Puerto Hurraco 4. Ruidos #2
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4. Ruidos #2

Este incidente fue recogido en su momento por los diarios regionales extremeños, pero por ningún medio nacional, pese a que, dos años antes, en 1986, el autor del disparo, Antonio Cabanillas Rivera, había sido víctima de un apuñalamiento, al ser agredido por el expresidiario Jerónimo Izquierdo Izquierdo en la cooperativa de Monterrubio de la Serena.

La revista El Caso , ya lo sabemos, había dedicado a ese incidente un reportaje en profundidad.

Al día siguiente, el 30 de junio de 1988, se descubrió sin embargo que la autora de los disparos había sido la esposa de Antonio, Carmen Rivera Cabanillas.

Tal vez esto fuera lo que desalentó a la prensa.

Carmen habría disparado contra Antonio Sánchez Balsera al ser acosada sexualmente por este, y por ello el caso no tuvo mayor recorrido en los juzgados: el herido resultaba ser un acosador sexual —y un enfermo psiquiátrico—, y la agresora únicamente se había defendido, causándole lesiones leves.

Más allá de unas semanas en prisión preventiva, la condena fue económica: cuatrocientas mil pesetas.

No se trataba, por tanto, de una noticia de interés. Al menos no a la altura de 1988.

Cosa distinta era en 1990. Sorprende mucho el mutismo de la prensa respecto a este suceso cuando ya se había producido la matanza.

Los Izquierdo habían asesinado a tiros a varias personas buscando vengarse de los Cabanillas, de modo que, ¿qué menos que mencionar que el matrimonio Cabanillas había protagonizado un tiroteo dos años antes, en el que habían herido a otro vecino?

Hubo algunas excepciones, eso sí. El diario Tribuna de actualidad , el 10 de septiembre de 1990, comentaba que el autor de ese tiroteo en 1988 había sido Antonio, y no su esposa. Además, en esa información se pintaba una imagen de Antonio muy distinta a la del resto de los medios:

Respecto a Antonio Cabanillas, otro vecino recuerda que «hace un tiempo le arreó un tiro en “los huevos” a un tío que se decía que había intentado violar a su mujer, lo desgració para toda la vida.

Con un cuchillo rajaba la puerta de doña Isabel [Izquierdo] y se parapetaba en la entrada del pueblo todas las noches en una calle con la escopeta para ver si “cazaba” a alguno de los Izquierdo» .

Este artículo fue una rara avis en el panorama periodístico de aquellos días: es el único donde se daba cabida a la posibilidad de que Antonio Cabanillas Rivera hubiera podido tener un comportamiento poco ejemplar en los años anteriores a la matanza.

Se decía no solo que había disparado contra un presunto acosador sexual de su esposa, sino que él mismo había tenido alguna vez la intención o la tentación de disparar contra los Izquierdo, o que hasta había molestado a la madre de estos con anterioridad al incendio.

Más allá de ese artículo, el tiroteo protagonizado por Antonio Cabanillas Rivera —o por su esposa— fue recogido únicamente de pasada, casi como una anécdota, por una pequeña parte de los diarios.

Y si la prensa en su conjunto, que tanto gustaba de airear cualquier detalle, por sórdido que fuera, decidió mantener poco menos que en secreto este asunto —el cual no podían desconocer, habiéndose pasado tantas jornadas departiendo con vecinos de la zona—, tuvo que ser por un motivo de peso.

Posiblemente ese motivo fuera que no deseaban retratar a Antonio o a su esposa como sujetos violentos, capaces de defenderse a tiros de otra persona.

Esto era algo que no les encajaba en el relato que se había edificado, y de ahí que, por ejemplo, ningún periodista se molestase en rastrear o entrevistar a la víctima del tiroteo —un anciano con problemas mentales, para más inri— ni en ahondar más en el suceso.

Del mismo modo que tampoco les había encajado en su relato hacer hincapié en que el incendio en la casa familiar de los Izquierdo en 1984 había sido provocado, y por tanto Isabel Izquierdo Caballero, la madre de los asesinos, había sido la víctima de un crimen.

El relato —el público— exigía a los periodistas y escritores retratar a los Izquierdo como unos monstruos.

Y lo eran, por supuesto, ¿de qué otro modo se iba a retratar a unos asesinos de niños?

Por este motivo, en ese relato cabía cualquier barbaridad, ficticia o no, siempre que fuera contra ellos.

Pero no cabía criticar a las instituciones por su dejadez al desatender a individuos con problemas mentales, o por no averiguar quién incendió la casa de los Izquierdo, ni mucho menos sacar a la luz que el matrimonio Cabanillas había tiroteado a un anciano con problemas mentales dos años antes de la matanza.

Bastante tenían ya esos padres con haber perdido a dos de sus hijas.

El relato público exigía deshumanizar a los asesinos.

Con la herida abierta aún por la matanza, nadie estaba dispuesto a convertirse en el abogado del diablo.

