Puerto Hurraco 1. Una larga noche de verano #3
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1. Una larga noche de verano #3

Durante la siguiente hora, y hasta bien pasada la medianoche, el teléfono no estuvo parado un solo segundo.

Las llamadas a los centros de salud, al juzgado y a los cuarteles se sucedieron una tras otra.

También Diego consiguió que le permitieran comunicarse con la redacción del diario Hoy en Badajoz en un par de ocasiones, aunque las informaciones que pudo transmitir continuaban siendo muy imprecisas.

Según parecía, el primer ataque se había producido sobre las diez y media.

Los tiradores se habían situado en un callejón estrecho que conectaba la calle Carrera directamente con el campo, a la altura del Centro Social, una especie de sala de baile de propiedad municipal donde en ese momento había congregadas varias docenas de personas.

Tras la descarga inicial, por lo visto la más mortífera, los tiradores habían rodeado la aldea por el exterior hasta regresar al inicio de la calle Carrera, donde habían aparcado su furgoneta minutos antes y donde a continuación habían disparado contra un vehículo que intentaba abandonar Puerto Hurraco: el conducido por Manuel Benítez Romero, cuyos dos acompañantes habían resultado heridos de gravedad.

Después, habían disparado contra otros dos vehículos que pretendían acceder a la población: el de José Penco Nogales, a su regreso de Castuera, y el coche patrulla de la Guardia Civil.

Los testigos no se ponían de acuerdo en el número de víctimas, pero muchos sí que se atrevían a afirmar con rotundidad quiénes eran los asesinos —los mismos, por cierto, que ya había mencionado el taxista que había llevado a Diego hasta allí—.

Se trataba de dos hermanos a los que apodaban Patas Pelás, Antonio y Emilio Izquierdo, entonces residentes en Monterrubio de la Serena, pero que hasta hacía muy poco habían sido también vecinos de Puerto Hurraco, donde todavía poseían algunas fincas y la vivienda familiar en la que se habían criado, ubicada más abajo, al inicio de la calle Carrera —justo donde se habían apostado para el segundo ataque—.

Su motivación, se barruntaba incluso, podía ser una vieja rencilla de los Izquierdo con otra familia de la aldea, los Cabanillas.

En las siguientes horas continuaron llegando agentes y oficiales de la Guardia Civil, y también lo hicieron un doctor y un enfermero desde el ambulatorio de Castuera con el propósito de atender a algunos heridos leves.

Se establecieron patrullas de vigilancia, y pronto el ambiente quedó sumido en una calma tensa.

Ante la presencia de los guardias, algunos vecinos se aventuraban a la calle para solicitar información.

Hasta Puerto Hurraco se desplazó también el alcalde de Castuera, Juan María Vázquez García, junto con algunos policías locales de aquel municipio para ofrecer apoyo a la Benemérita.

Pasada la una y media de la madrugada, la concurrencia de gente en la aldea era ya bastante numerosa, y Diego consideró que a esas alturas ya no habría oportunidad de enviar más información al diario para que la incluyeran en su edición del día siguiente, la del lunes 27 de agosto.

No era así, puesto que los talleres de impresión todavía apurarían de modo excepcional un par de horas más antes de su cierre, pero Diego no estaba al tanto de esa circunstancia.

Por ese motivo, decidió regresar a Castuera en el taxi que aún lo estaba esperando.

Había cumplido con creces, se había expuesto mucho más de lo que exigía su deber como corresponsal, pero creyó que ya no tenía nada más que hacer allí y que lo mejor era marcharse para no entorpecer la labor de las autoridades.

Además, los reporteros enviados por el diario Hoy debían de estar a punto de llegar: ellos eran los verdaderos profesionales.

En cambio él, a la mañana siguiente, en tan solo unas pocas horas, tendría que acudir como cada día a su despacho y atender sus obligaciones como director de la oficina del INEM.

***

El taxi que llevaba a Diego de vuelta a Castuera se cruzó en la carretera con el coche en el que viajaban los reporteros Domingo Núñez y Manuel Macarro, así como el fotógrafo Brígido Fernández.

Solo unos minutos antes, los tres habían hecho una parada en el ambulatorio de Castuera para obtener información de lo sucedido y que les orientaran para llegar a Puerto Hurraco.

