Puerto Hurraco 3. Una tragedia más que anunciada #2
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3. Una tragedia más que anunciada #2

Esto, en principio, no es reprochable. O sí, aunque todo depende de la perspectiva con que se analice.

Que un autor haga ficción basada en hechos reales, incluso aunque la haga en las páginas de un diario, es absolutamente legítimo.

El único inconveniente que podemos encontrar es que el autor o el medio no se esfuercen en reconocer que el texto que publican es eso mismo, ficción, y traten de hacerlo pasar como un texto puramente periodístico.

Porque la crónica de Alejandro Gándara es en parte periodística, por supuesto: incluye datos ciertos, incluso puede que algún dato inédito sobre la matanza, pero ese componente periodístico está supeditado a lo literario.

Quien lea su artículo ha de hacerlo sabiendo lo que lee, y ahí radica el problema: no todos los que lo leyeron lo consideraron ficción.

Como decía, esta crónica de Alejandro Gándara explica que el conflicto entre Habaneros —Cabanillas— y Camariches —Izquierdo— proviene de principios del siglo XX y narra tres incidentes concretos:

• Una pelea entre niños en los años veinte, protagonizada por un tal Ángel Cabanillas, el Rapa, y dos niñas, la Daniela y la Torcía.

• Un apuñalamiento también al final de esa década de 1920: un sujeto llamado Luis Cabanillas apuñala a otro, Alejandro García Izquierdo, por un desencuentro entre este y su hermana, Matilde Cabanillas.

• Otra pelea más por cuestiones amorosas a mediados de 1930: Daniel Izquierdo, el Dentista, apalea a Basilio Cabanillas por haber cortejado a su hermana, Amelia Izquierdo.

De estos incidentes, solo uno de ellos —el del apuñalamiento de Luis Cabanillas a Alejandro García Izquierdo— aparece referido en otra información periodística contemporánea a la crónica de Alejándro Gándara.

Sin embargo, en esta otra información, que firmaba Ángel Kolodro en El Independiente el 2 de septiembre de 1990, el nombre de una de las protagonistas aparece trastocado: Matilde Cabanillas se convierte allí en Matilde Izquierdo —y no es, por tanto, hermana de Luis Cabanillas, sino su amante—, y los Habaneros pasan a ser Baneros y a estar emparentados no con los Izquierdo, sino con los Cabanillas.

El que una misma anécdota aparezca en dos crónicas periodísticas, pero con cambios tan notables, da buena cuenta de lo volátil e improbable de la anécdota y de la poca confianza que había que mostrar hacia quienes la redactaron y publicaron.

Cualquier vecino de Puerto Hurraco, Castuera o Monterrubio de la Serena pudo referírsela a los corresponsales desplazados a la zona, y algunos de ellos la publicaron sin molestarse en verificarla de ningún modo y añadiéndole todo tipo de aliños literarios.

No cabe pensar otra cosa, ya que de haberse producido en verdad una rivalidad tan violenta entre esas familias —las tales Camariches y Habaneros—, debería haber quedado constancia en la prensa de la época, pero no fue así.

El único hecho sangriento ocurrido en Puerto Hurraco a inicios del siglo XX que recogen los diarios fue el homicidio, allá por 1931, de una mujer llamada Juliana Alcántara a manos de su marido, Juan Cruz Sánchez, quienes, por sus apellidos, no parecen estar emparentados con los Izquierdo o los Cabanillas.

En fin. Aun suponiendo que todo lo que contaba Alejandro Gándara en su crónica fuera cierto, habría dos factores —que él mismo reconoce en su texto— que nos llevarían a pensar que los incidentes de las primeras décadas del siglo XX entre Habaneros y Camariches no tuvieron la menor relación con la matanza de Puerto Hurraco de 1990.

El primero es que después del último de esos incidentes —la pelea de mediados de 1930— hubo más de veinte años de paz, y por tanto no se puede hablar de una concatenación directa de sucesos; no se puede hablar de continuidad en un conflicto que lleva apagado veinte años.

El segundo y más relevante es que los Cabanillas e Izquierdo que protagonizaron los presuntos incidentes de principios del siglo XX no tenían por qué guardar parentesco directo con los Cabanillas e Izquierdo cuyo conflicto derivó en la matanza de 1990, toda vez que —como yo mismo comentaba unas páginas atrás— en Puerto Hurraco la mayor parte de los vecinos se apellidaban así: Cabanillas o Izquierdo.

