Puerto Hurraco 1. Una larga noche de verano #2
4%

1. Una larga noche de verano #2

Sin pensárselo dos veces, Brígido se vistió, agarró su cámara —una Nikon FA— y se dirigió junto a Manuel Macarro al punto donde debían esperar a Domingo Núñez.

Este apareció a los pocos minutos al volante de su automóvil.

Domingo tenía aproximadamente la misma edad que Manuel y, como él, solía escribir en la sección de deportes, centrado en Badajoz y sus alrededores.

Ninguno de los dos, ni Domingo ni Manuel, por tanto, eran reporteros especializados en escribir sobre sucesos truculentos como el que se disponían a cubrir.

Pero la urgencia era máxima y no había nadie más a quien enviar: había que conseguir alguna información cuanto antes.

Solo quedaban un par de horas para el cierre de la edición.

Domingo condujo hasta Castuera saltándose cualquier límite de velocidad y un sinfín de normas de circulación.

Durante el trayecto, informó a sus compañeros de cómo se habían enterado de la noticia en la redacción —la llamada del corresponsal Diego Godoy Vances— y también de cómo, tras ponerse en contacto con algunos centros de salud de la zona, habían confirmado la magnitud del suceso: no era una vulgar refriega entre clanes familiares a cuenta de la droga, tampoco una riña de bar, un crimen pasional o uno enmarcado en la entonces llamada violencia doméstica.

Se hablaba de docenas de heridos y de quién sabía cuántos muertos.

Los autores, al parecer, la habían emprendido a tiros contra todos los vecinos de la aldea, sin respetar siquiera a los menores de edad.

Y aún no estaba claro cómo había finalizado el incidente, si la Guardia Civil había detenido o abatido a alguno de los tiradores, o si estos estaban todavía en libertad.

Todo era oscuridad, nunca mejor dicho. Hasta que no llegaran ellos mismos a la aldea, tras aquel viaje a contrarreloj en mitad de la noche, no sabrían a qué atenerse.

***

Diego Godoy Vances había tenido más problemas de los esperados para encontrar un vehículo con el que llegar a Puerto Hurraco.

Había llamado varias veces a la centralita de la Policía local de Castuera, anexa a la parada de taxis, para que los agentes le confirmaran si había alguno disponible, pero por ser noche de domingo no lo tuvo fácil.

Finalmente, tras otras tantas llamadas y media hora de espera, un taxista de nombre Basilio Martín accedió a llevarlo.

Lo recogió a la puerta de su casa y juntos enfilaron la larga recta hasta Puerto Hurraco.

Por el camino, Basilio ya le adelantó a Diego quiénes podían ser los tiradores: le habló de unos hermanos a los que llamaban los Patas Pelás, naturales de Puerto Hurraco y cuya mala fama era bien conocida por casi todos en la comarca.

Puerto Hurraco estaba formado por un centenar escaso de viviendas, todas en torno a una sola calle, la calle Carrera, la cual ascendía suavemente a lo largo de unos quinientos metros hasta alcanzar el final de la población, sin derivar luego en ninguna carretera o camino, salvo por aquellos que conducían a fincas cercanas o se perdían en el monte en cuya ladera se emplazaba la aldea.

Este monte era parte de un macizo de baja altura conocido como Sierra Lora o del Oro; el porqué del nombre no está claro, ya que no había constancia de que jamás hubiera habido yacimientos auríferos en la zona.

Puerto Hurraco, por tanto, era una especie de callejón sin salida al que los vehículos accedían por el mismo lugar por el que luego habrían de salir.

Más allá de la calle Carrera tan solo había algunas bocacalles que a los pocos metros se asomaban al campo.

La aldea no contaba siquiera con una sola plaza o espacio diáfano donde pudieran congregarse los vecinos.

La iglesia —pequeña y de arquitectura popular, sin valor artístico— se ubicaba a las afueras, junto a la carretera y al cementerio, lo mismo que la parada del autobús.

Diego se apeó del taxi a unos centenares de metros de la aldea y pidió al taxista que lo esperara el tiempo que fuera necesario.

A poca distancia, en mitad de la calzada, había aparcados varios automóviles, y junto a estos una pareja de guardias civiles controlaba el paso.

Uno de los vehículos era una furgoneta Citroën de color blanco; los otros, un Renault 4 de la propia Benemérita y el mismo Seat Málaga color verde con el que solo unos minutos antes José Penco Nogales había trasladado heridos a Castuera.

Las carrocerías de estos dos últimos mostraban docenas de impactos de postas.

Antes incluso de que los guardias civiles le dieran el alto, Diego se percató de que un poco más adelante, frente a los coches, había una mujer velando o custodiando un cuerpo tendido en el suelo.

Diego enseguida averiguó que era el del propio José Penco Nogales, quien había sido recibido a tiros a su regreso a la aldea.