Les había atendido un enfermero que, tras las indicaciones pertinentes, les había advertido de que lo mejor era que no fueran hasta allí porque no era seguro.

Lo mismo les había dicho un guardia civil a la salida del pueblo: no estaba cortada la circulación de vehículos hasta Puerto Hurraco, pero se habían establecido docenas de controles por toda la comarca para alertar del riesgo a los conductores y para evitar que los tiradores pudieran huir por carretera.

Estos, afirmó el guardia, continuaban en paradero desconocido y armados hasta los dientes.

Nadie sabía qué podía ocurrir en las próximas horas, pero en todo caso acercarse a Puerto Hurraco era una temeridad.

Pese a las advertencias, los periodistas siguieron adelante.

Llegaron a la aldea poco antes de las dos de la madrugada y aparcaron a pocos metros de una furgoneta Citroën color blanco con matrícula BA6165F que —enseguida averiguaron— era propiedad de los tiradores.

En la bandeja de la parte trasera, a través de las ventanillas, quedaban a la vista dos fundas de escopeta.

El lugar, lejos de estar desierto, se encontraba tomado por guardias civiles; también algunos vecinos subían y bajaban a toda prisa por la calle principal.

Al inicio de esta, además de la furgoneta de los tiradores, había un par de coches acribillados a balazos: uno de ellos era un Renault «cuatro latas» de la Guardia Civil.

El cuerpo de una de las víctimas, un hombre de mediana edad —José Penco Nogales— aún estaba en la calzada, de modo que a los periodistas no les permitieron acercarse.

Lo rodearon manteniendo la distancia para adentrarse en Puerto Hurraco.

Al pasar frente al Centro Social, pudieron constatar las señales de la masacre sucedida allí poco antes: el mobiliario tirado al suelo, los charcos de sangre y el cuerpo sin vida de una mujer que también esperaba a ser retirado.

En la parte alta de la aldea había menos movimiento: los vecinos estaban encerrados en sus casas, y solo los murmullos del grupo de personas reunidas un poco más allá, frente a la vivienda donde estaba el teléfono, rompía el silencio.

Antes, varios testigos habían revelado a Diego Godoy Vances la identidad de los asesinos: Diego era un vecino más de la comarca, alguien a quien conocían y en quien confiaban.

Pero los tres periodistas, por ser forasteros, se encontraron con mayores reticencias.

De entrada, nadie estaba dispuesto revelarles los detalles de lo ocurrido.

Solo un rato después, un guardia civil veterano se apiadó de ellos y les informó discretamente de lo que sabían hasta el momento: el ataque inicial al Centro Social había tenido lugar sobre las diez y media; más tarde, los tiradores habían asaltado varios vehículos cuando entraban o salían de la aldea; en total, debía de haber al menos cuatro o cinco muertos y otros tantos heridos; los asesinos, se decía, eran una pareja de hermanos, Antonio y Emilio Izquierdo, conocidos como los Patas Pelás, vecinos de Puerto Hurraco aunque desde hacía algún tiempo instalados en un municipio cercano, Monterrubio de la Serena; la causa más probable de la matanza era una rivalidad entre familias que venía de muy atrás.

Buena parte de la información que les facilitó subrepticiamente el guardia civil les fue confirmada más tarde a través de las emisiones que pudieron captar al vuelo desde el radiotransmisor de un coche policial aparcado allí mismo.

Durante la siguiente hora y media, en varias llamadas telefónicas, los periodistas fueron transmitiendo esa información a la redacción central del diario Hoy en Badajoz.

En cada llamada, el número de muertos que se barajaba iba en aumento: cuatro, cinco, seis, siete…

La cifra final que compartieron en la última llamada, sobre las tres y media de la madrugada —instantes antes del cierre de la edición de aquel lunes—, era de ocho.

Se trataba, sin embargo, de una cifra equivocada, puesto que a esas horas los muertos eran solo siete.

El error había partido de la Guardia Civil, pero en cualquier caso era excusable por la confusión que reinaba en la aldea.

Completada aquella primera parte de su trabajo —la de enviar la mayor cantidad de información posible para que sus compañeros la incluyeran en los periódicos que comenzarían a circular por la región en apenas unas horas—, los dos reporteros y el fotógrafo se sentaron en la acera, justamente frente al callejón que los hermanos Izquierdo habían usado para irrumpir en la aldea.