Los Izquierdo eran unos desalmados, de eso no había ninguna duda, así que, ¿para qué profundizar más?

¿Para qué hilar más fino, si lo que vendía periódicos era el morbo y no la ética periodística o el sentido común?

***

Los días anteriores a la matanza del domingo 26 de agosto de 1990 han sido reconstruidos muchas veces en muchos medios, pero resulta complicado —o imposible, mejor dicho— saber con cuánta veracidad.

Se sabe a ciencia cierta que las hermanas Izquierdo, Luciana y Ángela, pasaron ese domingo en Puertollano, Ciudad Real.

Llegaron allí tras tomar un tren en la estación de Castuera, a donde las llevó en furgoneta uno de sus hermanos desde su casa en Monterrubio de la Serena.

Lo que no está claro es si salieron la tarde del viernes 24 o la del sábado 25.

El 1 de septiembre de 1990, el diario regional manchego Lanza recogía la noticia de que las hermanas habían dormido la noche del sábado 25 y la del domingo 26 en la pensión Sandra de Puertollano.

El propietario de la pensión declararía que, al inscribirse en el registro, le preguntaron si había alguna óptica en la localidad.

Este fue justamente el pretexto que dieron al ser detenidas tras la matanza, que se habían ausentado de Monterrubio ese fin de semana para ir a una óptica en Puertollano.

Eso explicaría también por qué habían retirado setenta y cinco mil pesetas de su entidad bancaria de Castuera uno o dos días antes del crimen.

Sin embargo, Luciana y Ángela no habrían podido visitar ninguna óptica en Puertollano de haber llegado allí al mediodía o a primera hora de la tarde del sábado, con los establecimientos ya cerrados por el fin de semana.

Si hubieran viajado el día anterior, el viernes, sí que habrían podido hacerlo, pero el propietario de la pensión Sandra las había alojado la tarde del sábado.

Ello parece indicar que no viajaron el viernes, sino el sábado.

Y ello parece indicar también que su intención no era visitar ninguna óptica, porque llegaron a Puertollano cuando las tiendas estaban cerradas, y se fueron de allí la mañana del lunes, con la matanza ya consumada.

Llegaran el viernes o el sábado, lo cierto es que las hermanas pasaron la noche de la matanza —la del domingo— en Puertollano, a más de cien kilómetros de Puerto Hurraco.

No hay constancia de que fuera un viaje que hicieran a menudo —ni para ir a la óptica ni para ninguna otra gestión—, por lo que no cabía sino suponer que se marcharon porque sabían o intuían lo que iba a acontecer ese fin de semana.

Tal vez buscaban protegerse con una coartada infalible: que ellas no habían estado cerca de Puerto Hurraco en el momento del crimen.

Tal vez ignoraban que la justicia podía acusarlas de cómplices o inductoras aun sin haber presenciado la matanza y sin haber apretado ningún gatillo.

Aunque lo anterior era muy complicado de demostrar: ellas simplemente se marcharon de viaje y, en su ausencia, sus hermanos cometieron la matanza.

Luciana y Ángela durmieron —o velaron— en Puertollano la noche del domingo 26 de agosto y la mañana del lunes tomaron un tren para Madrid hacia las once.

Este punto es determinante, ya que unos pocos días después, al ser descubiertas y entrevistadas por la prensa, mentirían y dirían que llevaban en Madrid desde el sábado, y que se enteraron de la matanza al leer el periódico la mañana del lunes.

«Nos enteramos de lo que había pasado en Puerto Hurraco al comprar el lunes el periódico que leemos, El Mundo », afirmaron en una entrevista publicada precisamente en El Mundo del Siglo Veintiuno , el 30 de agosto de 1990.

Esto era del todo imposible, ya que, como se ha dicho, el lunes 27 de agosto ningún periódico en papel informó de la matanza salvo el diario extremeño Hoy .

Y no parece, por el poco tiempo transcurrido entre la entrevista y la matanza —solo cuatro días— que pudiera tratarse de un fallo de memoria: las dos mujeres pretendían desde el comienzo cubrirse las espaldas, alejar de ellas cualquier sombra de complicidad con lo ocurrido. Pero ya volveremos a esto.

En todo caso, no acudieron a ninguna óptica en Puertollano, y si viajaron a continuación a Madrid el lunes 27 tuvo que ser sabiéndose ya en el foco de la investigación —aunque el juez de instrucción aún no las hubiera declarado oficialmente sospechosas—.

Si sus hermanos habían perpetrado una matanza como la que se comentaba en los medios, ellas tendrían que ser interrogadas.

Aun así decidieron no regresar a Extremadura, y tampoco se presentaron en el cuartel de la Guardia Civil o en el Juzgado de Puertollano.

Se fueron a Madrid, ya fuera buscando un lugar donde esconderse, o porque pretendían cumplir un cometido distinto al de sus hermanos.

Sea como fuera, su paradero sería una de las principales cuestiones a dilucidar en las horas y los días posteriores a la matanza.

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