2. Viaje a la aldea del crimen
VIAJE A LA ALDEA DEL CRIMEN
No creo en el destino, pero parte de mi trabajo como escritor es hilvanar casualidades, crear orden del caos.
Las historias narradas por un escritor presentan una estructura que raramente existe en la realidad.
Así, el azar quiso que la propuesta de mi editor me llegara en la misma semana en que yo iba a viajar a Don Benito, a una media hora de Puerto Hurraco, para un evento literario.
Don Benito queda a más de doscientos kilómetros de mi casa, y aquella iba a ser mi primera visita a la zona en casi una década como escritor: si hubiera necesitado alguna señal divina de que debía aceptar la propuesta, esa circunstancia tal vez hubiera sido suficiente.
En El crimen de Malladas —perdón por el spoiler— destapé una posible red de abusadores de niños de hace cien años, y es evidente que a nadie le gusta descubrir que su abuelo o bisabuelo era un abusador de niños, o un encubridor de esos abusos.
Hubo quien intentó silenciarme antes incluso de que publicara el libro, precisamente por temor a que yo desvelara lo que ellos ya sabían o intuían que podía ser revelado.
Una vez que el libro estuvo en la calle, los insultos y las amenazas continuaron.
A mí esto me afecto mucho, por supuesto que sí, pero acepté con estoicismo esos ataques porque la causa lo merecía: durante un siglo, esa red de abusos a menores había permanecido oculta, y en relación con ella se había condenado a varios inocentes por un quíntuple crimen.
La verdad había quedado sepultada bajo un manto de mentiras, ya que las personas implicadas o encubridoras eran muy poderosas en su época y controlaban la prensa y la Justicia.
Quienes se enfrentaron a ellos —como el abogado Manuel Telo García, que de algún modo era el protagonista o motor de ese libro— sufrieron las consecuencias.
Algo parecido fue lo que me pasó a mí, pese a que yo investigara el caso tanto tiempo después.
Con El crimen de Malladas viví una experiencia tan desagradable que, cuando Toni Hill me propuso escribir sobre Puerto Hurraco, mi primera intención fue negarme.
Bastante sufro ya con las críticas de mis libros en prensa, en redes o en plataformas digitales como para arriesgarme a sufrir de nuevo ataques personales por adentrarme en un tema tan sensible como Puerto Hurraco.
Hay personajes públicos que buscan continuamente eso, ser objeto de ataques, porque con ello ganan visibilidad.
No es mi caso. Los ataques que recibí cuando abordé el crimen de Malladas no me compensaron ni en lo económico ni en mi estatus como escritor.
Lo último que necesitaba, por tanto, era embarcarme en otro proyecto parecido, uno que pudiera echarme encima a quién sabía cuántas personas y obligarme a aguantar comentarios hirientes no ya solo contra mi libro, sino contra mí y contra personas de mi entorno.
Yo no soy escritor a tiempo completo ni tampoco periodista: soy profesor de secundaria, y por tanto no me va en el sueldo, como suele decirse, meterme en según qué jardines.
Mi guerra diaria está en educar a adolescentes, y bastante cruenta es ya esa guerra en los tiempos que corren.
Lo que fuera a ganar por investigar y escribir sobre Puerto Hurraco no compensaría ni por asomo recibir nuevos ataques.
En cambio, publicar una novela corriente, una novela de ficción, podía generarme los mismos beneficios.
Y sobre todo me evitaría muchos quebraderos de cabeza. De ahí mis dudas.
Aun así, como digo, no me negué en redondo a escribir sobre Puerto Hurraco.
Aunque mi primer impulso fue responder que no, le pedí a Toni unos días para pensármelo.
No había razón para precipitarse, y menos cuando, gracias a ese oportuno viaje a Don Benito, en aquel intervalo tendría la oportunidad de visitar la aldea sin necesidad de desplazarme hasta allí expresamente para ello.
Podría tomar una decisión después de haber tenido una toma de contacto con el lugar.
Puerto Hurraco es una aldea diminuta distante varios cientos de kilómetros de cualquier capital de provincia, siendo Don Benito y Villanueva de la Serena los dos únicos núcleos urbanos de cierto tamaño a una distancia relativamente corta.
No está cerca tampoco de ninguna autovía o tan siquiera de una carretera nacional, y por tanto no es un enclave que caiga de paso a quien no resida o trabaje en algún municipio próximo.
Salvo los habitantes de la comarca de La Serena, nadie que haya pasado por Puerto Hurraco en los últimos treinta y cinco años lo ha hecho porque le viniera de camino a otra parte, a eso es a lo que me refiero.
Para colmo, las dos carreteras autonómicas que llevan hasta allí no se adentran en la aldea: solo alcanzan hasta la rotonda de acceso.
