Puerto Hurraco 1. Una larga noche de verano
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Puerto Hurraco

Puerto Hurraco

Por Luis Roso

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1. Una larga noche de verano

UNA LARGA NOCHE DE VERANO

Diego Godoy Vances, castuerano él mismo y de unos cincuenta y tantos años entonces, compaginaba su labor de corresponsal con la de director de la oficina del INEM de la localidad y había acudido antes del partido a la comida de hermandad entre los equipos y aficiones en el Hogar del Pensionista de Castuera.

Posteriormente, finalizado el encuentro, sobre las nueve, regresó a su casa para redactar en su máquina de escribir la breve crónica de lo sucedido, apenas unas pocas líneas en un folio que introdujo en un sobre y llevó luego en su coche hasta un bar donde sería recogido, a primera hora de la mañana siguiente, por la furgoneta de reparto de su propio diario.

Aquel era el procedimiento habitual para ese tipo de informaciones anodinas, las más abundantes —y casi las únicas— en la corresponsalía de aquella comarca remota, distante más de ciento cincuenta kilómetros de la capital provincial: deportes, fiestas patronales y algún que otro accidente laboral o de tráfico constituían el grueso de las noticias que Diego remitía cada día a la redacción central del Hoy en Badajoz.

Concluido su trabajo, hacia las once, cuando se disponía a entrar a una cervecería cercana a su casa, vio pasar por la calle, en dirección al ambulatorio, dos automóviles circulando a gran velocidad y haciendo sonar los cláxones.

Pensó que estarían trasladando heridos de un accidente de tráfico, lo que, en principio, no suponía un asunto de urgencia como para que se ocupara de ello inmediatamente; por lo avanzado de la hora, en su diario no se molestarían en incluir una noticia como esa en la edición del día siguiente, de modo que tanto daría esperar a mañana para averiguar qué había sucedido.

En la televisión del bar estaban retransmitiendo la final del Trofeo Ramón de Carranza —que disputaban dos equipos brasileños: el Atlético Mineiro y el Santos F.

C.—, aunque muy pronto todos dejaron de prestar atención al fútbol.

Solo unos minutos después de la llegada de Diego al local, apareció alguien informando de que en el puesto de la Cruz Roja estaban atendiendo a heridos por un tiroteo ocurrido minutos antes en la aldea de Puerto Hurraco.

Puerto Hurraco era una pedanía de unos doscientos vecinos dependiente administrativamente de Benquerencia de la Serena, aunque, por el escaso tamaño de esta última —unos trescientos habitantes— y por el mal estado del camino rural que unía Puerto Hurraco con la cabeza del municipio, sus vecinos habitualmente acudían a Castuera para sus compras y su ocio.

Castuera, con una población de unas siete mil personas, ofrecía muchos más servicios que cualquier otra localidad de los alrededores, y la carretera de Castuera a Puerto Hurraco era una recta de unos diez kilómetros en un estado más que aceptable.

El propio Diego había informado la semana anterior de que en Puerto Hurraco estaba tomando forma una iniciativa para abandonar Benquerencia e incorporarse a Castuera, pero esa noticia había pasado totalmente inadvertida en las páginas del Hoy : la mayor parte de los lectores del diario —incluso los de la provincia de Badajoz— no hubiera sabido ubicar Puerto Hurraco en un mapa de la región.

Aunque eso iba a cambiar en tan solo unas horas.

Diego, ahora sí convencido de que aquello era algo a lo que merecía la pena prestar atención, se dirigió a toda prisa al ambulatorio, a cuya puerta estaban aparcados de cualquier manera los dos automóviles.

La parte delantera de uno de ellos, se fijó Diego, estaba acribillada a tiros, y su tapicería salpicada de sangre.

Había también un par de ambulancias en las que en ese momento estaban acomodando a los heridos.

En la acera, el conductor de uno de los automóviles, un sujeto de alrededor de cuarenta años y que se identificó como José Penco Nogales, contaba de manera confusa a quienes tenía alrededor que minutos antes unos cazadores habían abierto fuego en plena calle contra los vecinos de la aldea, disparando indiscriminadamente a hombres, a mujeres, a ancianos e incluso a niños.

De hecho, según comentaría alguien enseguida, una de las víctimas recién trasladada era una niña de no más de trece o catorce años que acababa de ser declarada muerta en el mismo ambulatorio.

Nogales, preocupado por la suerte que hubieran podido correr sus familiares en la aldea, regresó a Puerto Hurraco en cuanto las ambulancias salieron para el hospital. Esa decisión le costaría la vida.

Por su parte, el otro conductor, un tal Manuel Benítez Romero, de cincuenta y tantos años, prefirió no regresar.

Según relató, los tiradores habían tratado de bloquearle el paso a la salida de la aldea, y aunque él, milagrosamente, había resultado ileso, sus dos acompañantes habían recibido varios disparos y se encontraban en muy mal estado, lo mismo que su vehículo.

