Puerto Hurraco 2. Viaje a la aldea del crimen #2
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2. Viaje a la aldea del crimen #2

Sé que solo los muertos volverán a rondar por las esquinas en las noches claras para no pedir nuevas venganzas, sino la paz que una muerte violenta les ha robado.

Intuyo que las almas pasarán mucho tiempo repitiendo sus gestos y costumbres por la calle Carrera, viviendo en su mundo del más allá rodeadas por la incomprensión y el llanto en vigilia del pueblo.

Como digo, la obra de Perozo es una ficción, de modo que el autor puede permitirse fabular libremente con los fantasmas de las víctimas paseándose por la calle Carrera de Puerto Hurraco.

Yo, desde luego, no vi ni sentí nada extraño —entonces, en febrero de 2025, tampoco conocía la existencia de Perozo ni de su novela—.

O sí, en realidad sí que sentí algo extraño, pero no fue nada sobrenatural.

Si mi paseo no me dejó un buen recuerdo no fue porque sintiera que había ido a perturbar la paz de los muertos, sino a perturbar la paz de los vivos.

De los vecinos de Puerto Hurraco. No me crucé con demasiadas personas, tal vez tres o cuatro, que me miraron sin decirme nada y a las que, por descontado, yo tampoco me dirigí; también pasaron algunos coches calle arriba o abajo, y sus ocupantes se volvieron a observarme con descaro.

¿Qué podía estar haciendo un forastero como yo paseando bajo la lluvia por Puerto Hurraco una tarde cualquiera de febrero si no era disfrutar del placer retorcido de visitar los escenarios de una matanza?

Nadie me preguntó ni me recriminó nada, y eso casi fue peor, porque me pareció evidente que los vecinos estarían acostumbrados a visitas como la mía y de ahí que las asumieran con resignación.

Se habrían habituado a que gente extraña como yo contemplara las calles y viviendas de su aldea, y a ellos mismos, como quien contempla una pintura negra de Goya.

A que los mirasen desde fuera con una mezcla de pena y soberbia, como preguntándose quién podría hacer su vida o hasta ser feliz en un lugar como ese.

Quién podría acostarse y dormir cada noche en un lugar como Puerto Hurraco.

Quién continuaría viviendo allí después de lo que pasó.

Lo que sentí fue dolor, un dolor profundo.

Puerto Hurraco es una aldea como muchas otras en Extremadura.

Sus habitantes no son distintos a los de mi propio pueblo, ni distintos a los de cualquier otra comarca rural española.

Ellos no eligieron convertirse en el emblema de la España negra. Es una condición que les fue impuesta.

Mi pueblo, Moraleja, en el norte de Cáceres, también fue el escenario de un crimen horrendo, al que dediqué varios años de investigación para publicar el libro al que antes me he referido, El crimen de Malladas .

Ese crimen ocurrió en 1915, y, pese a que en su día sí que recibió una amplia cobertura en la prensa nacional, pronto cayó en el olvido más absoluto.

Aun así, en la finca de Malladas de Moraleja fueron asesinadas cinco personas, y además a hachazos, de un modo mucho más salvaje que las víctimas de Puerto Hurraco.

Sin embargo, mi pueblo no ha pasado a la historia como un emblema de nada.

Podía haber sucedido así. Podría haber recibido el mismo trato que recibió Puerto Hurraco, y mis vecinos haber sido durante décadas observados con la misma condescendencia por visitantes movidos por el morbo.

Moraleja, y no Puerto Hurraco, podía haber sido considerado el paradigma de esa España del «hombre malo del campo y de la aldea, / capaz de insanos vicios y crímenes bestiales», que describía Machado en su poema.

Tal vez por eso mi primer paseo por Puerto Hurraco no fue grato.

Tras haber pasado tres años investigando y escribiendo sobre el crimen de Malladas, ocurrido en mi propio pueblo, yo no podía sino sentirme identificado con los vecinos de aquella aldea.

Más allá de las diferencias en la época o las circunstancias de ambos crímenes, mi pueblo era tan «España negra» como aquel lugar.

Sin embargo, eran los vecinos de Puerto Hurraco los que cargaban con el estigma, no los de Moraleja.

Terminé el paseo visitando el cementerio, situado junto a la rotonda de entrada al pueblo.

Aunque los nombres de las víctimas aún no me eran del todo familiares, me fue sencillo dar con las que había allí enterradas con solo prestar atención a la fecha del fallecimiento.

Aquel cementerio había sido —eso sí lo sabía— otro de los escenarios clave, no ya de la matanza, sino más bien del circo mediático posterior a esta.

El camposanto era pequeño, y solo me llevó unos minutos recorrerlo entero.

Me vinieron a la cabeza recuerdos de otros muchos cementerios que recorrí para investigar el crimen de Malladas: fueron tantos que perdí la cuenta, y la mayoría eran de un tamaño parecido al de aquel.