Y no hay ninguna señal que invite a los viajeros a detenerse en la población: no hay gasolineras, restaurantes, ni siquiera un edificio o monumento con valor histórico digno de verse.
A Puerto Hurraco solo se va si se quiere ir; a Puerto Hurraco no se llega por casualidad.
Y quien va a Puerto Hurraco, quien se detiene y se pasea por su única calle, lo hace por la curiosidad —por el morbo— de visitar la aldea del crimen.
Yo no visité Puerto Hurraco aquella tarde de febrero de 2025 por curiosidad, o no exactamente.
La sentía, por supuesto, pero mi visita era poco menos que de carácter profesional.
La tarde estaba gris y húmeda: durante el trayecto desde mi casa hasta Don Benito —donde paré a comer y registrarme en el hotel— no dejó de llover un solo instante, ni tampoco lo hizo durante el posterior trayecto hasta Puerto Hurraco.
Solo al llegar a la aldea las nubes concedieron una tregua, aunque fue tan breve como engañosa: aparqué el coche a la entrada del municipio confiando en que aguantaría sin llover al menos el rato en que yo estuviera allí, pero enseguida la lluvia regresó y me alcanzó ya lejos del coche, por lo que, para cuando me monté de nuevo, estaba calado hasta los huesos.
Mojadura aparte —aunque quizá la meteorología tuviera parte de culpa—, mi sensación al caminar por Puerto Hurraco no fue grata.
La aldea como tal no tenía nada fuera de lo normal, incluso era más acogedora de lo que había imaginado.
En la parte baja de la población, cerca de la rotonda, había un pabellón de deportes en cuyo interior vi a una chica joven haciendo ejercicio; un poco más adelante, a la izquierda, encontré un parque con bancos y columpios.
Las viviendas, en general, eran modernas o estaban bien mantenidas y reformadas, y hasta había varios chalets con patio.
La de la familia Izquierdo era, lógicamente, la casa que se encontraba en peor estado.
No fue difícil reconocerla por las fotos que ya había visto al ojear algunas noticias sobre el suceso.
Las ventanas estaban selladas y en su fachada, que quizá unas décadas atrás fuera de color blanco, pero que entonces lucía gris y enmohecida, había pegados varios carteles anunciando conciertos en poblaciones cercanas.
Semanas más tarde leería en la prensa que diez años atrás, en 2015, se había comenzado a tramitar la declaración de ruina del inmueble para su derribo.
Pero a la vista estaba que ese derribo aún no se había producido.
Hacia la mitad de la calle principal, donde esta se curvaba levemente a la izquierda, se encontraba el consultorio médico que en su día había sido el Centro Social del municipio, frente al que tuvo lugar el primer ataque, en el que resultaron heridas o muertas casi todas las víctimas.
El callejón por el que se asomaron los asesinos para disparar esa primera descarga estaba intacto: no lo habían tapiado, lo cual, en parte, me sorprendió.
Era un callejón coronado con un pequeño arco de ladrillo que no conducía a ninguna parte, solo a las parcelas traseras del pueblo, accesibles por otros caminos, y no habría supuesto ningún trastorno cerrarlo.
Supuse que se trataba de un callejón particular, que formaba parte de alguna de las viviendas colindantes, y que tal vez al propietario le convenía mantenerlo abierto.
En realidad, no había ningún motivo por el que tuvieran que cerrarlo: el callejón no era más que eso, un callejón.
Sin embargo, de haber sido yo su propietario —o el alcalde, en el caso de que fuera una vía municipal—, creo que lo habría hecho desaparecer.
En principio, como digo, no observé nada durante el paseo que me llamara la atención.
Puerto Hurraco era un caserío corriente, sin ningún negocio salvo por una tasca diminuta que esa tarde estaba cerrada.
Contaba con ciertas comodidades, como el citado pabellón de deportes o el parque infantil, y también con un consultorio médico que probablemente, eso sí, solo abriría determinados días de la semana.
Si, por tanto, mi paseo no fue grato, no se debió a lo que vi, que no fue nada inusual; todo me parecía tan gris como la tarde.
Tampoco porque notara la presencia de la muerte ni de los espíritus de las víctimas, o ninguna necedad semejante: me resisto a creer que haya lugares que posean un aura o fuerza sobrenaturales, pese a los sucesos que hayan podido ocurrir en ellos.
A este respecto, cabe citar un pasaje de la novela Puerto Hurraco.
La furia del carnero , del escritor José Antonio Perozo, obra ficcional inspirada en el crimen y publicada en 1994 en la modesta editorial Ronsel, aunque reeditada en Planeta con el título La tragedia de Puerto Hurraco diez años después.
Este es el libro del que hablaba al comienzo de este capítulo, por supuesto, y volveré a mencionarlo de cuando en cuando.
En la novela, el narrador y protagonista afirma lo siguiente: