tuvieran un conocimiento preciso del caso.

El mejor —o el peor— ejemplo de que lo único que importaba a algunos de los que escribieron sobre el suceso en aquellos años era dar al lector lo que este andaba buscando para así sacar mayor provecho económico: una narración simplona, maniquea, morbosa, repleta de lugares comunes y sin ningún elemento disonante o de difícil comprensión.

O sea, una narración deshonesta, que no mostrara o analizara la realidad, sino que la pervirtiera interesadamente.