Si algo aprendí de esa experiencia es que los cementerios son una fuente de información tanto o más importante que cualquier hemeroteca o archivo.

Por ejemplo, algo que saqué en claro de visitar el de Puerto Hurraco fue que las dos familias cuyo enfrentamiento había derivado en la matanza del 26 de agosto de 1990, los Cabanillas y los Izquierdo, no eran familias estancas, aisladas: gran parte de los vecinos enterrados allí portaban uno u otro apellido, y no eran pocos los que compartían ambos.

La matanza no había podido tener su origen, por tanto, en un enfrentamiento entre los Cabanillas y los Izquierdo, sino entre algunos Cabanillas y algunos Izquierdo, puesto que era evidente que la mayor parte de Cabanillas e Izquierdo que habían habitado o habitaban en Puerto Hurraco —o en poblaciones cercanas— nada tuvo que ver con lo sucedido.

Pese a ello, sus apellidos, lo mismo que el nombre de la propia aldea, habían quedado para siempre marcados por la tragedia.

Otra cosa que saqué en claro de esa visita al cementerio de Puerto Hurraco era que los propios muertos parecían arrastrar también el estigma de lo que ocurrió.

Así lo probaban algunos detalles, como que en la lápida de una de las víctimas del crimen apareciera inscrita la frase «víctima de accidente».

¿Acaso la matanza había sido un accidente?

No tenía sentido siquiera como fórmula eufemística: la frase seguramente buscaba confundir a curiosos que no repararan en la fecha de la defunción, grabada justo encima.

O tal vez era la manera en que la familia había decidido lidiar con su duelo: mentirse a sí misma para olvidar, para seguir adelante.

O a lo mejor consideraban un «accidente» que el fallecido se hubiera cruzado con los Izquierdo aquella noche fatídica. Quién lo sabía.

Otro detalle era que los nichos de la familia Cabanillas —la rival de los Izquierdo— estaban sellados con una persiana y unos alambres, como si temieran actos vandálicos o sencillamente que alguien curioseara o tomara imágenes.

La excepción eran las tumbas de las dos niñas asesinadas: Encarna y Antonia Cabanillas Rivera.

Estas sí estaban a la vista. Eran dos tumbas grandes, bien cuidadas y adornadas con flores artificiales, pero de aspecto reciente, no dañadas por el paso del tiempo.

Debían de haberlas dejado allí como mucho unas semanas atrás, quizá en alguna efeméride familiar —un cumpleaños—.

O más probablemente en las anteriores Navidades.

Cuando salí de Puerto Hurraco ya estaba anocheciendo.

Aun así, hice una parada rápida en Benquerencia de la Serena, la cabeza del municipio al que pertenecía la pedanía de Puerto Hurraco.

Inicié la subida al castillo, que al parecer —según ponía en internet— tenía unas vistas espectaculares de la comarca.

Pero la lluvia arreciaba de tal manera en esos momentos que desistí enseguida: no hubiera podido admirar ninguna vista bajo el aguacero.

Ya con noche cerrada —pese a que todavía era temprano, tal vez las ocho y media—, hice otra parada, y esta vez la lluvia sí que me respetó lo suficiente para disfrutarla.

Era una visita obligada por mi condición de profesor de Lengua y Literatura castellanas: Zalamea de la Serena, un municipio a solo unos minutos de Puerto Hurraco conocido por ser donde se ambienta una de las principales obras de teatro del Siglo de Oro, El alcalde de Zalamea , de Pedro Calderón de la Barca, y también por haber sido lugar de residencia de Antonio de Nebrija mientras redactaba su Gramática castellana , allá por el siglo XV .

La visita a Zalamea sí que me resultó agradable.

El pueblo tenía algunos rincones con encanto.

El principal, la plaza de la Constitución con su dístilo romano del siglo I d.

C. Más tarde, durante la vuelta a Don Benito, y en los días posteriores, volví a pensar mucho en Zalamea y en la obra de teatro de Calderón en relación con Puerto Hurraco.

El alcalde de Zalamea cuenta cómo un capitán del ejército rapta y viola a la hija de un vecino adinerado de esa localidad, Pedro Crespo, quien, tras ser nombrado alcalde, y al no conseguir que el capitán se case con su hija para salvaguardar el honor de la familia, ordena ajusticiar públicamente al violador.

Esta trama, a priori , poco tenía que ver con lo acontecido en Puerto Hurraco.

Aunque hay algún rasgo de historicidad en la obra, y aunque Calderón al parecer pasó en verdad por Zalamea, lo que se cuenta en ella es un drama ficticio en torno a dos de los grandes temas del teatro del Siglo de Oro: la honra y la venganza.

Estos son también los temas que aborda Lope de Vega en otra de sus obras más célebres, Fuenteovejuna , en la que los vecinos de dicho pueblo deciden linchar al malvado comendador después de que este también hubiera violado a otra muchacha.