CAPÍTULO 32 #2
Él se queda mirándola; la comprensión tarda en llegar; es una ola demasiado grande como para que pueda meterse debajo, demasiado violenta como para flotar sobre ella.
—No te entiendo.
—Tu padre estaba conmigo en Hummingbird Beach. Papá estaba en el cobertizo, ordeñando las vacas, como siempre a la misma hora.
—¿Contigo?
—Tu madre entró, nos vio. No dijo una palabra, simplemente salió y se fue. Ron corrió tras ella.
—Pero papá estaba en la fábrica de quesos aquel día.
—No, Martin. Estaba conmigo. Y tu madre sabía exactamente dónde encontrarlo. —Las lágrimas le corren por las mejillas—. Lo siento. Lo siento tanto…
Abre los brazos, como si quisiera abrazarlo, contenerlo. Pero Martin no puede, simplemente no puede. Baja la vista hacia la cruz. Piensa en sus hermanitas, atrapadas en el asiento trasero del coche. Luchando. Llorando. Ahogándose. ¿Qué habían hecho ellas para merecer eso?
Después de un rato, ella vuelve al coche, lo deja con sus pensamientos, con su madre, sus hermanas y su familia rota. Martin no sabe cuánto tiempo se queda con la cabeza inclinada, el corazón destrozado, derramando sus propias lágrimas de remordimiento.
Ya en el coche, Martin no rompe el silencio hasta que han cruzado el Argyle, pasado el puerto y el pueblo, y han llegado más allá del colegio y la guardería rodeada de cañaverales.
—¿Así que por eso te marchaste? ¿A surfear? ¿Por eso no volviste ni siquiera cuando se acabó el surf? ¿Por eso fuiste a la India en busca de paz? —La mira de reojo, pero ella responde mirando por la ventanilla.
—No pensaba volver en ningún momento. Nunca. Estuve fuera más de veinticinco años. Pero al final, entendí que el pasado siempre va contigo, no puedes escapar de él. Por eso, tenía que contártelo.
Martin no dice nada. Siguen el viaje entre el mar verde de cañaverales.
Pasan el camino a la derecha que lleva al ingenio azucarero, el lugar donde hace una semana él se detuvo a recoger a un par de mochileros despreocupados.
Ya no tan despreocupados. Topaz Throssel, otra persona incapaz de huir de su pasado.
Comienza la subida por el escarpe; Martin reduce marchas, el escape ruge, el motor suelta pequeñas explosiones.
Solo cuando entran en el bosque, donde el sol se cuela entre los árboles y la luz parpadea, Martin pregunta: —¿Cómo era él, Jota? Mi padre. Antes.
Y mientras el viejo coche tose y avanza por entre la vegetación selvática, ella le cuenta, al principio con voz vacilante y llena de culpa, pero pronto más suelta, animada por los recuerdos: —Era divertido, Martin, muy divertido.
Tenía una energía, una chispa, un ingenio increíbles.
—Y añade—: Era como un chico con cuerpo de adulto.
Se olvidó de crecer. Incorregible, no podía evitarlo.
—Y por último, con vehemencia—: Os adoraba, Martin, a vosotros, sus hijos.
¡Los quería con locura! Y quería a Hilary.
Nunca iba a dejarla; lo demás era solo un juego para él. Yo lo sabía.
Y por extraño que parezca, por difícil que sea de creer, cuando el Corolla llega a la cima del escarpe y vuelve a terreno llano y el motor recupera las marchas altas, los dos se están riendo. Riendo por el recuerdo de Ron Scarsden, riendo con su recuerdo. Dura solo un instante, pero ocurre.
En la estación de tren, Martin lleva una de las maletas hasta el andén, aunque Jota no parece en absoluto debilitada, al menos físicamente.
Lo golpea un recuerdo, como sucede tan a menudo en los últimos tiempos.
Pero ahora lo acepta, lo deja entrar, reconoce el dolor.
Se ve a sí mismo otra vez de adolescente, ahora a los dieciocho años, ansioso por marcharse, por llegar a Sídney, por escapar de Port Silver, de Longton y de su pasado.
Ve a Vern abrazándolo, ayudándolo con el equipaje, metiéndole dinero en la mano mientras él, con los ojos puestos en el futuro, descuidado en su despedida, impaciente por enterrar a su antiguo yo y forjar un Martin Scarsden distinto, no ve la emoción en los ojos de su tío y sube al tren sin mirar atrás.
El recuerdo se disuelve y regresa al presente con Jota. El momento es incómodo. ¿Cómo despedirse? ¿Qué decir mientras esperan el tren?
—¿Sabes una cosa? —dice Jota—. Aquella primera mañana, hace unos días, cuando te vi venir hacia mí por la playa, por un momento pensé que eras Ron. Caminas igual que él.
Martin no sabe qué responder.
—Fue hace treinta y tres años. Él era más joven de lo que soy yo ahora.
—Sí. —Jota lo mira con ternura—. Tienes la misma sonrisa. Los mismos ojos traviesos. Las mismas manos.
Martin se mira las manos, sorprendido de que sus manos de oficinista puedan compararse con las manos ásperas y hábiles de su padre. Las observa, comprueba que son suyas, pero ella tiene razón: en ellas, hay ecos de su padre.
Jota se pone seria.
—Martin, esta mañana hablé con Nick Poulos.
—¿Sobre Ashton?
—No. Sobre lo que pasará si muero. Cuando muera.
—Estoy seguro de que no llegarás a eso.
Ella sonríe con una expresión que parece saber más de lo que dice.
—Esperemos que no. El asunto es así: voy a dejarte Hummingbird Beach.
—¿A mí? ¿Por qué?
Ella se encoge de hombros y otra vez se le llenan los ojos de lágrimas.
—Porque no hay nadie más.
Y entonces, Martin comprende lo que debe decir: —Jota, te perdono. Eras joven, soltera, no estabas engañando a nadie. Solo estabas experimentando. No podías saber lo que iba a pasar.
Ella cierra los ojos.
—Dilo otra vez, por favor. Una vez más.
—Te perdono.