Un escalofrío le recorrió la espalda al imaginar que él mismo podría haber corrido la misma suerte si su traslado a Puerto Hurraco no se hubiera demorado tanto rato al no encontrar un vehículo que lo llevara.

La mujer era una cuñada del fallecido, y entre ella y los guardias civiles explicaron a Diego que los tiradores aún estaban libres y podían continuar por las inmediaciones.

Al parecer, tras un ataque inicial en la parte alta de la aldea, estos se habían retirado para apostarse allí mismo y abrir fuego contra cualquiera que pretendiera entrar o salir del lugar.

El automóvil de José Penco Nogales había sido asaltado a su vuelta a Puerto Hurraco, y poco después un coche de la Guardia Civil con dos agentes desplazados desde Monterrubio de la Serena, tras la llamada de auxilio de los vecinos, había sido recibido de la misma manera.

Los tiradores habían disparado a bocajarro, no apuntando a las ruedas, sino a los parabrisas y las ventanillas, lo que evidenciaba la voluntad de causar el mayor daño posible. O sea, de matar.

Los dos guardias civiles no habían resultado muertos, pero sí heridos de gravedad.

Uno de ellos había respondido al ataque disparando con una metralleta, lo que habría ahuyentado a sus asaltantes.

Aunque no se tenía la seguridad de que se hubieran alejado mucho del sitio: su vehículo —la furgoneta Citröen blanca— continuaba allí aparcado.

Si acaso habían emprendido la huida, debían de haberlo hecho a pie.

Aunque también podía ser que se hallasen escondidos muy cerca, a la espera de perpetrar un tercer ataque.

Los guardias civiles heridos ya habían sido evacuados al hospital; como era obvio, su traslado había sido prioritario, no así el del cuerpo sin vida de José Penco Nogales, que debería esperar a la llegada de un juez que ordenara su levantamiento.

Diego preguntó dónde había un teléfono: el único de toda la aldea —le dijeron— estaba casi al final de la calle Carrera, en una vivienda particular usada como estafeta de Correos.

Para llegar a él, tendría que recorrer varios centenares de metros exponiéndose a que los tiradores dispararan sobre él desde cualquier parte.

Los vecinos estaban guarecidos en sus casas esperando a que la situación se resolviese.

Pero no había modo de saber cuándo ni cómo ocurriría eso.

Justo cuando Diego se disponía a enfilar el comienzo de la calle Carrera, llegaron a la aldea otras dos parejas de guardias civiles procedentes de Castuera, que comentaron que en los próximos minutos llegarían varias docenas más desde distintos cuarteles de la provincia.

Los guardias civiles instaron a Diego a que abandonase el lugar: no se podía garantizar la seguridad de nadie, ni siquiera con un centenar de agentes desplegados sobre el terreno.

Era plena noche, los tiradores podían moverse fácilmente por los campos que rodeaban el pueblo y aparecer por cualquier recoveco para cobrarse más víctimas.

Y si algo había quedado claro era que no tenían ningún criterio a la hora de disparar: sencillamente, lo hacían contra cualquiera que se pusiera a tiro.

Pese a las advertencias, Diego avanzó calle arriba hasta llegar a la vivienda donde se encontraba el teléfono. Fue fácil dar con ella porque en la puerta había un pequeño grupo de guardias civiles y vecinos aguardando para dar o recibir noticias.

Durante el trayecto hasta el teléfono, Diego reparó en que había algunos vecinos agazapados tras las ventanas de las viviendas, incluso creyó entrever el cañón de alguna escopeta dispuesta para la defensa.

Pero lo que más le conmovió fue la visión de sangre derramada sobre el suelo en un punto en que la calle se curvaba levemente a la izquierda.

La sangre ya estaba reseca, pero los regueros mostraban que había corrido a chorros pendiente abajo.

Allí había también algunas sillas abandonadas de cualquier manera: el caos debía de haber sido absoluto en el momento de producirse los primeros disparos sobre quienes entonces se encontraran charlando y tomando el fresco en aquel lugar.

Los cuerpos habían sido ya retirados, a excepción de uno, el de una mujer que aún esperaba cubierto con una sábana un poco más allá del escenario del tiroteo. Diego lo dejó atrás sin detenerse.

Entre quienes esperaban su turno para el teléfono, Diego reconoció a un par de personas: Emilio Ángel Caballero Tena, alcalde de Benquerencia de la Serena, y Braulio Nogales Sánchez, alcalde de la propia pedanía de Puerto Hurraco.

También estaba allí un teniente de la Guardia Civil que, por el momento, era quien había asumido el mando de las operaciones.

Más tarde, Diego averiguaría que se trataba de José Rodríguez Espinosa, jefe de la línea de Cabeza de Buey.