Una vez escuchados los testimonios de los conductores, Diego no dudó de que debía trasladarse a Puerto Hurraco cuanto antes.

Aunque no era periodista profesional, sintió que era su deber: si él no lo hacía, probablemente pasarían muchas horas sin que ni su diario ni ningún otro medio accediera a información de primera mano sobre lo que acababa de ocurrir.

Fue en busca de su coche, pero no lo halló aparcado donde lo había dejado esa tarde; luego supo que uno de sus hijos se lo había llevado para visitar a su novia en Quintana de la Serena.

Se acercó entonces a su casa en busca de otro de sus hijos para ver si este podía llevarlo en su automóvil, pero ese otro hijo le respondió que cogiera un taxi y lo dejara en paz.

A Diego le pareció una idea sensata, en vista de las circunstancias.

Aunque antes de intentar conseguir un taxi, hizo una llamada desde su casa.

***

La noche estaba siendo tranquila en la redacción del diario Hoy en Badajoz, como correspondía a un domingo del mes de agosto.

La imagen de portada del día siguiente, lunes 27, ya estaba decidida: se trataba de la fotografía de un grupo de jóvenes reclutas embarcados en la fragata Santa María, agitando sus gorras en cubierta para despedirse de sus familiares.

La fragata había zarpado del puerto de Cádiz al mediodía de ese domingo en dirección al Golfo Pérsico, donde cumpliría labores de vigilancia en el contexto de la guerra que libraban Irak y Estados Unidos, junto con sus respectivos aliados.

España era uno de esos aliados —de Estados Unidos, por supuesto—, y, aunque no iba a tener una participación activa en la guerra, los tratados obligaban al envío de tropas españolas a la zona, lo que estaba levantando ampollas en algunos sectores de la sociedad.

Que la portada del mayor diario de Extremadura la ocupara una noticia de alcance nacional era frecuente en jornadas en las que no había ninguna noticia relevante que atañera exclusivamente a la región; la de aquel domingo, por descontado, parecía destinada a ser una de esas jornadas.

Sin embargo, sobre las once y media, poco antes de la hora habitual del cierre, sonó el teléfono de la redacción.

Se encontraban allí el periodista Manuel Martínez Cordero y el redactor-jefe José Joaquín Rodríguez Lara.

Estos no podían imaginarse hasta qué punto aquella llamada iba a trastocar sus planes para la noche y para las siguientes semanas.

Al otro lado de la línea estaba el corresponsal del diario en Castuera, Diego Godoy Vances.

Este, sin aportar apenas ningún detalle, puesto que no los tenía, les informó de que en Puerto Hurraco, una aldea próxima a Castuera, se había producido un tiroteo.

Al parecer, había bastantes heridos y algunos muertos, entre ellos posiblemente una niña.

José Joaquín pidió a Diego que se desplazara a la aldea y averiguara qué estaba sucediendo, y que en cuanto pudiera los llamara de nuevo desde cualquier teléfono para ampliar la información.

Enseguida saldrían para Puerto Hurraco un par de reporteros y un fotógrafo para cubrir la noticia, pero hasta su llegada le correspondía a Diego mantenerlos al tanto de todo.

Nada más colgar, José Joaquín dio orden a los talleres de aguantar el máximo tiempo posible antes de imprimir los diarios del día siguiente: si bien era evidente que ya no habría oportunidad de obtener ninguna fotografía que reemplazara a la de los reclutas a bordo de la fragata, al menos sí que podrían añadir aquella noticia en la portada.

***

Brígido Fernández Jimeno aún no había cumplido los treinta, pero no era ningún novato en su oficio: llevaba cinco años trabajando como fotoperiodista freelance y sabía muy bien que, al carecer de teléfono en su domicilio de Mérida, le convenía estar constantemente atento al pitido del buscapersonas.

Aquella noche, sin embargo, por ser domingo y por encontrarse distraído —y adormecido— mirando en la tele la final del Rally de los Mil Lagos —que lideraba el español Carlos Sainz—, el buscapersonas había pitado en vano durante un buen rato, abandonado en otra estancia.

Un poco antes de las doce, unos golpes a la puerta de su casa lo hicieron levantarse del sofá. Fuera aguardaba un periodista del diario Hoy a quien Brígido conocía muy bien: Manuel Macarro Gómez, también afincado en Mérida.

Manuel tenía bastante más años y más experiencia que Brígido en el oficio, y aun así parecía alterado: no era para menos.

Manuel solía cubrir noticias deportivas y sucesos menores en la recientemente designada capital de Extremadura, pero —según explicó— acababa de recibir una llamada de la redacción central del diario pidiéndole que pasara a buscar a Brígido y viajaran de inmediato a una aldea de La Serena donde, apenas una hora antes, se había producido un tiroteo con varios muertos.

Desde Badajoz había salido un rato antes otro redactor, Domingo Núñez Píriz, que los recogería en Mérida e iría con ellos al lugar.