2. Viaje a la aldea del crimen #3
Fuente Obejuna, en la provincia de Córdoba, dista apenas cincuenta kilómetros de Zalamea de la Serena; Puerto Hurraco se sitúa entre ambas, aunque bastante más cerca de esta última.
Decía más atrás que una de las funciones de un escritor es hilvanar casualidades, crear orden del caos.
¿Qué posibilidades hay de que las dos tragedias —o tragicomedias— rurales más famosas del Barroco español, cuyo tema central es la venganza, se ambienten en municipios reales y tan cercanos entre sí, y que estos municipios estén a su vez tan próximos al lugar donde más de tres siglos después ocurriría la matanza más célebre de la llamada «España negra», cuya motivación fue también una venganza?
Casi se podría pensar que Lope y Calderón intuyeron que aquel territorio limítrofe entre las provincias de Badajoz y Córdoba era algo así como el epicentro de eso mismo, de la España negra, pese a que el concepto aún no existiera en el siglo XVII .
Esto es una patochada, por supuesto. Lope ambientó su obra en Fuente Obejuna porque se inspiró en el linchamiento real que habría sufrido el comendador de la villa unas décadas antes, el cual no fue como venganza por ninguna violación; en cuanto a la obra de Calderón, su génesis es más compleja e incierta, pero en ningún caso parece que escogiera Zalamea por un motivo concreto: pudo haber sido Zalamea de la Serena como cualquier otro pueblo de cualquier otra provincia española.
Aun así, considero relevante esa coincidencia geográfica entre las tres tragedias.
Y es que, en muchos sentidos, la propia matanza de Puerto Hurraco puede entenderse como un drama teatral, al menos atendiendo a cómo algunos pretendieron contarla, describiendo la aldea como si se tratase de un escenario de cartón-piedra y a sus moradores como personajes maniqueos, arrastrados por un destino fatídico e inexorable.
El evento en Don Benito al día siguiente de mi visita a Puerto Hurraco se dio muy bien.
Se trataba de una charla junto a una joven escritora extremeña, amiga mía desde hace años, Carmen Clara Balmaseda, y al finalizarla firmamos bastantes libros.
Recuerdo que antes del evento le hablé a Carmen de la oferta que tenía sobre la mesa para escribir sobre Puerto Hurraco, aunque no recuerdo qué me respondió ella, ni tampoco si yo le dije que ya estaba decidido a hacerlo.
Porque sí, me había bastado la visita de la tarde anterior para decidirme.
¿Qué me hizo tomar esa decisión? Por un lado, ya lo he dicho, percibir la resignación con que los vecinos de Puerto Hurraco asumían ser de donde eran, o apellidarse como se apellidaban; yo mismo provenía de otra aldea del crimen, de otro rincón de la supuesta España negra, podía entender hasta cierto punto ese sentimiento.
Sin haber iniciado apenas la labor de documentación y ni mucho menos la de escritura, ya barruntaba que el tratamiento que se había dado al suceso por parte de la prensa había incurrido en el sensacionalismo de la peor clase, y escribir un libro era una oportunidad de enmendar siquiera parcialmente esa injusticia.
Lo más justo para esos vecinos, en realidad, sería que los españoles borraran la matanza de su historia y su memoria, pero eso, desgraciadamente, no iba a ocurrir en el corto ni en el medio plazo.
No estaba en mi mano ni en la de nadie conseguir que eso sucediera, así que, si no era posible olvidarla, consideré que al menos podía intentar explicarla de manera distinta, con mayor profundidad que de costumbre, sin caer en tópicos ni lugares comunes.
Era lo mínimo que se le debía a aquella gente.
Por otro lado —y quizá ahora peque de un exceso de sinceridad—, estaba el ego.
El mío. Mi ego como autor, bastante tocado porque mis anteriores obras no habían tenido apenas repercusión.
El crimen de Malladas fue recibido con algo más de efusividad que mis novelas anteriores, pero ya dije antes que eso no compensó ni de lejos el esfuerzo que me supuso escribirlo y soportar los ataques por publicarlo.
Mi siguiente obra, Leyenda de sangre , una novela de ficción inspirada en un crimen real sucedido en Las Hurdes en 1920, fue rechazada por todos y cada uno de los grandes sellos editoriales a los que fue enviada.
Finalmente, se publicó en junio de 2025 en una editorial prestigiosa de tamaño mediano.
Así las cosas, que el editor de una de las mayores editoriales de España me propusiera escribir un libro, y confiara en mí lo suficiente como para enviarme el contrato antes incluso de haber escrito una sola línea, era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar.
Una que muchos escritores principiantes o casi desconocidos soñarían con tener.
Yo, sin embargo, no había dicho sí desde el principio.
Y de hecho había estado a punto de decir que no, ya que no era este el camino que yo deseaba recorrer como escritor.
Me refiero a escribir sobre crímenes reales.
Yo inicié mi carrera con una novela policiaca, Aguacero , que, aunque naturalmente trataba de crímenes, no era en absoluto truculenta.
Esa era la línea en la que siempre pensé que me mantendría.
Sobre todo, porque no me gustan los crímenes.
No soy consumidor de true crimes, ni en libros ni en formatos audiovisuales, ni tampoco sigo habitualmente en la prensa ninguna investigación criminal.
Mi formación académica es la filología, no el periodismo ni la criminología.
El crimen de Malladas lo investigué y lo escribí porque había ocurrido en mi pueblo, porque nadie más se había tomado la molestia de hacerlo en un siglo y me pareció necesario reparar los agravios sufridos por tantas y tantas personas.
Pero lo último que pretendía era continuar investigando y escribiendo sobre ese tipo de temas.
La oferta para escribir sobre Puerto Hurraco era una oportunidad, sí, pero sobre todo era un desafío.
Con El crimen de Malladas tuve que aprender a la carrera lo que suponía una investigación histórica y periodística —hemerotecas, archivos, entrevistas, etcétera—, pero aquel era un caso desconocido para el público, una historia por contar, y eso me hacía sentirme liberado.
Abría camino en un terreno inhóspito, sin mayor presión que la que yo quisiera ponerme; llegaría tan lejos como quisiera y escogería cómo narrarlo.
Con la matanza de Puerto Hurraco sucedía exactamente lo opuesto: se trataba de un caso sobre el que se había publicado tal cantidad de material a lo largo de treinta y cinco años que mi trabajo no sería tanto investigar y obtener información como filtrarla, analizarla y ofrecer una nueva visión.
Una visión propia, lo que quiera que significara eso.
Era ese desafío lo que realmente me motivaba.
El editor me daba además carta blanca para afrontar la escritura como yo quisiera; de hecho, me pedía que fuera yo mismo.
Si me había elegido a mí en lugar de a un periodista o historiador era porque no pretendía publicar un libro de un periodista o historiador.
Qué mejor señuelo que ese para un ego herido como el mío: la oportunidad de demostrar ante todos mi valía como autor.
Lo que no tenía claro era si iba a estar a la altura.