Puerto Hurraco 1. Una larga noche de verano #5
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1. Una larga noche de verano #5

Los asesinos estaban muy cerca de la aldea, a apenas cincuenta metros del callejón por el que habían surgido para perpetrar el primer ataque, recostados junto a un murete de poca altura, entre unas huertas.

Habían pasado la noche arrullados por el trasiego de personas y vehículos en la calle principal de la aldea, a la que habrían podido asomarse de nuevo con solo caminar unos pasos.

Durante la madrugada, puede que hasta hubieran podido escuchar algunas de las conversaciones de los vecinos y los agentes acerca de ellos, si es que acaso no se habían quedado incluso dormidos en algún momento.

Quienes no se habían dormido eran los reporteros Manuel Macarro y Domingo Núñez, ni tampoco el fotógrafo Brígido Fernández.

Desde el inicio de la operación estuvieron pendientes de su desarrollo, y al poco de que comenzara oyeron otras cuatro detonaciones: los tiros de advertencia con los que un agente trataba de intimidar a Antonio, uno de los hermanos, para que se rindiera y proceder a su detención.

Emilio, el otro hermano, había emprendido la huida monte arriba instantes antes, al ser descubierto.

Los periodistas, dejándose llevar por el tropel de agentes, salieron al campo por el callejón.

Uno de los hermanos había sido ya detenido: no había ofrecido resistencia, y un número y un cabo de la Guardia Civil lo traían agarrado uno por cada solapa de la chaqueta.

Brígido levantó su cámara y tomó unas fotografías que se publicarían en el diario Hoy al día siguiente, 28 de agosto, y que en las siguientes semanas serían reproducidas por diarios de todo el mundo.

El cabo de la Guardia Civil a la izquierda de la escena sería identificado más tarde como Blas Molina Cantero.

Su rostro desencajado por la tensión contrastaba con la postura cabizbaja y el gesto cansado —resignado— del detenido que llevaba casi a rastras.

Blas, moreno y de complexión gruesa, iba desprovisto de gorra y guerrera, con la camisa desabotonada hasta la mitad del pecho y una de las faldas de esta fuera del pantalón.

En su mano derecha, apuntando al cielo, empuñaba su pistola reglamentaria.

Al otro lado de la escena, a la derecha, un agente de nombre Vicente Salguero Rodríguez, este sí cubierto con su gorra, también algo entrado en carnes y que lucía un bigote denso y oscuro, agarraba al detenido con una mano mientras que en la otra portaba una metralleta con el correaje descolgado del hombro.

El centro de la escena lo ocupaba —cómo no— el detenido, uno de los hermanos Izquierdo, Antonio.

Era o aparentaba ser más bajo y mucho más anciano que los agentes.

Llevaba una barba de varios días y tenía el rostro surcado de arrugas.

Pese a la época del año, vestía una chaqueta o abrigo ligero, por el que lo llevaban sujeto los guardias civiles, y bajo este una camisa a cuadros.

Aunque, sin duda, lo más llamativo de su atuendo era la canana con docenas de cartuchos de escopeta que traía anudada a la cintura.

El cabo Blas Molina Cantero contaría luego que, nada más iniciarse el rastreo en torno a la aldea, salió de esta acompañado del alcalde pedáneo de Puerto Hurraco, Braulio Nogales, a través del mismo callejón por el que los Izquierdo habían entrado horas antes, con la intención de reconstruir los pasos de los asesinos y tal vez encontrar algún cartucho de escopeta o cualquier otra pista que pudiera servir para la investigación.

Ni el cabo, ni el alcalde, ni nadie en absoluto podía haber imaginado que los Izquierdo se encontrarían allí mismo, tan próximos al lugar del primer ataque: más que descubrirlos, se habían tropezado con ellos.

El alcalde huyó a la carrera, como era natural, mientras que el cabo Molina desenfundaba su arma y disparaba varios tiros de advertencia para disuadir a los Izquierdo de resistirse.

Emilio Izquierdo emprendió entonces la huida a la desesperada; Antonio se entregó sin más, aunque —según el cabo— al ser arrestado pidió que le pegaran dos tiros allí mismo.

Emilio no tardó en correr la misma suerte que Antonio.

Fue localizado por el helicóptero instantes después, en las afueras de la parte alta del pueblo, y obedeciendo mansamente las órdenes que le dieron desde el aire arrojó al suelo su escopeta, de la que no se había separado durante la carrera, y levantó los brazos.

Un par de agentes se lanzaron del helicóptero —que volaba entonces a dos o tres metros de altura— y lo apresaron de inmediato.

Pese a que no hubo forcejeo propiamente dicho, Emilio resultó herido leve en un brazo al ser reducido.

Con la detención de Emilio Izquierdo, aquella larga noche de verano llegaba a su fin.

Todavía no habían dado las nueve de la mañana.

En solo unos minutos, a través de los informativos de radio y televisión, la sociedad española descubriría horrorizada lo que acababa de suceder en aquella aldea remota de Badajoz cuyo nombre, ahora sí, no volvería a resultar desconocido para nadie.