No se trataba, por tanto, de dos estirpes diferenciadas: el tronco del árbol genealógico era el mismo, y las ramas se entrelazaban entre sí de tal modo que cualquier Cabanillas podía ser pariente de cualquier Izquierdo, y viceversa.

El propio Alejandro Gándara afirmaba en su crónica que «en Puerto Hurraco todos son Izquierdo y Cabanillas, o bien están asociados a ellos por vías secundarias de parentesco», y añadía que «la contienda no afecta más que a los “amadeos” y los “patas pelás”».

Del mismo modo, en la novela que citaba unas páginas atrás, Puerto Hurraco.

La furia del carnero , de José Antonio Perozo, de 1994, en la que se narraban los mismos enfrentamientos que recogía Alejandro Gándara en su crónica, también adornándolos con una buena dosis de literatura, se explicaba lo siguiente:

—No recuerdo si esos Cabanillas y esos Izquierdo estaban entroncados con los de ahora. ¿Eran de los Patapelá aquella Torcía y la Daniela?

—No tengo seguridad. Los Cabanillas probablemente no, sin embargo la Daniela y la otra puede que sí…

José Antonio Perozo no aportaba ninguna información sobre el origen del conflicto que no estuviera ya en la crónica de Alejandro Gándara, que como digo es la única fuente que habla de los Habaneros y los Camariches a comienzos del siglo XX .

Aunque el propio Perozo, como Gándara, reconocía en la novela que no había ninguna prueba de que esos supuestos incidentes tuvieran relación con la matanza de 1990, ya que los Cabanillas e Izquierdo de una y otra época no tenían por qué guardar entre sí más que algún parentesco lejano e impreciso.

En resumen, Alejandro Gándara, como autor de ficción, como novelista, redactó para El País un texto llamado «Guerra en la sangre» que se publicó en septiembre de 1990, basado en testimonios de vecinos de la zona, y su libertad creadora le permitió remontarse tan atrás como quiso, sin obligación de contrastar ningún dato.

No se le puede reprochar que narrara lo que le apeteciera narrar.

El reproche, si acaso, hay que hacérselo a quienes tomaron información de ese texto —un texto literario, insisto— y la reprodujeron como información veraz sin mostrar ninguna capacidad crítica, estableciendo como verdad absoluta que la matanza de 1990 en Puerto Hurraco hundía sus raíces en rencillas que venían de principios del siglo XX , y concluyendo así, absurdamente, que el conflicto entre Cabanillas e Izquierdo era un conflicto secular, heredado de abuelos a nietos, como una maldición, cuando la verdad es que no había maldición alguna: la «guerra» no estaba «en la sangre», el enfrentamiento que desembocó en la matanza de 1990 no se inició a principios de siglo, sino mucho después, en las décadas de 1950 y 1960.

El resto, como digo, solo es literatura.

***

Los antecedentes reales de la matanza se conocieron enseguida.

El diario Hoy publicaba en su edición del 28 de agosto de 1990 —la que contenía el célebre reportaje fotográfico de Brígido Fernández— un texto titulado «Crónica de una muerte más que anunciada», firmado por Domingo Núñez, uno de los reporteros desplazados a Puerto Hurraco la noche del suceso.

Domingo ya apuntaba en su artículo, aun en una fecha tan temprana, los tres sucesos o hitos que precedieron a la matanza de 1990:

• El asesinato de Amadeo Cabanillas Caballero a manos de Jerónimo Izquierdo Izquierdo en 1961.

• El incendio de la casa familiar de los Izquierdo en Puerto Hurraco en el que pereció la matriarca Isabel Izquierdo Caballero, en 1984.

• El apuñalamiento a Antonio Cabanillas Caballero por parte, de nuevo, de Jerónimo Izquierdo Izquierdo, en el que el primero resultó herido de gravedad, en 1986.

Esos tres sucesos sí que fueron los antecedentes claros de la matanza y fueron mencionados a su vez, durante los siguientes días y semanas, en todos los medios que cubrieron el caso, aunque con distinta profundidad y veracidad.

Soy consciente de la complejidad del asunto. Por ello, creo que antes de ir desgranando uno por uno estos tres sucesos será mejor comenzar con un esquema con los miembros de las familias implicadas en el enfrentamiento.