3. Una tragedia más que anunciada
UNA TRAGEDIA MÁS QUE ANUNCIADA
Por experiencia sé que esa luna es la que ejerce una nefasta influencia sobre algunas personas, generalmente paranoicas.
Me estremecí y, de inmediato, le pregunté: «¿Cuántas vidas te vas a llevar tú?
». Y es que, en los treinta y siete años que llevo de reportera de sucesos, he conocido crímenes espantosos cometidos por los que vulgarmente llamamos lunáticos, o sea, por quienes padecen de «lunatismo», locura intermitente e ideas delirantes.
Sea como fuera, Margarita Landi entendía que el periodismo de sucesos había de tener siempre un pie —o pie y medio— en lo literario.
Por más trágico que resulte un crimen, su relato solo puede abordarse desde la literatura.
Los crímenes siempre poseen un profundo componente emocional, y la descripción de los protagonistas, tanto víctimas como verdugos, y de las circunstancias que derivan en el crimen no pueden realizarse si no es mediante recursos literarios.
El lector no afronta la lectura de la sección de sucesos como si se tratase de las de política o economía: no cabe narrar el asesinato de un niño, pongamos por caso, de la misma manera en que se narraría la aprobación de una ley en el Parlamento.
Por su parte, la prensa española [...] se ha volcado por completo en el luctuoso acontecimiento de Puerto Hurraco [...
]. Por eso, ya puestas y una vez superado el sofocón inicial, aconsejamos a las autoridades puertourracenses que, con motivo de las próximas fiestas patronales, convoquen el premio Margarita Landi para la mejor crónica morbosa de venganzas sangrientas.
También refiriéndose a Margarita Landi y en concreto a su citado libro de 1991, Crímenes inolvidables , decía el periodista Julián Leal en el diario Hoy , el 25 de agosto de 1991, que los vecinos de Puerto Hurraco:
Durante un año han leído, visto y escuchado comentarios inverosímiles. Verdades, pero también muchísimas mentiras como las que según ellos se recogen en un libro de reciente aparición. «Ya está bien», dicen. «Ya es hora de que se nos deje de considerar como si no fuéramos personas».
He tomado de referencia a Margarita Landi por ser la periodista de sucesos por antonomasia en aquellos años.
Hubiera podido escoger a otros, pero el caso de Margarita es tal vez el más significativo.
Es crucial tener en cuenta lo anterior para comprender la matanza de Puerto Hurraco en su dimensión periodística.
Y para comprender la dificultad que entraña su análisis.
Hay muchos elementos en torno a este caso que han pasado al imaginario popular, pero que pueden no haber ocurrido realmente como se contaron.
Existen ciertos hechos indiscutibles, pero hay otros de cuya veracidad cabría dudar por emitir un tufo sensacionalista demasiado evidente.
Son hechos tomados casi siempre de fuentes anónimas, basados en rumores o en testimonios captados a la carrera en los días inmediatamente posteriores a la masacre, los cuales, año tras año —década tras década—, han ido refundiéndose y ganando en intensidad al saltar de un medio a otro.
Es interesante a este respecto otro artículo que publicó el periodista Javier Goñi solo unos días más tarde, el 8 de septiembre de 1990, en El Mundo del Siglo Veintiuno . El artículo contiene el siguiente pasaje, que me permito reproducir en su totalidad:
En Puerto Hurraco, banderillas negras clavadas en todo lo alto en el toro hispano ModaEspaña/92, alojan, estos días pasados, a la prensa de todos los colores.
Por la torrentera sanguinolenta de su calle mayor van y vienen, incrédulos y alertas, los plumillas. Desde Hola a Cambio 16 , todos desempolvan bodas de sangre, dramas rurales, leyendas de Alvargonzález. Sangre, sangre, sangre.
«Treinta años de rencores», echa las cuentas el reportero de Panorama . Los Izquierdo y los Cabanillas. «Navajas, fuego, balas y un cuchillo», zapatea el de Diez Minu tos .
«Habrá nuevas víctimas», vocea el de Tribuna .
«La matanza, minuto a minuto», ojea el reloj cainita de la «España negra» el enviado de Tiempo .
«La venganza es un pájaro carroñero», escribe en Cambio 16 Juan Madrid, especialista en crímenes urbanos, que se olvida de las jeringuillas de la madrileña plaza del Dos de Mayo para ir de corresponsal de guerra al frente bárbaro de Puerto Hurraco.
Qué liberación cuando se ha hecho lo que se tenía que hacer, ¿verdad, hermanos Izquierdo?: «Ya nos hemos vengado, ahora que sufra el pueblo», declaran en Interviú .
Y van, entre unos y otros reporteros, estableciendo el retrato al minuto de los carniceros, un retrato con dos hermanas enlutadas al fondo. Se les veía jugando la partida, rememora Juan Madrid en Cambio 16 , en Casa Soriano.
Lo que critica Javier Goñi en su artículo, con ironía poco camuflada, es precisamente que los «plumillas» llegados a Puerto Hurraco en los primeros días de septiembre de 1990 estaban más empeñados en hacer literatura barata del suceso —«bodas de sangre, dramas rurales, leyendas de Alvargonzález»— que en contar de manera exacta y objetiva todo lo que rodeó a la matanza.
Lo importante era darle al público lo que el público quería: morbo, espectáculo.
Y dárselo cuanto antes, con urgencia: no había tiempo para contrastar ni revisar informaciones.
Desde el punto de vista periodístico, digámoslo ya, lo que siguió a la matanza de Puerto Hurraco fue un verdadero pandemónium.
Muy poco tiempo después, allá por 1992, esta dinámica desembocaría en la barbaridad periodística más absoluta tras el crimen de las niñas de Alcácer.
Pero ya en 1990 la tragedia de Puerto Hurraco fue objeto de unas cuotas de amarillismo nunca vistas antes en España.
Tanto daba el desarrollo de la investigación y del proceso judicial; tanto daba saltarse cualquier línea ética o moral, o incluso desafiar al sentido común.
Lo que primaba era contar un relato que resultara digerible para el público, un relato emocional y satisfactorio, lleno de tópicos, se ajustara o no a la realidad, y a costa de lo que fuera, hasta del dolor de quienes sobrevivieron.
Esto es lo que decía el escritor extremeño José Antonio Gabriel y Galán —nieto del poeta José María Gabriel y Galán— en Diario 16 el 2 de septiembre de 1990:
Shakespeare ha resucitado en el horrendo suceso de Puerto Hurraco. [...] Dos familias prisioneras del odio, unidas por el odio. No importa la investigación policial; a estos efectos resulta irrelevante cuál fue el inicio, el germen, el primer suceso. La clave de estos episodios siempre es secreta.
La investigación policial importaba menos que contar una tragedia con aire shakespeariano, ahí radicaba justamente el problema.
El de Puerto Hurraco no fue el primer crimen mediático de la democracia española, pero sí el primero cuyo desarrollo posterior se pudo seguir en directo en radios y televisiones.
En ese sentido, fue un hito comunicativo.
Pura historia del periodismo. Y como ya va quedando claro, ni mucho menos de la mejor clase.
***
Hay quien ha remontado el enfrentamiento entre los Izquierdo y los Cabanillas un siglo atrás, hasta los inicios del siglo XX , cuando al parecer los Cabanillas eran conocidos como los Habaneros —pues un miembro de la familia había estado destinado en Cuba durante el servicio militar—, y los Izquierdo, como los Camariches.
Pero no está claro, al menos a mí no me lo parece, que en las supuestas escaramuzas entre clanes de aquel entonces, en los años veinte y treinta del pasado siglo, pudiera estar el origen de la matanza.
Y no me parece que esté claro, lo primero de todo, porque existe una única fuente que mencione a los tales Habaneros y Camariches: una crónica en el diario El País el 2 de septiembre de 1990, titulada «Guerra en la sangre» y firmada por el escritor Alejandro Gándara.
Nos adentramos de nuevo, por tanto, en el territorio de la literatura. No solo por el título de la crónica —«Guerra en la sangre»— o porque el autor fuera, ya en 1990, un reputado novelista, sino por el propio tono en que está escrito el texto. Basta con leer sus primeras líneas:
El sonido de los cerrojos anuncia la noche de Puerto Hurraco y se puede tener la impresión de que todos suenan a la vez. Como una descarga metálica, ese ruido sube por la cuesta principal y se pierde entre los omóplatos de dos montes negros con forma de ala. [...]
Al acercarse, el silencio de las luces deja una sensación de cementerio remoto que rechaza, bajo la Luna vigilante, la presencia del extraño. Cuando a medianoche se llega a Puerto Hurraco, las carreteras parece que se alejan del mundo y conducen directamente al centro de una pesadilla sin tiempo.
Parece obvio que ningún texto que tenga un comienzo semejante a este debería tomarse jamás como una fuente fidedigna de información.
La crónica de Alejandro Gándara —subtitulada «Las claves secretas de la matanza de Puerto Hurraco y por qué puede volver a repetirse»— en realidad no es tal crónica, pese a estar publicada en El País .
Es un relato literario, sencillamente. Inspirado en hechos reales, por supuesto, pero muy alejado del tono objetivo esperable en un artículo periodístico.
Alejandro Gándara hace literatura —busca la belleza, la emoción, el arte—, pero no hace periodismo.